En la lupa

30 de enero de 2012

Hago uso de la lupa de mi visor de imágenes, rescatando así desde el mundo sepia del pasado, a un grupo de almas que una noche coincidieron en un concierto de José F. Vásquez, al frente de la Orquesta Sinfónica de la Universidad. Era el año de 1940 y la guerra en Europa se filtraba probablemente en alguno de los rostros eternizados aquí por el fotógrafo. No obstante el rictus, su melomanía y su curiosidad había ganado una tregua.Les contemplo uno a uno hasta donde la miopía lo permite y casi puedo percibir el preciso instante de la captura de la imagen en mitad de una nota del solista o de un acorde orquestal; para siempre se ha quedado ahí como un misterio para los ojos de nuestra modernidad, una emoción oculta. Una inquietud fantasmal impresa en el mundo bicolor del que venimos.

Los miro como a un mural, donde la mano sin batuta del director de la orquesta, tal vez había conseguido ya incorporar la respiración de cada uno de ellos al desarrollo de la obra; la música es capaz de absorber la energía humana para convertir el silencio interior en un sentimiento. Por eso al remirar me maravilla su simplicidad y su destino.

Qué fácil es hoy devolver todo aquel universo vivo y actuante desde el olvido.

Qué fácil es hoy olvidar la cantidad de pensamientos vueltos acción, y el encadenamiento secuencial de ellos a través de los años, para que la imagen de una orquesta universitaria fuera parte de la realidad, de su realidad de entonces. Apenas cuatro años antes, la inexistencia era el reto de un puñado de soñadores que quisieron crear un grupo orquestal formado de manera fundamental, con los jóvenes músicos egresados de las primeras generaciones de la Escuela Nacional de Música, también de la UNAM. Otro sueño recién conseguido, y también a contracorriente, por la Universidad Nacional Autónoma de México.

¿Cuántas cosas tuvieron que ocurrir para vencer las presiones oficiales adversas a la creación de una escuela de música y de una orquesta sinfónica dentro de la universidad?

Tal vez alguno de nuestros queridos fantasmas a la vista lo estaría pensando por un instante, mientras la melodía iba envolviendo su espíritu y hablando ya por su raza, gracias a la música; no lo sabemos. Es difícil averiguar el sentimiento humano de una ojeada, pero es más fácil contemplar los resultados del trabajo de ese espíritu colectivo de aquel entonces, que decidió abrir la puerta de la cultura musical a todos los estudiantes universitarios y preparatorianos de entonces de manera gratuita. Porque esta vieja fotografía es mucho más que un retrato en papel de un público y una orquesta, que no es lo mismo que una orquesta y su público.

Nuestra lupa de hoy es una consecuencia de la luz de la ciencia, es decir, de la inteligencia del bien y de un acto de voluntad humana. Es decir, de los efectos del trabajo de un espíritu colectivo encadenado a través de las voluntades que nos han precedido paso a paso, poco a poco, como siguiendo el compás de una melodía de todos y para todos.

Porque cada generación tiene una misión cultural que cumplir y que conviene no traicionar detrás del olvido, de la omisión, de la pereza o del desconocimiento, porque la realidad en derredor es un producto emanado desde este mundo bicolor que aquí podemos escudriñar, y para bien o para mal, si sabemos la importancia de la cultura dentro de cualquier colectivo social, lo natural es defender su desarrollo, comenzando por el reconocimiento de los orígenes, y del posterior refuerzo enfocado a la preservación y buen funcionamiento del capítulo que nos ha tocado vivir.

Y en eso creo. En la reivindicación como fundamento.

En el respeto como fuerza de trabajo.

En el rescate como tempo de un primer movimiento.

En la interpretación, edición, y grabación, de la obra de José F. Vásquez, como desencadenamiento contra la desmemoria.

De ese fantasma vestido de esmoquin de nuestra imagen, que algo nos indica con su mano; acaso pensando, deseando probablemente que ahora nosotros formemos parte de su orquesta, e interpretemos la partitura que él y otros pusieron en marcha para el orgullo de una universidad, creyendo que ahí, en el seno juvenil donde se cruzan los sueños y las melodías más queridas, hablaría mejor la raza a través del espíritu.

Si hay voluntad siempre hay camino, reza el refrán.

Porque todo es cuestión de un encadenamiento de acciones humanas guiadas por la simple curiosidad de saber lo que fue, cuándo fue y cómo fue.

Pero es también un bien de la memoria progresiva al servicio del arte.

Y la utilidad oculta que suele tener la generosidad.

-JJVT-


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