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21 de julio de 2013
Porque a mi manera siento estar dedicando años de mi vida a la memoria de uno de ellos; una tarea feliz sin duda, sin importar que a estas alturas de la historia del rescate de la obra de José F. Vásquez, los frutos hayan sido muy contados y demasiado pobres. Sin embargo, cuando la sed es mucha, bastan los primeros tragos de cualquier fuente para alimentar el optimismo, porque lo importante es tener el rumbo mientras se va moldeando el ritmo de tu paso.
Mi padre escribió una misa de difuntos que yo quizá no pueda escuchar pronto, pero que me suena en el pulso.
Y entonces pensé si habría más casos como este, y tal parece que sí los hay. En México hay un repertorio de misas de réquiem, también olvidado. Ya sea por ignorancia o por menosprecio, por falta de tino o porque quienes programan y deciden, prefieren ir, «sobre seguro» … Una expresión que he venido oyendo a lo largo de los años, como uno de los argumentos más sólidos para negar oportunidades al posible maridaje del público con sus autores, a través de obras desconocidas que quizá y contra la opinión de algunos, sean partituras de calidad y con el potencial mercantil que tanto les preocupa.
Algo que sólo se sabrá cuando sean incorporadas a los repertorios regulares. Y al decir regulares, pienso en las veces que asistí a un concierto septembrino si quería escuchar el Huapango de Moncayo, so pretexto del Mes Patrio, por citar un ejemplo aleatorio. Y pienso también en los estrenos mundiales de obras mexicanas, después de 50 o 100 años, como ha ocurrido con obras de Ricardo Castro o José Rolón que, hasta donde sé, no se han vuelto a tocar.
A mí siempre me ha preocupado el valor de la identidad, y quizá sea por mi condición de huérfano prematuro. Sin embargo, incorporo a esta inquietud el valor de la identidad cultural como punto de partida del desarrollo individual y colectivo, y lo veo como un impulso natural. Por eso creo que abunda el público curioso y ávido de reconocerse a través de su música, y en general del arte.
Es decir, hay mercado. Y al final será ese público quien decida en función de la calidad, y del «duende«, como decía Lorca, que pueda tener una partitura.
¿O será todo esto una impresión personal? Puede ser…
Puede estar siendo una influencia en mí la falta de respuesta a la hora de pedir oportunidades para la obra de José F. Vásquez. Aunque de cualquier modo, sería sano y hasta productivo acabar de comprender lo anterior con claridad y sin prejuicio, e incorporar a la música clásica mexicana al rango de industria cultural.
¿Alguna vez daremos ese paso y nos atreveremos a reconocer las obras mexicanas, desconocidas, como también nuestras?
¿O solamente asistiremos a su desempolve anual en septiembre, gracias a la comezón patriótica?
La realidad está ahí para ser modificada, si no, ¿para qué otra cosa está?
Eso creo.
A partir de ahí es preciso insistir hasta conseguir que la curiosidad actúe, porque cualquier cambio se fundamenta en una necesidad en acción contraria a una resistencia.
¿Se podrá escuchar el Réquiem de Vásquez, pronto?
¿Se llevará a cabo en alguna sala de conciertos en México?
¿O será que algún músico extranjero descubra de pronto que existe una misa de difuntos, mexicana, y la presente?
La Historia se reconfigura, a base de pequeñas historias antes veladas, y conforme la versión del amanuense oficial envejece, caduca o muere.
Y parece que las pequeñas historias están para, como la luz, comer sombra.
-JJVT-
La fotografía superior corresponde a la tumba de Gloria Torres viuda de Vásquez. Y se encuentra en el Panteón Francés de San Joaquín en la ciudad de México.
***José F. Vásquez escribió un Réquiem en la primavera de 1926. Esta misa de difuntos (completa) a cuatro voces, está dedicada por el autor . Vásquez emplea aquí, además del coro mixto, una orquesta pequeña -aunque con todas sus secciones- ideal para ejercitar la nueva concepción de austeridad que opera en las obras de su madurez temprana.
Esta obra se suma a un repertorio poco ejecutado, en el cual figuran obras de gran interés artístico:
Missa de difuntos (ca.1836) de José María Bustamante (1777-1861)
Missa de réquiem (1836) de Antonio Valle (1825-1876)
Misa de réquiem (1917) de Arnulfo Miramontes (1882-1960)
Gran misa de réquiem (1930) de Alfredo Carrasco (1875-1945)
***(Extracto del libro José F. Vásquez – «Una voz que a los oídos llega» de Gabriel Pareyón – Secretaría de Cultura del Edo. de Jalisco – 1996)