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El disco, Impresiones para piano, constituye, además del gozo que siempre supone la escucha de la obra de José F. Vásquez (1896-1961), un argumento más para ratificar a este artista como una de las figuras capitales de la música académica desarrollada en México entre las décadas de 1910 y 1950.
Y es que, al estudiar la vida de dicho autor, se concluye que ésta estuvo marcada por la entrega total y absoluta hacia el arte musical, consagración que no se reducía a su sobresaliente desempeño como compositor ―su faceta más
conocida― sino que también abarcaba su destacado ejercicio como director de orquesta, pianista, docente y promotor cultural, actividad esta última que ejerció como difusor de las obras de sus contemporáneos y como fundador de escuelas de música y orquestas.
No cabe duda que, ya sea por el brillante desempeño polifacético que realizó de su profesión, o por haber sido un prolífico creador, este notable artista escribió su nombre, con doradas letras, en el vasto libro de la música académica mexicana. Su catálogo incluye casi 200 obras, entre las cuales descuellan: 2 conciertos para violín y orquesta, 3 conciertos para piano y orquesta, 61 Lieder para voz y orquesta, 4 sinfonías, 1 poema sinfónico, 1 ballet , una Misa de Réquiem, y 7 óperas.
Sin embargo, quien fuera condecorado post-mortem como Hijo predilecto del Estado de Jalisco (1963), no
goza actualmente de todo el reconocimiento que debería.
Si bien a esta situación ha contribuido el que Vásquez, por su estética musical, fuera marginado del relato oficial que a partir del segundo tercio del siglo XX se hizo de la historia de la música en México, la somera valorización que
actualmente se le tiene a su persona y música, también atiende al expolio que, una vez fallecido el compositor, sufrieron sus partituras y documentos personales. El despojo de los bienes de Vásquez propició la fragmentación de su legado artístico, y con ello, el casi total olvido de su vida y obra; empero, desde hace unos años, ha habido un renovado interés por su figura entre la comunidad musical de México e incluso del extranjero.
¿Cómo explicar este afortunado giro del destino? La respuesta, lejos de encontrarse en algún proyecto de índole institucional ―lo cual evidencia la generalizada falta de interés hacia los compositores nacionales que no integran el canon―, ha de buscarse en la iniciativa de un particular: el escritor José Jesús Vásquez Torres, hijo y actual heredero universal del referido músico, quien, a lo largo de cuatro décadas, ha llevado a cabo la ardua búsqueda y localización del archivo musical de su padre.
Explorando desde acervos de escuelas de música hasta mercados, bazares y tianguis ―como el de La Lagunilla, en Ciudad de México, acaso el que mayores recompensas le ha reportado―, José Jesús ha logrado recuperar, y posteriormente difundir, una inmensa cantidad de partituras escritas por su progenitor. Lentamente, la innegable calidad de estas obras fue despertando un interés no sólo por su interpretación, sino también por su análisis, aspecto este último que, a manera de ejemplo, constatan los dos trabajos musicológicos que fundamentan el contenido del presente texto: el libro José F. Vásquez. Una voz que a los oídos llega (Gabriel Pareyón Morales, 1996), y la Tesis de maestría Impresiones. Cinco series de piezas para piano solo (ca1922-1927) de José F. Vásquez: ejemplos del impresionismo musical mexicano, (Eduardo Flores Aguirre, 2019).
La labor de rescate de José Jesús también ha desembocado en la construcción de una atalaya virtual (www.josefvasquez.com) desde donde es posible observar los cuantiosos dominios que el egregio artista
le ha arrebatado al olvido. A partir de ahora, gracias al disco que el talentoso pianista Vladimir Curiel ha grabado, será posible contemplar una nueva conquista sobre esos territorios tan hostiles a la memoria; quizás, con el
tiempo, las Impresiones coadyuven a asentar a Vásquez en el pedestal que la musa Euterpe le esculpe a cada uno de sus hijos predilectos.
Estética y recursos pianísticos
Si bien no existe información alguna sobre el origen de las Impresiones ―conjunto de 25 obras para piano, compuestas entre 1922 y 1927―, el espaciado tiempo de su creación hace suponer que fueron escritas por interés personal del autor, atendiendo a una intención exploratoria del lenguaje musical. En todo caso, no se advierte en ellas abruptos cambios estilísticos; al contrario, lo que predomina es un lenguaje musical cuya estética se advierte en el mismo título que las aglutina: el Impresionismo.
Durante la década de 1920, no era extraño que un compositor mexicano nutriera su obra con los recursos propios de dicho movimiento artístico; antes bien, ello era un reflejo del agitado mundo musical por el que entonces atravesaba México. Y es que, en el referido decenio, se agudizó el conflicto entre aquellos creadores que buscaban expresar la modernidad artística desde una ideología cosmopolita representada, principalmente, por corrientes europeas ―entre ellas, el Impresionismo―, y aquellos que intentaban definir una identidad cultural nacionalista promoviendo el uso de materiales populares, folclóricos o autóctonos. El Vásquez de las Impresiones claramente se adhirió a la primera de dichas posturas.
El Impresionismo musical, en su intento por reinterpretar el sistema tonal, se sirvió de una serie de recursos musicales que, a grandes rasgos, se pueden resumir en estos cuatro: la expansión de las posibilidades melódicas mediante el uso de escalas modales, pentáfonas, hexáfonas y cromáticas; la re-significación de los acordes como masas de color, ya sea añadiéndoles notas disonantes, desplazarlos por movimiento paralelo o enlazarlos sin tomar en cuenta su función tonal; la utilización de los pedales de resonancia (sustain) y tonal (sostenuto) para la formación de nuevas texturas y colores; y la conceptualización de la dinámica como elemento estructurador del discurso musical. Todos estos recursos aparecen, en mayor o menor medida, a lo largo de las Impresiones.
Ahora bien, los compositores mexicanos partidarios de una estética europea no sólo se alimentaron del Impresionismo para construir su universo sonoro, sino que también abrevaron de otras corrientes artísticas, como el Parnasianismo, movimiento poético francés que se esmeró en la perfección de la forma pese a su intención por renovar los recursos expresivos del lenguaje. Esto explica por qué las Impresiones , pese a la voluntad de Vásquez
por expandir las posibilidades sonoras, se encuentran contenidas dentro de estructuras musicales bien definidas, predominando entre ellas la forma ternaria.
Otra de las alternativas de renovación para la música mexicana, que propugnaron los partidarios de la estética europea, fue el uso de recursos musicales distintivos de consagrados autores alemanes, tales como Robert Schumann (1810-1856) y Johannes Brahms (1833-1897), de allí que algunas Impresiones tengan reminiscencias del lenguaje pianístico de estos dos creadores. Johann Sebastian Bach (1685-1750) fue otro de estos compositores germanos sumamente estimados por dichos autores mexicanos, por ello, no resulta extraño que Vásquez haya cultivado el arte de la polifonía en varias de estas piezas.
Desde el punto de vista técnico, las Impresiones suponen un gran reto para el intérprete que las aborde. Por ello, puede decirse que Vladimir Curiel tiene un elevado grado de dominio sobre la técnica pianística, misma que es capaz de enmarcar dentro de una amplia paleta sonora que va desde el delicado pppp, derivado del fino control que tiene del mecanismo de sus dedos, hasta el explosivo ffff , conseguido mediante la buena proyección que realiza de su cuerpo. La solvencia técnica de Curiel le permite enfocarse en el fenómeno sonoro que cada una de las Impresiones
tiene por naturaleza, logrando así darles un convincente sentido interpretativo.
Si bien a lo largo de estas 25 piezas para piano están presentes los ya referidos recursos musicales propios del Impresionismo, la realidad es que las Impresiones no pueden ser consideradas como un producto terminado
de dicho estilo; son más bien un ensayo, una exploración que antecedería a las Tres acuarelas para grande orquesta
(1929) y al ballet La ofrenda (1931), sus dos partituras más logradas dentro de esa estética. En todo caso, ello no disminuye la importancia artística de las Impresiones ; al contrario: puede decirse que esta obra fue el huerto en el que Vásquez, durante más de un lustro, cultivó los colores que contribuyeron a gestar la modernidad musical mexicana.
Bernardo Jiménez Casillas



