La curiosidad no mato al gato; lo hizo evolucionar…

Septiembre 18 de 2016

43.

Es fácil recordar aquellas recomendaciones de no hablar con extraños, de no jugar con objetos filosos y de portarse bien, yo la verdad no recuerdo quién del mundo adulto de mi distante infancia, habrá sido conductor y responsable de que tal dosis de miedo, acaso por precaución, me rondara por algún tiempo; de hecho ahora, en plena y feliz abuelidad, veo con claridad que fueron múltiples sus apariciones en mi camino.

Ese tipo de advertencia amorosa venida de nuestros adultos, ya se sabe que refleja un temor propio, interior, que aparece verbalizado con la intención de ahorrar riesgos a los niños y como cumplimiento de un eslabón generacional más al servicio de aquello de que… la curiosidad mató al gato…

Pero como ya he contado, desde entonces era yo un futuro gran fisgón en potencia, y por una o por otra, la curiosidad predominó las más de las veces dando como resultado que la curiosidad no mató a ningún gato sino que lo ayudó a evolucionar…

Quizá en el fondo, como en el mito de la caverna de Platón, yo veía sombras e intuía algo más ahí afuera, así que con tal impulso fui escalando hasta la salida del miedo por sistema, hacia un punto de partida más sólido, más divertido o más decepcionante, pero tangible, respirable a todo pulmón y por fortuna memorable tanto en el debe como en el haber.

De mis tiempos de docente recuerdo que un poco en broma, finalizaba yo mi clase diciendo: P órtense como se necesite y hablen con extraños si la voz interior lo acepta… Lo de jugar con objetos filosos sabía yo que era ya entonces una etapa superada.

Todo esto me viene a la cabeza cada vez que en mi Facebook aparece la solicitud de una persona extraña. Lo primero que pienso es que si en efecto es extraño es porque no lo conozco. Y recuerdo que cuando niño bastaba llegar a un parque y preguntarle a otro niño: ¿Jugamos? , para rellenar felizmente un intervalo inmediato de la vida, mayoritariamente intrascendente pero de alguna forma, grato.

Ya sé que esto de las redes sociales parece a ratos un cosmos aún más oscuro y pleno de banalidades, sin embargo, para conseguir los buenos encuentros, los útiles, los actuantes en favor de las dinámicas que nos mueven, es requisito, «hablar con extraños» , y será una asunto de suerte y mucho de intuición, pero gracias a este mi casting de coctelera he puesto en marcha varias comunicaciones provechosas, en favor de los objetivos planteados en este rinconcito virtual contra el olvido de José F. Vásquez; llámese difusión o interés en primera instancia, ideas o intentos de algo, o hasta la concreción de proyectos que han respondido a la razón de su apertura aquí en el Caralibro.

Pero además de estos avances, (menos de los que yo quisiera, es verdad) para que la luz prosiga comiendo sombra, repetidamente he sido sorprendido por la pequeñez del mundo actual, y como ejemplo tres apariciones amorosas del azar, diría yo, como la recuperación de dos partituras de mi padre, desconocidas hasta ese momento; una opereta en Argentina, y un preludio para laúdes, acá, en España, pero además la aparición del todo sorprendente de una coincidencia con esta fecha, allá en México.

De ahí que yo sostenga que la curiosidad no mató al gato sino que le ayudó a evolucionar.

Gracias sin límite al maestro Lucio Videla, en Buenos Aires, y a la maestra Ester Casado, en Madrid, y a un preciado anónimo, por haber contribuido tres veces al reforzamiento de mi tesis, en un mundo en el que con frecuencia se constata el predominio del miedo a la otredad.

¿Vale entonces la pena hablar con extraños, en un mundo donde casi todos lo somos?

Si hemos visto a miles de extraños plantarse de cara a la tragedia, con tal de salvar a otro… extraño; peor aún, con tal de poner a salvo el cuerpo inerte de quien fue un extraño de historia desconocida, con quien sólo podrán escribir su punto final por haber extraído sus restos de los escombros, ¿no es algo para pensar, eso de no hablar con extraños?

¿Merece la pena?… ¿o hasta merece ser un trozo de la alegría?… De esa que nutre en el alma y cuerpo adentro…

Muchos de ustedes lo son para mí y lo son entre ustedes, y es probable que eso no cambie ya que nuestras cercanías son virtuales y por tanto volátiles. Sin embargo, llegan a ser afectuosas, gracias a la empatía; efecto, dicen los científicos, de nuestras células espejo.

Y yo lo celebro.

Celebro el buen uso y el aprovechamiento que nos damos recíprocamente, gracias a las letras, al lenguaje en su calidad de mapa de la cultura humana, y de puente simbólico de amistad sostenida sobre los significados; un templo, diría Wendell Holmes, en el que está encerrada el alma del que escribe… sí, pero también la de quien como en este caso, lee; diría yo.

Con esta carga energética de alegría, comparto con ustedes, queridos allegros, el último capítulo de las sorpresas donde un extraño aparece para avisar que otro extraño, ignoro muy bien por qué, se interesó un día en José F. Vásquez, y puso su talento a trabajar, abriendo un postigo más en favor de su recuperación y contra su olvido.

¿Cómo no seguir apostando por mi tesis de hablar con extraños, a pesar de ir en contra de los miedos de la tradición que sirven para ahuyentar la bondad, la inteligencia, y en peores casos, al amor?

¿Cómo no creer que conforme esto se mueve habrá menos extraños?

Aquí sólo resta agradecer a mis queridos y recién llegados extraños, por formar parte del mecanismo perfecto de la sincronicidad, en beneficio del reciente cumpleañero: José F, Vásquez.

La imagen que coloco aquí debajo, obra de Alejandro Rodríguez, fue expuesta casual o causalmente en la fecha del natalicio de mi padre, con esta leyenda:

» Mi pintura para la exposición en la Cámara de Diputados, e s un pequeño homenaje a José F. Vásquez Cano. Incluí de fondo en mi pintura la Sala Nezahualcóyotl. Hoy, a 120 años de su natalicio, todos debemos conocer parte de la historia de este gran compositor y músico nacido en Arandas»

¿Cómo no seguir animando al gato en su curiosidad?

Y es que la vida es un encuentro de soledades abiertas a la oportunidad casual, o causal (¿cómo saberlo?), de obtener más respuestas fundamentales contra los aprendizajes erróneos, a partir del único enemigo temible: el miedo.

Porque como reza el lema de mi libro Letras Cuánticas, Hay dos formas de ver la vida, con miedo o con curiosidad.

Y ese músico que fue mi padre me enseñó el placer de la búsqueda a partir de una primera pregunta: ¿Por qué?

-JJVT-

«José F. Vásquez» – Óleo de Alejandro Rodriguez Horton, expuesto en la sede de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, en la ciudad de México, en octubre de 2016.


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