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Hoy les cuento que mi nuevo descubrimiento documental me ha permitido expandir el conocimiento de mi apego por la obra de Mozart. Algo nada raro entre melómanos, lo sé, e incluso algo frecuente entre personas que nunca han escuchado una obra completa de él, pero que sin embargo son capaces de tararear frases de la Pequeña Serenata (K 525), por poner un ejemplo asombroso de lo que ocurre con la música de Wolfie.
Con esto en la cabeza y tras leer y releer varias veces este nuevo hallazgo relacionado con mi padre, con mi madre, y con Wolfie, he terminado con una sonrisa muy amplia, pues puedo intuir con el sabor de la certeza, que antes de nacer y estando ya en el vientre materno, las notas mozartianas tuvieron ya mi preferencia entre todo ese desfile de conciertos, ensayos, clases, reuniones musicales, audiciones por la radio, grabaciones y quién sabe cuántos medios más, que a través de los oídos de Gloria llegaron hasta los míos.
Hace unos años, seguramente me hubiesen tildado de chiflado si yo hubiera puesto sobre la mesa tal hipótesis, pero hoy, gracias al avance de la ciencia, mi teoría se avala en pruebas de que la información genética nos ha ido revelando rasgos fundamentales de cómo somos, de por qué somos, y quizá pronto tengamos respuestas parecidas a la hora de preguntarnos: para qué somos como somos, y cómo es que hemos llegado a ser lo que somos, con esa marca registrada.
De vuelta con mis padres y con Wolfie, miro el documento, echo mano de la lupa digital y releo el artículo:
«Ante una enorme cantidad de público que invadía escaleras, pasillos y cuanto lugar permitía la permanencia en el Anfiteatro Bolívar, se verificó el Segundo Festival Mozart, organizado por la Dirección de la Orquesta Sinfónica de la Universidad, para conmemorar el 150 aniversario de la muerte del célebre compositor salzburgués: festival que debe considerarse con justicia, como el suceso artístico más importante del año en nuestro medio, si se tienen en cuenta los factores que en él concurrieron»…
Con este primer párrafo, podemos concluir que el artículo fue datado en 1941. Y que por lo tanto la orquesta universitaria cumplía 5 años desde su fundación. Que el entusiasmo del joven público universitario fue capaz de atiborrar no sólo la hermosa butaquería del foro, sino también todo espacio capaz de prestar ayuda a la necesidad que aquellos jóvenes de entonces, sentían por la música y acaso en especial por Mozart.
Asimismo, en este inicio de crónica, el escribiente nos deja ver la condescendencia de las autoridades frente a tal entusiasmo del público, a razón, supongo, de considerar a la transmisión de la cultura como prioritaria sobre otros factores.
A continuación el relato nos señala que el programa estuvo integrado por la Sinfonía No. 39 en mi bemol (K 543), La Serenata (o Divertimento) para cuerdas (K 136). el Concierto para dos pianos (K 365), y la Obertura de La Flauta Mágica (K 620). Cuatro de las gemas de la obra mozartiana.
Al seguir nos ofrece una elogiosa visión de la actuación de la orquesta que me serviría para pulir un poco el ego de la familia, no obstante prefiero reservar tal ejercicio, enfocándome en el siguiente párrafo:
«En estas condiciones, no obstante el mérito indiscutible del maestro Vásquez, (el apellido correctamente escrito, por cierto, no así en el pie de la foto) y las inolvidables interpretaciones a que nos tiene acostumbrados, nos encaminamos al Anfiteatro Bolívar con cierto temor, pues no es un secreto que por las circunstancias económicas con que esta orquesta vive, no todos sus ejecutantes son de primer orden, pero, una vez más, Vásquez realizó el milagro. Bastó observar en su semblante esa tranquilidad que sólo da la fe total en sí mismo y en su orquesta y en los primeros compases de la Sinfonía, para que nos la transmitiera, conduciéndonos después con la magia de su dirección a ese mundo ideal en que se expresa la música mozartiana…»
El cronista hace luego hincapié en las características y dificultades de cada uno de los movimientos de la obra, para decir que en la Serenata, «Vásquez se superó a sí mismo, obteniendo una interpretación UNICA (sic)» Y sigue y nos habla del prolongado aplauso recibido al final.
Menciona además que en ese mismo plano de superación se interpretó el Concierto para dos pianos, con los maestros Carlos del Castillo (bisabuelo de Alberto Ángel, el Cuervo y un músico notable, también olvidado) y José María Luján como solistas.
José María Sosa, firmante del artículo, establece hacia el final de su reseña que esa noche mi padre dirigió todo el concierto de memoria y que bajo su visión, «este director no sólo debe ser un orgullo para todo mexicano, sino que debemos considerarlo como uno de los grandes directores de América», señalando su personalidad de altura, a la hora de interpretar desde Wagner hasta el susodicho Mozart.
Y se cierra lo visible de mi hallazgo, con la mención de la intervención final in situ del eminente crítico musical argentino, Don Mariano Antonio Barrenechea quien terminó de ilustrar al público sobre la figura de Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart : dato que confirma la preocupación didáctica alrededor de esta orquesta de universitarios para universitarios.
Qué bueno hubiera sido recuperar y reconstruir el resto del documento para obtener más información útil que nos permitiera empatizar, un poco más, con sus letras dirigidas al concierto de aquella orquesta de aquella noche con aquél director que fue mi padre, y que como ya se ve, me hizo heredar su serena adoración por Wolfie.
De todo lo anterior destaco la referencia plasmada en la crónica, y por tanto una realidad del conocimiento público, sobre las dificultades económicas sufridas por la orquesta por aquel entonces, como ya he dicho aquí. Aquellos primeros 25 años de empeños al máximo para evitar su desaparición, que hoy merecen una justa reivindicación y el rescate de su memoria, junto con la obra musical de aquél director de aquella noche, quien desde ese lejano año de 1941, siguió encabezando la resistencia contra la muerte de lo que hoy es la OFUNAM.
Si creemos en las palabras de Gandhi cuando dijo que «El éxito en la vida no se mide por lo que has logrado sino por los obstáculos que has tenido que enfrentar en el camino» , podemos establecer que Vásquez tuvo entonces éxito en su prolongado cometido al igual que su orquesta (y perdonen ustedes el posesivo). No obstante la ecuación cambia en el presente, porque todo mundo conoce el éxito actual de la orquesta, (a pesar de todo) pero nadie o casi nadie, incluyendo la mayoría de los instrumentistas de la agrupación, sabe quién fue José F. Vásquez; qué hizo, cómo lo hizo, por qué lo hizo, y para qué hizo lo que hizo.
Tal vez ni siquiera se han puesto a pensar por qué les gusta y para qué tocan la música de Mozart, (solemos hacer cosas sin saber por qué) tanto como lo hizo aquél director de aquella noche. Y se fían del árido texto del programa de mano actual, donde la amnesia del amanuense se ahorra 25 años de historia por dictamen, por ignorancia o por falta de empatía con quienes crearon su fuente de trabajo, en aquellos años asomados aquí, en una crónica similar a las que hoy son vertidas sobre los protagonistas del presente.
¿Ya vieron la foto de José F. Vásquez en el artículo?
Creo que el señor Sosa fue un buen observador de la gestualidad humana, amén de conocedor de la música, pues me parece que su descripción del director de aquella noche, fue acertada: «Bastó observar en su semblante esa tranquilidad que sólo da la fe total en sí mismo y en su orquesta»…
G racias, señor Sosa. Ya se ve que don José F. tuvo una fe total en sí mismo, pero no contó con los estragos que hace el olvido en quienes no tienen la misma fe en lo que dio origen a su realidad presente.
Un asunto de desmemoria que tal vez pronto la ciencia corrija, logrando que las orquestas hereden la gratitud por información genética, mientras ejecutan la amada obra de Mozart.
-JJV-
La primera imagen más abajo, nos enseña la reconstrucción del artículo periodístico: Un Mozart extraordinario , firmado en 1941 por José María Sosa, dando cuenta de su relato de uno de los conciertos del Segundo Festival Mozart, ofrecido por la OSU en el Anfiteatro Bolívar.
Al final de ese mismo año de 1941, cuando la guerra en Europa parecía una causa perdida para los aliados, el 4 de diciembre, en el Palacio de Bellas Artes, José F. Vásquez presentó un programa enfocado en la obra de autores judíos perseguidos por el Tercer Reich. En aquel momento, uno de ellos, Antoni Szalowski, vivía escondido en algún lugar de la Varsovia ocupada; el otro, Julius Chajes, acababa de exiliarse en los Estados Unidos, tras huir de la Viena anexionada por Hitler en 1938.
Así se anunció este programa extraordinario fuera de temporada:
José F. Vásquez, director
Antoni Szalowski: Obertura para orquesta sinfónica (1936) * / Julius Chajes: Salmo para coro y orquesta * Coro Bach *Estreno en México.
A continuación se muestran fotografías de Antoni Szalowski y Julius Chajes respectivamente.
La última es la reproducción de un anuncio de la Temporada de 1956, de la Orquesta Sinfónica de la Universidad que muestra una vez más la celebración del Festival conmemorativo de Wolfgang Amadeus Mozart.


