Mientras ocurre la anagnórisis

Octubre 9 de 2016

44.

Gracias al email recibido ayer, de parte de un amiga de toda la vida, es probable que las letras que siguen puedan contener una carga de los ecos de mi agradecimiento por la preocupación que tiene sobre mi salud. Sabiendo los efectos que todo esto ha tenido en mí, como resultado de esta labor sostenida contra la desmemoria de mi padre, desde hace más de 30 años.

Les cuento.

Ella me ha escrito indignada por la escasez de frutos contra el olvido institucional de mi padre, tras haber escuchado el Concierto No. 3 para piano y orquesta, una de las pocas obras grabadas de José F. Vásquez. Y a todo lo largo de su discurso escrito, transmite amor; en primer lugar al arte, a la música valiosa que no se escucha y que ella cree es mayoría en el universo de la creación humana. Además ella sostiene que la única forma efectiva de trasmisión de cultura en general, es proporcional a la necesidad que cada individuo tiene de reconfortar su realidad, con el alimento de la creación de los grandes espíritus humanos que, incluso contracorriente, alcanzaron a salvar, en muchos casos penosamente, esa necesidad primaria ligada con el principio de la vida, como es la creación, a pesar de la miseria de su propia realidad.

Sus letras me pusieron a reflexionar porque me parecen ser siluetas de las mías frente a un espejo.

Eso pienso.

Eso creo.

Eso intuyo, y eso persigo.

Y fue entonces que se me apreció Albert Camus, con aquello de que… «Los tristes tienen dos motivos para estarlo, ignoran o esperan», como una contracara de mi, inexplicable alegría, porque yo no ignoro y poco es lo que espero si no es por mi propio esfuerzo.

Una lección de la orfandad que hace mucho sé, es una profesora muy exigente.

A mi regreso del paseo por el campo de esta mañana, mi cansancio era menor y sereno. Pues no obstante la insuficiencia de mis logros contra la desmemoria de don José F., prevalece en mi ánimo un ritmo allegro, a ratos maestoso, inscrito en la conciencia de saber que al igual que ocurre en la aventura de vivir, lo importante es el camino, es decir y en términos musicales: tocar hasta que la batuta lo indique.

¿O acaso la existencia de la raíz depende sólo de sus frutos?

También es útil mantener el tempo andante dentro del conjunto de acuerdos que como realidad hemos creado, donde abunda la pequeñez de individuos que sirven de muy poco y ratos para nada, pero que están ahí, única y exclusivamente para evolucionar.

Si no, ¿para qué otra cosa estarían ahí, si no es para obligarnos a andar en su contra?

Al final, cambio es necesidad contra resistencia…

Porque contemplas los mundillos del mundo, y sabes que hay mucho por sentir para luego pensar y actuar en consecuencia.

De hecho se sabe que en esos otros mundos del mundo hay grandes tragedias sobrantes, y demasiado dolor, elaborado a veces concienzudamente.

Y cuando recuerdo una conversación telefónica de mi padre con un amigo desconocido para mí, en el invierno de 1960, a quién él confesó su temor ante la inminente desaparición de la orquesta, en un año tan terrible en el que se vieron orillados a organizar solamente el ciclo de conciertos al aire libre en CU, y a suspender la temporada regular de la orquesta en Bellas Artes; entonces, con eso en mente me animó aún más. Mucho más, pues mis motivos se renuevan.

Hace no mucho logré investigar que mi padre fue uno de los primeros directores en conseguir apoyos privados que cada año le dieron vida nueva a la orquesta, ante la sempiterna complejidad de una esperanza de presupuesto anual suficiente para continuar; de esa forma la necesidad le hizo desarrollar astucia suficiente para obtener patrocinios que impidieran la desaparición de la orquesta, en especial durante cada coyuntura sexenal.

La historia detrás de los reflectores de la misma orquesta que hoy resume, con 33 palabras en su programa de mano, aquellos primeros 25 años.

Una historia de motivos, no sólo de aplausos.

El reto de caminar detrás del rastro de la utopía, pues como decía Eduardo Galeano:

» La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para caminar…»

Porque el movimiento es vida; sólo por eso.

Y aunque sé que no habrá en el corto plazo un plan oficial, serio, comprometido y ágil, enfocado en el rescate de la memoria de José F. Vásquez, menos aún de su vasto corpus musical, yo no dejo de caminar mirando el horizonte. Igual que hago cada mañana por el campo junto con Roma, mi perra bóxer, quien con el mismo espíritu persigue a los conejos, en apariencia, de manera inútil.

En el fondo sabemos que es difícil lidiar con las expectativas, cuando la desilusión parece ser la realidad y no la distancia entre ambas.

Y es que los humanos somos muy complejos en la esperanza, y demasiado breves en la generosidad para entendernos.

Roma, no.

Ella es más simple y carece de toda esperanza; es feliz cuando busca y cuando rebusca. Y parece feliz en el ejercicio de la búsqueda per sé, y yo, gracias a todos los perros que he tenido en la vida, a quienes enseñé banalidades, he aprendido de ellos las mejores lecciones de alegría para seguir por el gusto de seguir, y de sentir con gratitud el movimiento hacia nuestras prioridades, en el tempo que elegimos, y sostenidos por el motivo principal de la partitura.

Nunca se sabe.

El horizonte jamás abandona a nadie; los perros lo saben.

Un día cambia la suerte y se atrapa lo deseado, porque la luz continuamente avanza y come sombra.

La alegría, también.

Sin embargo, no dejan de insistir unas preguntas:

¿Cuándo dejará de ser folclore septembrino en nuestras orquestas, la programación de obras mexicanas olvidadas o desconocidas?

¿No sería útil programarlas regularmente como acto inherente al quehacer cultural, igual que se hace en otro países, con la suya?

¿Será posible innovar los moldes programáticos con más trabajo de investigación previa?

Haría falta incorporar un sentido de responsabilidad activa frente al arte y no sólo de utilización comercial o populista.

Cuando visité Praga, en el metro me encantó sentir en los anuncios del sonido local, cómo se repite un preludio infinito: las primeras notas de El Moldava de Smetana…

Un tarareo que te puede durar todo el día.

Un nimio recordatorio de identidad; un vínculo poderoso; acción.

Y claro, yo imagino este fenómeno musical inductivo en los metros de cada ciudad, en las salas de espera de aeropuertos, hospitales, oficinas gubernamentales o de grandes multinacionales, y hasta en estadios deportivos…

Lo dicho: la pertinaz persecución de la utopía en el horizonte.

¿Viviremos el tiempo suficiente para volver a ver en México un programa educativo humanista, donde la voluntad y el trabajo de rescate y promoción de la cultura exista, como una prioridad?

¿Viviremos para ver una gran banco de datos con páginas web de cada uno de nuestros compositores, donde se preserve su vida, y sobre todo donde consultar y difundir su obra?

Al menos yo pienso hacer eso contra el olvido de José F. Vásquez, porque no ignoro ni espero y estoy trabajando no sólo para mí sino con miras más amplias… Ars longa vita brevis …

Hace mucha falta el amor al arte como parte íntima de la conciencia colectiva y no como una conducta heroica e individual.

Y alegría, mientras ocurre la anagnórisis.

Entretanto en este mientras de los adioses, habrá que ejercer una pasión disciplinada para resistir, hasta que la dignidad se haga costumbre.


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