Homenaje en CENIDIM

Barcelona, 17 de diciembre de 2021

Muy buenas tardes en México, buenas noches por acá.

Han de saber, amigos, que por primera vez desde que comencé este empeño hace casi 36 años, los aniversarios de natalicio y muerte de uno de los grandes fantasmas de la música en México, no están pasando desapercibidos para los medios masivos de comunicación ni para algunas de las instituciones de la cultura del país, por eso me congratulo y agradezco este cambio, y hoy mi gratitud corresponde a CENIDIM, y a mis queridos contertulios a quienes saludo con mucho afecto.

Durante mi reciente presencia en el programa Testimonio de oídas, de Radio UNAM, en la Fonoteca Nacional, así como en otrod importantes medios de comunicación, abordé los aspectos biográficos de mi padre, así que hoy obviaré el tema. No voy a recordar su prolongada trayectoria, su lucha por la cultura y en general su paso por la vida dentro de la multiplicidad de funciones que acometió, sobre todo dentro de la UNAM; su trabajo fundacional, en la docencia, en la gestión cultural, en la promoción de la música nacional con énfasis en la ópera, como director de orquesta a nivel internacional, o como uno de los tantos compositores marginados a esa cara oculta de la música clásica mexicana, por motivos ampliamente discutidos; para todo ello basta la voz de los expertos.

Solo diré que mi precoz orfandad a los 10 años de edad y la súbita muerte de toda mi familia, propició la ejecución de un expolio absoluto de mis bienes, incluido el corpus musical paterno. Sin embargo esto no explica su desaparición dentro del relato oficial, muy poco historicista por cierto, y no nos da luz si consideramos la importancia que ahora, en plena abuelidad, sé que tuvo ese hombre dentro de la cultura en México.

Y es este mi enfoque hoy, distanciado y con reflexiones que pongo en la mesa, pues más allá de ser mi padre, su caso sirve para recapacitar en lo que a mi entender una sociedad como la nuestra, debe corregir, si no quiere seguir exponiendo al patrimonio artístico del país, a pérdidas irremediables como pudo pasar con el archivo José F. Vásquez.

Porque si el tesón nuestro, e incluyo aquí a mis cómplices, ha servido para algo hasta este día, es para confirmar que la realidad está ahí para ser cambiada, porque si no ¿para que otra cosa está ahí? Y para demostrar que cuando hay voluntad hay camino, imprimiendo amor al arte, apertura de miras, conciencia de la responsabilidad que cada generación tiene con sus antecesores, más aún dentro del arte, pero sobre todo, trabajo. La fórmula secreta que ahora revelo, aquí entre nos…

Y aclaro a quienes han dudado de la seriedad de la página web, josefvasquez.com, que todo lo ahí contenido está sustentado por documentos y contrastado debidamente. El aval de los expertos aquí presentes no me dejará mentir, ni siquiera exagerar, no obstante mi condición de novelista.

A lo largo del camino me ha sorprendido oír o leer a los jóvenes músicos decir que sólo gracias a nuestra pagina original, en Facebook, pudieron descubrir quién había sido ese señor que, además de todo, escribía mal su apellido… Ya saben ustedes cómo somos estos, los Vásquez con ese y zeta…

Pero… ¿donde y cuándo debieron estos jóvenes aprender eso?

Y con este mismo asombro he visto correr una suerte similar a muchos otros compositores olvidados, varios de ellos vinculados de una forma u otra con don José F.

¿Por qué no se estudia quiénes fueron y qué hicieron, pero sobre todo, ¿por qué no se conoce y se toca su música?

Debe existir una diversidad de factores como respuesta, pero ¿ha habido conciencia de su existencia, un poco de voluntad y un mucho de curiosidad suficiente?

Seguro que sí, empeños emparentados con el nuestro, pero… insuficientes.

Desde mi enfoque de escritor y por tanto un extranjero aquí, he visto que ha sobrado ignorancia, desprecio, pereza, burocracia, y para empezar, eso: curiosidad.

Curiosidad por fortuna demostrada por un puñado de talentos que siempre se ha enfrentado a la ignorancia, que no se ha conformado con el menú tradicional, como los jóvenes que hoy investigan, que exploran hasta en bazares de la Lagunilla, como yo lo hice para recuperar un par de preludios; jóvenes que se arriesgan a presentar música desconocida, con tal de preservar los intentos de completar el rompecabezas, porque saben que en México hubo mucho más de una decena de compositores importantes. Y esos hoy los del olvido merecen reconocimiento, y nosotros merecemos conocerlos.

En fin que yo pregunto: ¿es posible reconfigurar los modelos educativos en las facultades, conservatorios y escuelas de música en México, incorporando esa cara oculta y todavía reservada en exclusiva para expertos? ¿conviene que los jóvenes mexicanos sepan más de la historia musical de su país y de las diferentes corrientes que la integran?

¿Es útil haber obviado toda esa música por causas más importantes que el conocimiento y el arte per sé? … porque la diversidad enriquece, creo yo.

Otra reflexión que aquí coloco dada mi larga penuria con el tema:

¿Será posible que a las nuevas generaciones de músicos se les conciencie acerca del respeto que se le debe al Derecho de Autor?

Dentro de un sistema materialista esto suele ser difícil de asimilar, sí, pero ¿podrían al menos impartirse cursillos al respecto?

Porque bien por ignorancia pero sobre todo por negligencia y hábito, el tema se menosprecia en México y con demasiada frecuencia, soslayando así su ilegalidad.

Hace poco un músico a quien llamaré Tartufo, dada mi predilección a la comedia y con tal de no agrandar la influencia del melodrama en México, iba a tocar obras de mi padre dentro de un concierto, y cuando le pedí comunicar al organizador que me contactara para resolver el tema, me dijo que: (abro cita) «Las instituciones oficiales no están acostumbradas a pagar las regalías»

Y la verdad que por casos anteriores me constaba que así ocurre algunas veces, argumentando falta de presupuesto para eso, como si fuera parte de algún alquiler secundario para la realización del concierto. En fin que cuando le hice ver al buen Tartufo que era una ilegalidad, me dijo que así lo comunicaría; y si no vuelvo yo al tema, no me hubiera enterado de la gran idea que tuvo el citado Tartufo como solución: excluir por iniciativa propia las obras de mi padre, ya sin haber insistido ante la institución organizadora del evento, y santo remedio. Esta es la versión oficial que recibí por un lado, junto con el discreto silencio del ínclito Tartufo.

Esto lo cuento como un ejemplo preciso de quien no aprendió el respeto que se le debe al patrimonio intelectual, transitoriamente privado, o peor, que sabiéndolo, por pereza se convierte en cómplice de este vicio de costumbre que perjudica, precisamente, las oportunidades de la música mexicana contemporánea, que como en el algún caso que hoy nos reúne, desapareció de las salas de concierto con rumbo hacia la cara oculta.

Y pregunto: ¿hay aún en las orquestas quien programa prefiriendo repertorio tradicional, porque no paga derechos, o me lo han contado mal?

Me parece que a pesar de la gran disparidad que hay en los niveles de conciencia de la gente, los músicos, los intérpretes, deben ser los primeros en defender a sus compositores, rescatándolos e interpretándolos, sin creer que le hacen un favor a alguien que no sea a la propia música. Pues insisto, es parte de nuestra responsabilidad como generación.

Asimismo, insto a las instituciones no sólo a cuidar de sus valiosos archivos musicales sino a difundirlos, utilizando o de ser preciso inventando nuevas herramientas en favor de los fantasmas de la música clásica mexicana, como mi padre. Porque la música es papel hasta que se convierte en la razón de su creación.

En el mismo tenor recomiendo la observación estricta y apegada a la ley, en códigos de conducta y protocolos de recepción cuando aparezcan donaciones fortuitas de patrimonio artístico, porque podrían ser de propiedad privada aún vigente según la ley.

Lo sé de primera mano; y cuando esta situación se presenta entorpece aún más el trabajo investigativo, pero sobre todo agravia tus derechos, efímeros, pero al fin derechos, como heredero universal.

Como investigador silvestre, asesorado sí, pero sin contar con las mejores herramientas ni recursos, creo haber cumplido mi parte. Pero ojo, se requieren fondos para resolver todo el trabajo aún pendiente, hasta conseguir la edición de las 187 partituras que integran toda la obra, hoy lista ya en formato digital.

Tenemos sólo 6 partituras editadas, 4 gracias a la generosidad del maestro Ludwig Carrasco, otra dentro de la tesis de maestría del joven músico Eduardo Flores Aguirre, ambos aquí presentes, y una más gracias al maestro Vicente Martínez Alpuente, director valenciano y amigo de esta causa, de ahí que esto deba dejar de verse como un empeño familiar simpático a contracorriente, y verse como lo que es: el rescate de una pieza del patrimonio artístico de México.

Así que en este punto del largo y azaroso rescate, pido su apoyo decidido a las instituciones, comenzando por aquellas que José F. Vásquez fundó, o a las que entregó toda su vida de trabajo. Y a que tengan a bien hacerlo desde esas misma fuentes de trabajo creadas en aquella época dorada, cuando los fantasmas inventaron las primeras piedras de lo que hoy tenemos.

Para terminar les cuento que cuando yo comencé todo esto, gracias a mi hijo Omar, yendo, como ya dije, de asombro en asombro y de pregunta en pregunta, muy pronto me dí cuenta del valor de aquella máxima que me repito cada vez que es necesario: Ars longa, vita brevis…

Y con esto quiero invitar a los coleccionistas, a los músicos, en especial al maestro Enrique Bátiz, quien aún conserva partituras originales de Vásquez, a que reflexionemos todos desde la transitoriedad de nuestros roles, y por tanto a obrar con generosidad con la reintegración del acervo, con objeto de ponerlo a salvo del azar y del deterioro natural a los que estuvo expuesto este archivo Vásquez, hasta que lo encontré; todo comenzó por un hijo en busca de su padre, pero algún día será patrimonio artístico de todos.

Nosotros solamente hemos sido un eslabón contra lo que parecía ser un irremediable olvido, hasta hoy detenido por la simple curiosidad, y como ya les conté aquí entre nos, a base de trabajo.

La magia sólo existe en la música, no en los métodos de su recuperación.

Mando un abrazo enorme a Gabriel, mi nieto, quién a sus 9 años debe ya estar descubriendo la historia de su apellido paterno, a través del bisabuelo.

Muchas gracias a CENIDIM, a todos ustedes, mis queridos contertulios, y a quienes hoy nos han prestado su atención vía Internet.

Buenas noches y muy feliz navidad.

José J. Vásquez Torres.

Arriba se presenta el video completo de la Mesa redonda-homenaje, celebrado el 17 de diciembre de 2021, organizada por CENIDIM.


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