Una voz que no llega al oído

“Una voz que no llega al oído” *

Por Samuel Máynez Champion

Cuando Juan Rulfo sacó a la luz su novela Pedro Páramo en 1955, los círculos literarios mexicanos no perdieron ocasión para encontrarle defectos, criticándola como a un engendro donde su autor había olvidado las reglas de la buena escritura. ¿Nos sorprende? ¿Existe algún deporte nacional más practicado que el demérito de los demás como justificación de la mediocridad propia? ¿Sabemos de alguna tendencia menos arraigada que la del menosprecio por lo nuestro?…

No en balde José Revueltas (1914-1976) sostenía que el devenir histórico es como una lagartija a la que hay que atizar para que avance. Así forjamos nuestra conciencia patria: como animales que necesitan ser sacudidos para que se destapen los oídos y abran los ojos, como autómatas que deambulan frente a las esquinas rotas de la nación. Pero tampoco los golpes garantizan una toma de conciencia frente a la desmemoria; el olvido, metáfora perversa de subsistencia, nos configura como una raza gobernable que evade con maestría la repulsión que su circunstancia le provoca.

           ¿Nos extraña que el poder supremo sea ejercido por individuos coprolálicos y viciosos, que los ministros de educación se atavíen con las hojas de parra de su ignorancia, que los dirigentes de la cultura sean vanagloriados en su docta ineptitud o que los militares diseminen su irracionalidad como héroes?…

¡Qué importa que se destinen cada vez menos recursos para educación y cultura! ¡Qué importan los desacatos al sentido común y al bien comunitario! ¡Qué importan la desnutrición infantil y la drogadicción juvenil! ¡Qué importa la delincuencia o la enajenación ciudadana! Qué importa. Hemos aprendido a perder el control de nuestros sentidos a fuerza de transitar por la senda de la negación.

* Paráfrasis del título de la única biografía realizada hasta el momento sobre José F. Vásquez por Gabriel Pareyón.”Una voz que a los oídos llega” Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco. México 1996.

De este jaez, el rescate de la obra de un músico mexicano condenado al silencio parecería asunto secundario, empero, la identidad colectiva reposa sobre el quehacer de sus artistas, pensadores y filósofos. Son ellos quienes delinean los rasgos de su fisonomía; es su obra aquella que consolida con mayor pujanza nuestra noción de pertenencia.

En el corazón de estas digresiones es donde podemos situar al compositor jalisciense José F. Vásquez (Arandas, 1896 – Ciudad de México, 1961) quien, ni siquiera muriéndose, alcanzó el consabido reconocimiento póstumo. Al mencionar su nombre nos topamos con alguna conjura urdida en su contra quizá, por fantasmas todavía omnipotentes…[1] El hecho palpable es que su vasta producción musical yace en completo abandono y que ni siquiera la Orquesta Sinfónica de la Universidad (Hoy OFUNAM) de la que fue artífice y director titular durante 25 años, ha realizado esfuerzos concretos para difundirla. (PROCESO, 1705)

El corpus musical de la obra vasquiana enlista cuatro sinfonías,[2] siete óperas,[3] un ballet (La ofrenda), una misa de Réquiem,  dos poemas sinfónicos (Estampas y Tres acuarelas), tres conciertos para piano y orquesta, dos para violín y orquesta,[4]  una sustanciosa colección de lieder para voz y cuerdas y muchas obras camerísticas. (Entre éstas últimas hay composiciones para piano solo, dúos, tríos y un inusual cuarteto para chelos). Huelga decir que el acervo de manuscritos que se conserva en la biblioteca de la Escuela Nacional de Música sigue inédito y que no ha habido ningún atisbo de voluntad para proceder con su elemental tarea de edición.

En cuanto a las peculiaridades estilísticas y extensión de la obra, podríamos parangonarla con la de Sergei Rachmaninoff (1873-1943), aunque la del maestro ruso se difunde generosamente por el éter y la de nuestro compatriota acumula estratos de polvo. Resulta obligado el paralelismo con Rachmaninoff, ya que los vanguardistas de su época lo tacharon, también a él, de retrógrado y anacrónico y, de haber existido, podrían haberse aplicado los mismos criterios para enjuiciar la obra de corte tardoromántico de Vásquez. Pero, curiosamente, casi no disponemos de comentarios adversos para lograr entender el rechazo y exclusión que le reserva la vida musical mexicana.[5]

No faltará quien argumente que no es la cuantía sino la calidad lo que abre las puertas de la aceptación pública pero eso nos conduce al terreno de los juicios a priori. Es imposible calificar algo que se desconoce, tanto así como querer abrazar al viento. Tampoco faltará quien esgrima juicios negativos por el simple de hecho de tratarse de un compatriota que no recibió una educación musical europea. (Vásquez se educó en el Conservatorio Nacional de Música y sólo logró salir del país cuando era un músico plenamente formado)

 Si José F. Vásquez, pianista, compositor, pedagogo, director de orquesta y decidido embajador de la música mexicana, consagró toda su energía vital a los quehaceres inherentes al arte sonoro, ¿no es la lápida de silencio que lo cubre una injuria que nos compromete moralmente a todos?

Inútil negar que el presente no puede ser pleno si subsisten hendiduras en el conocimiento del pasado. Prioritario rescatar esos trozos dispersos de nuestra genealogía musical. Es la vocación por nuestra cultura el mejor antídoto contra los páramos en que nos ha hundido la rapiña y estupidez de nuestras castas  dominantes.


[1] Alusión a Carlos Chávez (1899-1978) quien se autoerigió como contrincante del jalisciense. Chávez solía ofrecerle más dinero a los músicos que Vásquez reclutaba para que se fueran con él a la Sinfónica de México y nunca cesó de diseminar intrigas para que los miembros del incipiente patronato de la orquesta universitaria se echaran para atrás con sus donativos.

[2] La primera fue compuesta por Vásquez a los 19 años de edad, estrenándose en 1915.

           [3] La última fue compuesta en 1928 y su puesta en escena acaeció hasta el 28 de mayo de 1961 en el Teatro de

            Bellas Artes. El rol de Enrique lo desempeño Plácido Domingo (1941–….). En vista de los próximos festejos

            para el bicentenario y el centenario sería de augurarse que se rescatara su ópera Los mineros pues la acción se

            desarrolla en el mineral del Oro en Zacatecas en tiempos de la revolución… aunque ya se bosqueja que en la gran  

            reapertura del Teatro de Bellas Artes para septiembre de 2010 se escenificará la ópera “Don Carlo” de G. Verdi.

[4] El segundo fue estrenado el 13 de abril de 1947 por el violinista Henryk Szeryng (1918-1988)  y el propio compositor  al frente de la Orquesta Sinfónica de la Universidad.

[5] Se sugiere la audición comparativa de los conciertos para piano y orquesta número 3 de ambos. El de Sergei Rachmaninoff , en re menor op. 30 cuenta con más  de 120 grabaciones en el mercado; el de José F. Vásquez, carente de opus, se ha grabado una sola vez…. Particularmente bien lograda es la metamorfosis musical que logra Vásquez con el tema de Cielo Lindo en el tercer movimiento.