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22 de febrero de 1922
Gracias a este rinconcito virtual de complicidades contra el olvido de un músico, y a favor del arte, y de la disciplina enfocada en que la luz siga comiendo un poquito más de sombra, es posible sostener la vigencia de uno de los propósitos más elementales de la aventura humana: perseverar.
Es entonces del todo oportuno reiterar los buenos deseos para que en este año nuevo, la vida fluya en nuestro favor, no obstante y a pesar de las circunstancias emergentes a las que nos enfrentamos de modo global. Es necesario y útil ser feliz a como dé lugar, y es arte un vínculo con la felicidad.
Y hablando del arte, del proceso creativo; quizá hablemos del sano ejercicio de la libertad de un pensamiento expansivo desde el espíritu y contra la nada y la muerte, o acaso un taller donde se aprende a quitar lo superfluo hasta alcanzar llegar a la esencia. Pero quizá no sea más que un lenguaje de códigos en floración, en beneficio del género humano y de camino a eso que cada quien entiende por felicidad.
Y si lo centramos en la música, es probablemente además de todo lo anterior, y de muchas otras ideas que puedan venirnos a la mente, una compañía que inicia con las primeras nanas que nos cantan en la cuna, hasta la última nota de la última melodía que habremos de escuchar, antes de volver a casa.
Yo recuerdo el clásico a la rurru nene… cantado por mi abuela o por mi madre pero no para mí, por supuesto, sino para mi hermana, María Rosa, quién fue tres años menor que yo, y por desgracia, más impaciente para partir antes que yo, hace nueve años.
También me he puesto a pensar que Gloria, mi madre, nos ponía a hacer las primeras tareas escolares junto a ella, mientras ensayaba algo. Me gustaba ver su habilidad para abrir y colocar el atril, para afinar su violín, y me intrigaba el grado de su concentración luego de haber comenzado; yo la veía fascinado.
Tal vez de una forma similar a la que llegué a ver en los ojos de don José F., el maestro Vásquez, tan importante en su época, mirando el ir y venir de su mujer.
Y fue uno de esos días en el que tuve una revelación tan poderosa que aún soy capaz de cerrar los ojos para recuperarla, sin importar que aquel golpe de conciencia, ese día, me hubiese impactado directamente en el vientre.
Les cuento.
Estaba yo tirado sobre la alfombra roja del estudio, boca abajo con uno de mis cuadernos que hoy apenas recuerdo, sin embargo, me es fácil evocar a esa mujer tan vital como fue mi madre; risueña y bromista, casi por disciplina, diría yo, en mitad de una de esas tardes de trabajo santo, como decía mi abuela. Y la recuerdo esa vez tocar el violín y anotar algo sobre el pautado, cuando en un momento, el ángulo inferior que yo tenía, me permitió ver ese callo en su cuello, tan común en los violinistas.
Me levanté y con cierto recelo para no hacerle daño, lo rocé con un dedo…
―¿No te duele, Mami?…
La visión de aquello sobre su piel me conmocionó, pues mi cabeza de acelerado, ya desde entonces, me había llevado a temer algo… No supe entonces qué, pero hoy lo recuerdo así. Como la primera vez en que me fue revelada la naturaleza humana y frágil de mi madre.
Y es que a esas alturas de la vida yo creía que mis padres o incluso todos los adultos que yo amaba, serían siempre eternos y así de fuertes como yo los veía. Jamás había pensado lo contrario hasta ese día.
La muerte sólo existía en mis libros de cuentos o en la tele, viendo a los buenos matar a los malos. Y como ella y todos mis queridos eran parte de los buenos, todo pintaba excelente.
Gloria reaccionó como de costumbre: con una carcajada…
Me dijo que no le dolía y que por el contrario estaba muy orgullosa de ese mi descubrimiento en su cuerpo.
―Cuando seas grande tú también tendrás las marcas de la vida; no es malo tener alguna cicatriz por tu trabajo, al contrario, y algunas veces no podrás verlas pero seguro que las vas a sentir.
Luego pregunté qué era una cicatriz, y luego qué cómo eran las que no se ven, y ya no recuerdo sus respuestas pero sí su risa y su consejo para continuar cada quien con su tarea.
Miré entonces los dedos con los que yo sostenía mi lápiz amarillo para hacer las tareas, y para mi sorpresa no había ni marca ni cicatriz, y eso me decepcionó. Yo quería ya desde entonces compartir algo así con ella, para poder sentirme orgulloso de algo.
Muy pronto, como ya les he contado, comencé a recibir las visitas del dolor que precede a la muerte dentro de mi familia.
Primero mi abuela; un año y medio después, mi padre, y tres años más tarde aquella mujer del callo en el cuello, a quien yo vi reír tantas veces y canturrear tantas otras, porque se veía tan fuerte, tan sana y tan orgullosa de su cicatriz, que no pude imaginar su vulnerabilidad.
Como todas las madres tenía razón, y yo fui descubriendo mis cicatrices una por una, y todas esas producto de mi trabajo, es verdad, me han llenado de orgullo.
De muchas otras asimismo necesarias, tengo resúmenes diversos pero siempre desde la comprensión de su utilidad lumínica y en favor del bienhacer de mi andadura, porque al final cada uno de nosotros no dejamos de ser un experimento que el tiempo termina por justipreciar.
Estoy seguro que aquél niño que fui, está conforme con este efecto en marcha, en plena y feliz abuelidad.
Porque envejecer es obligatorio pero crecer es opcional.
Y eso, creo yo, depende precisamente del efecto que causan en nosotros esas marcas y esas cicatrices, como respuesta de mucho de lo que fuimos, de lo que no fuimos, y de lo que no pudimos o no quisimos ser para llegar a ser, exacta y nada más esto que hoy somos, luego de haber ido trenzando el vivir desde la curiosidad o desde el miedo.
Yo agradezco en conciencia haber tenido a Gloria Torres por madre, y por haber sido el primer ejemplo de risa fácil y de curiosidad ante la vida.
Quizá ella presentía de alguna manera su brevedad en la aventura humana. Y que en poco menos de 43 años de vida, apenas tendría el tiempo justo para encaminar sus pasos hacia la felicidad, desde la gratitud y desde el orgullo por sus cicatrices.
A 56 años de su partida, la recuerdo con un corazón en gratitud permanente, y con toda la fuerza del único vínculo capaz de explicar la existencia humana: el amor.
Porque en palabras de Mithc Albon: «La muerte termina con una vida, no con una relación»
– Gloria Torres viuda de Vásquez – (22 de febrero de 1922 – 14 de enero de 1965)
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