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El Informador, 1 de junio de 2013.
Por Eduardo Escoto
Con la esperanza de obtener un apoyo de carácter oficial para el rescate y difusión de la obra del músico de origen jalisciense José Francisco Vásquez (1896-1961), su hijo -del mismo nombre- hizo llegar el pasado mes de abril una solicitud al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) planteando la realización de un proyecto que contempla, entre otros puntos, la digitalización y edición de sus partituras, así como la producción de una grabación con selecciones de su música.
Tal propuesta no es en sí misma algo extraordinario, al encontrarse correctamente fundamentada en la relevancia de la trayectoria de un prolífico compositor nacional que cuenta con más de 200 obras, entre las que se pueden mencionar cuatro sinfonías, ocho óperas, un poema sinfónico, numerosas canciones, música de cámara, música coral, para piano, etcétera. Más aún si se tiene en cuenta que también trabajó con éxito en la docencia, dirección orquestal y promoción musical, particularmente del género operístico. Fue director fundador de la hoy Orquesta Filarmónica de la UNAM, creó su propia compañía de ópera y fue maestro fundador de la Escuela Nacional de Música de la UNAM, entre muchas otras actividades.
No obstante y como cabía esperar, la respuesta fue negativa, argumentando las autoridades no contar «con partidas presupuestales, ni con la facultad para llevar a cabo este tipo de proyectos».
Desafortunadamente, este caso es uno de muchos. Proyectos como el realizado el año pasado en torno a la figura de José Pablo Moncayo resultan ser gratas excepciones. Pero aquí cabe preguntarse entonces ¿quién podrá tener facultad para concretar proyectos como el aquí citado si no es el mismo Conaculta? A nivel oficial podría pensarse en las secretarías de Cultura estatales y municipales, que no es raro que también se encuentren en apuros presupuestales. La respuesta se encuentra, por lo tanto, en los esfuerzos particulares de investigadores, promotores y asociaciones culturales.
Es cierto que tales actores complementan con su labor (muchas veces desinteresada) los alcances de las instituciones creadas para atender estas tareas, pero el problema es cuando esta manera de proceder se vuelve la norma. Estos gestores deben desarrollar por su cuenta y riesgo un trabajo demandante sin detenerse por no contar «con partidas presupuestales». Ellos mismos deben procurarse recursos, promover, defender y desarrollar sus proyectos, cuidando hasta el último detalle de su realización.
Visto de esta manera, pareciera existir una concepción y un interés muy diferente de la preservación del patrimonio cultural entre los ámbitos oficiales y particulares.
Sin embargo, es cierto que existen canales abiertos para atender propuestas de este tipo; el propio Conaculta hace anualmente convocatorias en este sentido dentro de programas en los que se otorgan valiosos estímulos. Quizá lo más triste del caso aquí expuesto sea que en la escueta respuesta presentada no se dedicara ni un renglón a sugerir este tipo de opciones.
Estos proyectos enfocados a sacar del olvido legados artísticos de relevancia comprobable son mucho más que reivindicaciones de carácter nostálgico o personal, pues tratan de asegurar la transmisión de las manifestaciones artísticas del pasado que así lo merezcan para que puedan influir en el presente, requisito indispensable para la generación de una cultura, que es lo que en última instancia nos define como humanos.
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