El libro con voz que a los oídos llega

1 de Septiembre de 2013

Cada una de las fotografías de nuestra vida tiene detrás una historia. Y su existencia suele ser un símbolo y es ajena a reloj de los humanos.

Hace veinte años, en 1993, recibí una de las primeras grandes complicidades contra el olvido de José F. Vásquez, la de Gabriel Pareyón. Entonces un joven músico e investigador que por casualidad había encontrado información sobre mi padre, en su natal Guadalajara. Luego de conocernos y de intercambiar nuestras ideas, decidimos conjuntar esfuerzos y con todo el camino que para entonces yo había recorrido, luego de la búsqueda y localización de la gran mayoría del archivo musical, Gabriel se dio a la tarea (nunca mejor aplicado el verbo dar) de profundizar en la investigación para después escribir un libro sobre don José F. Vásquez.

Tres años después, el joven Pareyón publicó: José F. Vásquez. «Una voz que a los oídos llega». El único libro que hasta hoy existe sobre la vida y la obra de mi padre. Editado por la Secretaría de Cultura del estado de Jalisco. Esa preciada publicación fue acompañada de un par de conciertos de la Orquesta Filarmónica de Jalisco, bajo la dirección y también gracias a la complicidad del maestro José Guadalupe Flores. El primero de ellos fue celebrado en el Teatro Degollado de Guadalajara, y otro en Arandas, la tierra natal de mi padre, y con el siguiente programa: Ballet Azteca, «La ofrenda» El poema sinfónico, «Tres acuarelas de viaje» y la Sinfonía No.2

Asimismo, la gran pianista mexicana Patricia García Torres, habría de dar un par de recitales con música de piano solo y lieder, junto a la soprano, la maestra Rosa María Partida. El programa se completó con una conferencia del suscrito en Guadalajara, y con el acto de presentación del libro en la ciudad de México. Y de ahí reaparecen las imágenes que comparto más adelante con todos ustedes.

A veinte años de distancia, echamos mucho de menos la presencia del maestro Arturo Azuela, (en la primera fotografía el último de izquierda a derecha), y la del maestro Juan José Osorio, padre de Jorge Federico, mi compañero de juegos infantiles, quien aparece segundo en el mismo orden y sentado a mi lado. Ambos no están ya entre nosotros y yo lo lamento mucho, pues me prestaron su ayuda en cuanto me puse en contacto con ellos, formando así parte de una de las escalas de esta aventura, más allá del pautado, más allá de mi búsqueda, en la conversación cercana que dio luz a nueva información que yo desconocía entonces sobre ese hombre de la música, que fue don José F.

Aquella noche el grupo lo completamos, el maestro José Antonio Robles Cahero, por entonces Director del CENIIDM, colocado al centro del grupo, y el querido Gabriel Pareyón, quien en esos momentos hacía uso de la palabra.

En aquella fecha, mirando al vacío, imaginé que pronto podría yo escuchar la música de José F. Vásquez, interpretada dentro de los repertorios de nuestras orquestas, en la voz de nuestros cantantes, y que para la UNAM finalmente sería un orgullo difundir la obra del fundador de su orquesta. Incluso sentí más cerca el momento en que el tratamiento formal hacia su figura, sería más próxima y menos impersonal de lo que hoy puede verse, por ejemplo en los programas de mano de la OFUNAM, donde apenas se dedican dos párrafos a los primeros 25 años de la historia de la orquesta, lo más duros sin duda, y en los que mi padre fue su director titular al lado del maestro Rocabruna. Llegué a imaginar que en esos textos reformados a partir de aquella presentación, aparecería un pronombre posesivo que sigo echando de menos: nuestro… Nuestro fundador.

Han transcurrido dos décadas y esa asignatura sigue pendiente porque no ha habido aún oportunidad de incluir ese pronombre, como parte de la liturgia de la institución.

Aunque el rumbo de los acontecimientos parece ser el correcto, y la marcha de las cosas se está acelerando, a la vista de la curiosidad cada vez más frecuente de jóvenes músicos en la obra de Vásquez, hace falta voluntad. Porque con esa herramienta puesta en acción con la mayor prontitud posible, las viejas partituras podrán ponerse a salvo del deterioro cuando se proceda a su total digitalización.

Este es el primer paso a dar, que he solicitado ya de manera formal y varias veces, a las autoridades de la UNAM.

Esto es también el punto de inicio de mi petición al CONACULTA, para que medie con su intervención.

Alguien me dijo que eran como botellas lanzadas al mar, y quizá sea cierto, y tal vez sea porque intuyo que el vaivén marino suele devolvernos siempre la verdad mezclada con leyendas, y que lo hace hilando las cadencias de una y otra de sus resacas, hasta abrirnos los ojos.

Ojala tengamos el tiempo suficiente para ver al menos el establecimiento de un arranque formal en las instituciones que él fundó, para que su memoria ingrese y enriquezca la historia oficial que él contribuyó a construir, pasando con ello a formar parte de la recuperación de la realidad.

Pues ya se sabe: Vita brevis, ars longa… y la obra de José F. Vásquez, creo yo, rebasará nuestra existencia.

-JJV-

Las imágenes corresponden a la noche de la presentación del libro, José F. Vásquez, «Una voz que a los oídos llega. La primera de ellas ya descrita. Y en el orden acostumbrado, luego aparece la portada del libro, El retrato de mi padre, y el libro sobre una mesita, al lado de Arturo Azuela, José J. Vásquez, y José Antonio Robles Cahero. En la siguiente, la mesa se vio completada con la presencia de la maestra Luz María Puente y un funcionario de la universidad. A continuación tres aspectos de la reunión, en uno de ellos, Arturo Azuela subraya la necesidad de llevar a cabo el rescate de la memoria y de la obra de José F. Vásquez. En la última foto, se aprecia la contraportada de la publicación.


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