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13 de enero de 2012
Como suele ocurrir en este camino a contracorriente de quienes creen y trabajan por el arte, hay músicos con determinado talante emprendedor y curioso que se atreven más allá de la programación por decreto y de la llamada zona de confort; músicos con iniciativa que cada vez que pueden enfocan su esfuerzo a la búsqueda de novedades entre sus antepasados. Toda una paradoja sin duda enriquecedora para su lenguaje profesional, que como una suerte de diálogo íntimo con las generaciones precedentes, refuerza su espíritu y les reafirma, pues tal parece que la aproximación a la raíz, como ocurre en el campo, refresca.
Eso es lo que yo sentí en aquel año de 1999, cuando escuché por primera vez el tempo allegro andante en la voz del maestro Ignacio Mariscal, mientras me planteaba las bondades de su proyecto de grabación, que había incluido dos partituras de mi padre: La Romanza para Violonchelo y piano No.2, y la No. 3. Era la primera vez que a alguien le había interesado la música de José F. Vásquez.
Por ese entonces, y después de más de 20 años de haberse extraviado toda su obra musical, yo me encontraba en pleno proceso de búsqueda de las partituras; entre el hallazgo infructuoso y la cita esperanzadora con alguien; en la mira de promesas huecas que estaban por aparecer, y el insomnio.
Así que aquel buen día en que me llamó Ignacio para pedir la autorización correspondiente, la emoción me fue ganando aún antes de la respuesta, hasta que finalmente el entusiasmo salió de mi boca en forma de afirmación, inmediata y feliz.
Se iba a grabar música de José F. Vásquez, ese señor que fue mi padre y que desapareció demasiado pronto de mi camino, dejando pendientes todas esas charlas que han de conjugar un padre con un hijo… Por eso vino a mi mente que nuestro diálogo íntimo acababa de tomar por asalto un territorio ignoto y muy hermoso, venido de una de esas partituras empolvadas que habría de ir rescatando a lo largo de los años.
Ignacio cumplía de ese modo un papel vital para mi ánimo de detective, y pasaría a ser dentro de nuestra pequeña historia familiar, como una llave que giró a tiempo para abrir la puerta, horadando así a ese silencio tan prolongado y tan inexplicable, en el que se hundió su obra, como si al morir él hubiera muerto también su música. Un extraño caso de la ley causa-efecto, que yo habría de desentrañar años después y por comparación, por su gran parecido a esa otra ley de causa-desafecto, que tan repetidamente sufren los méritos y el trabajo, frente a la condición caducifolia de la memoria humana.
Pero ¿por qué fue Ignacio Mariscal y no algún otro músico el primer curioso?
Porque bien pudo haber sido el segundo o el tercero; de hecho, tenía yo entonces la palabra de otro músico con la misma intención. Una palabra que por cierto nunca se hizo realidad, al menos hasta hoy.
Cuando el disco ha salido y el tiempo pasa, un buen día (otro), Ignacio y yo caemos en cuenta de algo invisible e inaudible dentro del disco, ese tipo de señales que conviene leer para respirar mejor; la magia, dirían otros, Jung les llamó sincronicidades y a mí me parecen ser parte de aquellas charlas que se nos quedaron pendientes a mi padre y a mí.
Y es que el primer músico que graba la música de José F. Vásquez, y el hijo del compositor, nacieron exactamente el mismo día, del mismo mes del mismo año.
Por eso creo que este CD contiene magia y ecos de los descubrimientos de Jung, un modo esperanzador de ver lo inexplicable de las sincronicidades dentro del quehacer humano.
Las nimiedades que nos emocionan y que nos maravillan.
Y así como esto, la búsqueda y recuperación de las partituras de José F. Vásquez, han sido marcadas por curiosidades similares o indicios hacia la charla imaginaria con mi padre, como yo les llamo, que he decidido revelar poco a poco, esperando que sean de alguna utilidad para los demás.
-JJVT-
