La mejor interpretación de los sueños

28 de mayo de 1961

Octubre 28 de 2016.

45.

Allegros Re allegros, un sábado más… y qué bien verlo como suma y no como resta; aligera el despertar y pacífica el andar hacia el sueño, ese otro reino de la naturaleza donde inermes cogemos algún remo con la intención de cruzar a salvo hasta que la luz reaparezca, detrás del tiritar de nuestros párpados a punto del alba, porque la noche se ha ido sin ti.

Y es de sueños que hoy me ocupo, pues todo apunta a que mi padre les dio una gran importancia en su producción musical y también en su vida; acaso como el Segismundo de Calderón de la Barca, y que en algún punto del camino haya reflexionado con aquello de: «…estamos en un mundo tan singular, que el vivir sólo es soñar; y la experiencia me enseña que el hombre que vive, sueña lo que es, hasta despertar…»

Una consideración que probablemente cruce los meridianos de algún pensamiento muy nuestro y más parecido a la esperanza de que nuestra andadura vital ha de salir bien, ha de ser útil para algo, para alguien, además de uno mismo.

Luego uno va comprendiendo que lo que en esencia da sentido es el andar en sí, y que el resultado final viene a ser la suma de los orígenes dentro de la operación perfecta del cosmos.

Esta idea mía sobre la voz del espíritu de mi padre, viene de la observación, y de la lectura de notas escritas a lo largo de su vida, porque un niño de 10 años no tiene jamás al alcance la dicha de la conversación, como tal, con ese hombre elegido para heredarle un apellido habitable, junto al universo de una información genética por descubrir.

En tal circunstancia, el tiempo apto entre un padre y su hijo es aún menor al conjunto de sueños de la vida; un largo parpadeo, si acaso, que cesa su existencia difuminado en los territorios de uno de esos sueños. Y con la convicción de ser resultado encarnado de uno de ellos.

Porque yo siento que todos mis ausentes me soñaron mucho antes de haber nacido; incluido mi padre, por supuesto.

Así pues, careciendo del testimonio personal de oralidad y de ejemplo cotidiano, es necesario tender un puente guiado por la intuición para ir sobre su estructura, y con los hechos documentados de su vida tan fructífera, bajo el brazo, para alimentar lo que sé de mi padre.

Veamos…

La primera obra de la que tenemos noticias dentro de su producción musical, es una fantasía para piano solo en un movimiento: Sueño de amor. Es la opus 3 y data de 1910, cuando él tenía 14 años de edad.

El mismo año en que recibió de manos del entonces Presidente de la República, Porfirio Díaz, el premio como ganador del Concurso Nacional de piano. Y esto me hace pensar que ese era otro mundo en el que la máxima autoridad entregaba en persona los premios de piano, a los jóvenes artistas.

Hoy dudo mucho que esto pudiera repetirse pues la prioridad del poder establecido apunta por otro lado; y parece que a veces ni siquiera apunta.

Un año después, a los 15 años de edad, compondría su primera ópera: Los compañeros de la hoja, y ya no detendría su labor compositiva, no obstante los intervalos necesarios concedidos ante la exigencia de tiempo y dedicación, como fundador y director durante 25 años de la hoy OFUNAM, amén de su labor al frente de la Escuela Libre de Música, y de su docencia tanto en el Conservatorio Nacional de Música como en la hoy Facultad Nacional de Música de la UNAM.

Y esto sin contar las giras que como director hizo por medio mundo y a partir de 1941.

Sin embargo, parece que el sueño primario del joven abocado a la composición se mantuvo a lo largo de su vida mientras fue posible; entre tanta gira, concierto, clase y los etcéteras que aquél niño que fui veía, en la agitada vida de su padre.

Y así, siete meses antes de su muerte, el 28 de mayo de 1961, José F. Vásquez vio al fin la oportunidad de estrenar su ópera: El último sueño . Protagonizada en su reparto por Plácido Domingo, Marta Ornelas, Franco Iglesias, Lupita Solórzano y Rogelio Vargas.

Una carrera apasionada entre un sueño y otro, distantes 51 años uno de otro. Un frenesí entre un primer y un último sueño…

Acaso vinculados en el plano onírico referido por Calderón de la Barca, donde… «el hombre que vive, sueña lo que es, hasta despertar»…

«¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño;

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son»

Y como en la dimensión del sueño la aseveración se disfraza de deseo, yo veo los efectos de aquellos deseos del José F. Vásquez de los 14 años de edad, en sus partituras, e intuyo como sonarán.

Luego, transformo lo leído en el sueño propio de un gran deseo. Y ¡voilà!. .. a surcar los aires con la complicidad del viento intemporal…

Veo la Sala Nezahualcóyotl repleta.

Veo un gran retrato sonriente de José F. Vásquez… Se conmemoran 120 años de su natalicio.

Oigo los rumores previos al concierto.

Veo entrar sonriente a los músicos actuales de la orquesta, confundidos con los queridos fantasmas de atril de aquellos tiempos; todos ejecutan la sinfonía de las afinaciones que tanto me emociona.

Hay un gran lábaro auriazul con el escudo de la UNAM al centro.

Y hasta veo allí, debajo de su retrato, un rama de laurel y el lema de sus partituras: Crear, amar….

Luego aplaudo porque el director ha entrado y la orquesta se ha puesto en pie, pero además hay un pianista, un violinista, y un coro.

Y en un escenario paralelo están los cantantes con el vestuario de una de sus óperas…

Todo fluye…

La música ha ganado el día con su noche.

En las butacas en derredor está el resto de mis amados ausentes, y veo que la gente me mira a ojos cerrados por medio de la felicidad.

Es día de concierto; como entonces… y estoy a medio sueño.

Todo fluye…

El extenso programa, más que wagneriano, abarca toda la obra de mi padre, y yo me dispongo a escucharla mientras sigo envejeciendo con la felicidad muy dentro… Y es que…

… toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son…

Y ya se sabe, queridos allegros, cómo se aventura uno por esos lares desprovistos, indefensos, inquietos, y a ratos optimistas, ocultos de la ingrata realidad circundante, donde la involución parece haber sido puesta en marcha, a propósito.

Donde no importa que el fundador de una orquesta sólo exista más allá del silencio, como si la flor no fuera flor desde la raíz misma.

De ahí que los sueños reparen o deban reparar.

Porque ahí la dicha puede ser gratis, la bondad, verosímil, y porque en cada una de sus letras escritas, el absoluto se reivindica por sí mismo como una sinfonía en tempo andante.

Además, ahí, es más equitativo el esfuerzo de lo difícil, más significativa la existencia de lo fácil, e intentar abrir a diario las ventanas para que la luz pueda seguir comiendo sombra, es un asunto de niños, porque resulta que los papalotes son ángeles.

Como entonces.

La partitura de Sueño de amor (1910), está extraviada. Las imágenes que aquí se ofrecen corresponden, las dos primeras, a la carátula y al interior del programa de mano del estreno de El último sueño. El 28 de mayo de 1961 en el Palacio de Bellas Artes, y fueron donadas gentilmente a esta página por el maestro Carlos Vidaurri. La tercera es una reproducción de la partitura de los cellos del Cuadro 1 de la ópera. La última a la derecha, corresponde a la portada del folleto publicado por el INBA en esa fecha.


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