Gajes del oficio

Revista Pro Ópera

Mayo de 2011

“Pocas son las figuras en la música mexicana del siglo
XX cuya trayectoria haya influido tanto en el desarrollo
de este arte, como lo es el caso de José F. Vásquez…”
 
Así empieza Gabriel Pareyón un libro, fruto de una  investigación (la primera) dirigida a rescatar la memoria de un músico casi desconocido, incluso para los hijos de 10 y 7 años que dejó huérfanos el 19 de diciembre de 1961, fecha en la que murió.

Ese hombre fue mi padre y con su muerte arrancó una prolongada etapa de silencio y de olvido, tanto de su figura como de su música, como resultado de una serie de factores de muy diversa índole.

**“Igualmente, llama la atención su protagonismo velado, más cuando posee autenticidad artística y no una efímera aparición sujeta a acontecimientos políticos, respaldados en el cartel del régimen que anuncia los patrones del supuesto ideal, en época de Vásquez, tendientes al populismo exacerbado. Éste es un ejemplo óptimo, de cómo la historia no se escribe sino con el dictamen oficial, con la pose de academia y la simpatía del amanuense”…

 Es probable que la apreciación de Pareyón se acerque a lo que yo pienso de él, no obstante, mi criterio está integrado por dos corrientes de conocimiento sustitutas de la vivencia, digamos común, que un hijo usufructúa desde la cuna y luego cada día, hasta una desaparición paterna, deseablemente tardía.

Por un lado, la oralidad, controversial y multifacética, acaso capturada por anécdotas caprichosas y muy puntuales pero no siempre fiables. Por otro, algunas muestras documentales de su tiempo. Poca cosa. Por eso yo confiaba más en mi instinto, por ese tiempo atareado en descodificar, olores, imágenes o voces a través  de un filtro tan frágil y penoso como puede ser la memoria infantil en un reducto de orfandad.

Era yo el hijo de un vivo, famoso, pero aparentemente desconocido como muerto.

Un verdadero dilema.

Todo lo que por entonces sabía de él, era poco. Demasiado poco para cualquier hijo. Y demasiado traumático para un hijo que, además, tres años después, vio cómo la violinista Gloria Torres, su madre, moría a los 42 años.

Así pues, la vida quiso abonar el escenario más propicio para olvidar. Y para tener que hacerlo, por supervivencia.

Hasta que un día se insinuó una señal (la primera) como detonante para un cambio, y todo recomenzó.

-¿Papá, verdad que mi abuelo está en la enciclopedia?…

Ya se sabe que los niños son los verdaderos maestros, y mi hijo, Omar, entonces con siete años, con esa inocencia radical abierta al misterio, a la confianza en la vida y al amor al mundo, fue preciso y puntual. Lo demás fue una breve interpretación intestina de aquel mensaje, y el inmediato deseo de ir en busca del origen cruzando la cortina de ese olvido tan higiénico y tan útil, que usé para construir mi mundo encima de la desaparición completa, en tan sólo 5 años, de una familia.

La mía.

Al día siguiente inicié la búsqueda de las partituras, la única herencia rescatable, si es que aún existía, parte nodal de un expolio ejecutado a rajatabla y en poco tiempo.

Dos niños huérfanos no representaron ningún obstáculo para su total consumación.

¿Por dónde comenzar?

¿Cómo hacerlo?

A partir de entonces reorganicé mi agenda cotidiana dedicando al menos un día de la semana a la investigación de un asunto impregnado no sólo de entraña, sino además, de una enorme curiosidad.

¿Quién fue José F. Vásquez?…

–Me lo preguntaba probablemente hasta en sueños, mientras repasaba mis argumentos para la próxima cita con los personajes que fueron acudiendo desde el archivo mental del niño que fui por aquellos años… Amigos, músicos, alumnos, contemporáneos, colegas o periodistas, fantasmas todos que a veces reaparecían en la memoria sin nombre o sin apellido, apenas un rostro o un apodo; una vaga imagen vestida de esmoquin, tras un concierto, solistas o directores huéspedes de la Orquesta de la Universidad… Tal vez el personaje de alguna reunión amistosa entre músicos que tocaban el Pleyel de caoba traído de Paris, o una soprano famosa elogiando la voz de María Rosa, mi hermana menor. O la sonrisa curiosa de un tenor… – ¿Y tú, vas a ser pianista o director? Y a mi madre defendiendo la primacía de su instrumento…

– ¿Verdad que vas a ser violinista, hijo?…

La reconstrucción de tales momentos tomando como base la perspectiva infantil, es en apariencia, infiel. Sin embargo, no lo fue. Quizá porque cuando la vida se comprende como una misión en serie o como un menú diario de dificultades por resolver, ese instinto del niño prevalece convirtiéndose en antena completamente abierta a la recepción de señales. Como la siguiente.

Un día estando en la bahía de Istambul, recordé que en mi última visita a la biblioteca de una orquesta x, había quedado de ir a recoger un lote de partituras de reciente localización, pero el inesperado viaje me lo impidió.

Cuando regresé pasaron algunos días. De pronto, una noche desperté a media madrugada pensando en mi padre… ¡Las partituras!… –Me dije. Y en cuanto dieron las nueve de la mañana, le llamé a mi secretaria para cancelar todo compromiso en la agencia de viajes que por entonces yo dirigía. En ese momento sentí el impulso imperativo de ir ese día por la música; no quise posponerlo otro día más.

Cuando llegué con el bibliotecario, no me esperaba, y tuve que esperar más de dos o tres horas (no lo sé con certeza) a que llegara el entonces director titular de aquella orquesta, pero nunca lo hizo. Así que decidido a llevarme las partituras, le pedí a la secretaria que hiciéramos una lista de las obras que me iba a llevar. Y así fue.

Creí decente hacerlo y quizá hasta útil, pensando (quizá debo decir, deseando) que más adelante ese director tuviera a bien solicitar alguna obra para su ejecución.

Algo que nunca sucedió.

Pues bien, ya estando en mi casa fui sacando las partituras para sentirlas, para según yo, comunicarme de alguna manera con el autor.

De pronto, de la partitura orquestal de la ópera, El Mandarín, se escurrió una partichela que de inmediato reconocí. Eran dos preludios y una tarantela que mi padre escribió para el incipiente alumno de piano que era yo, a la edad de 6 años.

“Para mi hijo José Jesús, 19 de octubre de 1957”…

En ese momento acabé de comprender mi rol no sólo de hijo, sino como actor de una historia de reencuentro a través del rescate de una obra musical; la obra de toda una vida de un músico, al que muy poco conocí.

Creí oír latir mi corazón, más fuerte. Entre mis manos estaba esa dedicatoria de José F. Vásquez y enfrente de mí, un calendario donde todos mis sentidos punteaban otra señal, la segunda… La fecha de ese día: 19 de octubre de 1987.

¡Perfecto!… –Pensé, estremecido y feliz, confiado en la sincronía magistral de la vida.

Y así en ese tono, hasta hoy he conseguido leer a primera vista e interpretar esas señales, o coincidencias, si lo prefieren. Jung las denominó, sincronicidades…

De un modo u otro, cada vez que han ocurrido me siento como en aquellos años, cuando al llegar de algún concierto, ese músico me preguntaba…

–Hijo, ¿hiciste la tarea?…

En este 2011 se estarán cumpliendo 50 años desde su desaparición física y es muy poco el camino recorrido que, quizá por sinuoso, no ha dejado de llevarme a sitios asombrosos, incluyendo un bazar de la Lagunilla, donde fortuitamente hallé un par de estudios para piano, o al garaje de un director muy prestigioso que jamás me quiso recibir y que un día, con mucho gusto, dejó ahí apilada la música para que yo fuera cuando quisiera… O una vecindad del viejo Centro de la ciudad de México, donde me fueron entregadas, fotos y programas de una de sus giras por Europa.

O a las diversas oficinas de los diversos funcionarios de las diversas épocas sexenales, que siempre me han felicitado por mi valioso rescate. Pero también, todo esto me llevó hasta el feliz encuentro con mi media hermana, quien poco antes de morir me hizo entrega de un retrato al óleo donde don José F. Vásquez aparece, en plenitud.

Y así debe ser el oficio del detective, sin duda. Así también su duda, o la ineludible aparición de su desaliento, de cara a los llamados callejones sin salida o frente a los rechazos o a causa de las falsas pistas.

Así también debería ser quizá, mi asimilación de los silencios que me han dicho mucho y de palabras que no me han dicho nada. O frente al desconocimiento de su obra o ante el menosprecio de mis derechos. Es decir, los gajes del oficio.

Sin embargo, las misiones están para cumplirse y en la vida cada quien va eligiendo sus prioridades, y éste músico, ha sido, es, y será, una de las que le han dado un verdadero sentido orquestal, a mi vida.

Hace 6 años, desde que vivo en Europa, dejé mi labor detectivesca, no porque haya recuperado ya el 95% de la obra. No. Sino porque parece ser el momento en que yo, como público, debo callar. Creo muy oportuno el momento para que el director levante la batuta y nos permita descubrir, quién fue José F. Vásquez.

Ojala sea así.

Yo mientras me mantengo allegro assai, quasi maestoso.

Por último retomo el texto de Gabriel Pareyón, donde pregunta lo que suelo yo plantearme cuando pienso en mis limitantes:

**¿Quién adoptará el legado de José F. Vásquez con el objetivo de reconocerlo finalmente en su dimensión justa? Son muchas las instancias que deben rendir gratitud a esta figura, y muchas las historias que deben tomarlo en cuenta, a fin de estrechar –con la opinión heterogénea – el juicio limitado de quien las escribe.

 José J. Vásquez

Barcelona, España, 19 de febrero de 2011.

**José F. Vásquez – “Una voz que a los oídos llega” – Gabriel Pareyón – Secretaría de Cultura Gobierno de Jalisco.

-Biografía-

José F. Vásquez nace el 4 de octubre de 1896 en la ciudad de Arandas, Jalisco. Tempranamente se distingue como pianista y triunfa en el concurso nacional de 1910. Sus maestros mas importantes fueron: en composición el Maestro Julián Carrillo y el Maestro Rafael J. Tello; en piano, los maestros Ignacio y César Del Castillo, y el Maestro Horacio Ávila en violonchelo.

En 1920, a la edad de 24 años, funda la Escuela Libre de Música. En 1929, forma parte del cuerpo fundador de maestros de la Escuela Nacional de Música de la UNAM.

En 1936, en compañía del Maestro José Rocabruna, es nombrado por nuestra máxima casa de estudios como Director de la Orquesta Sinfónica Popular de la Universidad (hoy, Orquesta Filarmónica de la UNAM.), y permanece al frente durante 25 años.

Fue un incansable promotor de la música sinfónica mexicana, no sólo dentro de las temporadas regulares de la orquesta universitaria, sino llevándola consigo a través de múltiples actuaciones, que como director huésped, le merecieron elogios al frente de las más afamadas orquestas sinfónicas de Norte, Centro y Sudamérica, de Europa y de Japón, correspondiéndole el honor de haber sido en 1959, el primer director de orquesta, mexicano, en dirigir en aquél lejano país.

Vásquez tuvo la oportunidad de dirigir a grandes solistas, como Ruggiero Ricci, Henryk Szering, Micha Ellman, Plácido Domingo, Alirio Díaz, Higinio Ruvalcaba, Luz María Puente, José Kahan, James Stagliano, Carlos Vázquez, Juan D. Tercero, José Iturbi, Walter Hautzig, Theo Bruins, Alfred Brendel, Claudio Arrau, María Bonilla, Carlos Vázquez, György Sándor, etc.

El Maestro compuso más de 200 obras, Su catálogo incluye siete óperas, cuatro sinfonías, tres conciertos para piano y orquesta, dos conciertos para violín y orquesta, el tríptico sinfónico Acuarelas de Viaje, la Sinfonietta, la Suite Romántica para orquesta de cuerda, una Misa de Réquiem, el Ballet La Ofrenda, la cantata IV Centenario de la UNAM, la cantata Liberación, una rica serie de 61 Lieder, además de numerosas obras camelísticas o para instrumento solo.

Durante más de 20 años, José F. Vásquez fue maestro de composición, solfeo y armonía en el Conservatorio Nacional de Música del INBA, y en la Escuela Nacional de Música, desempeñó diversos cargos durante su trayectoria, destacando los de Director de Radio UNAM, Director General de La Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, Director del Departamento de Música del DDF, Director de la Orquesta Típica de la Ciudad de México, Director de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, de la Banda de Policía del D.F., entre otros.

Su trabajo fundacional comprende, la hoy OFUNAM de la que fue su director durante 25 años; la Escuela Nacional de Música de la UNAM, y la Escuela Libre de Música que lleva su nombre, entre otras agrupaciones.

En vida se le confirieron al Maestro Vásquez, varias relevantes distinciones y es Hijo Predilecto del Estado de Jalisco. Y desde el 22 de noviembre de 2010, el Cabildo de Arandas, Jalisco ha puesto su nombre a una calle de la ciudad.

José Francisco Vásquez Cano, murió en México D.F. el 19 de diciembre de 1961, a la edad de 66 años.

https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_F._V%C3%A1squez

 

 
 

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