Un concierto de piano siempre interrumpido

4 de agosto de 2013

Desde sus primeras notas al nacer, parece ser que al Concierto No. 2 para piano y orquesta en do menor, le aguardaba un destino adverso, sin dejar de ser también curioso. Como si la intermitencia y los contratiempos le hubieran estado acechando por el camino desde entonces. Porque si ya dentro de la historia del archivo Vásquez, donde las calamidades han sido leitmotiv a lo largo de los años de extravío, búsqueda, localización y espera, lo que le ha ocurrido a esta obra puede ser considerada como la médula de la desventura.Les cuento.

Hacia 1922, y luego de que el estreno de su Primer concierto para piano y orquesta le valiera elogios de sus maestros, Carrillo, Campa o Meneses, mi padre decidió retomar el piano de nuevo en una forma concertante, para resolver numerosas inquietudes formales e instrumentales que conservaba como consecuencia de su primer concierto.

No obstante, al concluir este su Segundo concierto, bocetado mucho antes, a finales de 1920, a la edad de 24 años, consideró que era poco distinto de su antecedente inmediato, por lo que se abstuvo de darlo a conocer; en cambio trabajó en reformas parciales tanto en la orquestación como en la parte solista, durante los años siguientes, en especial a lo largo de la década de los treinta, hasta anunciar un trabajo definitivo, en 1943.

Cuando uno lee en la biografía de cualquier artista, lo sucedido en casos como el de este concierto, es fácil darle vueltas a la cabeza, en pos de respuesta a tal discontinuidad. En el caso de de mi padre, la explicación es diversa y cabe abordarla desde varios ángulos:

Uno, su afán perfeccionista como consecuencia de su presta evolución musical.

Dos, la multiplicidad de sus ideas y proyectos en proceso de realización, enfocados a iniciativas y acciones hacia una nueva realidad más promisoria para la cultura musical universitaria en México, y de acuerdo a sus sueños.

Tres, su creciente madurez como creador capaz de iniciar varias obras durante una misma temporada, y de ir avanzando en ellas hasta su culminación.

Cuatro, su innata pluralidad como individuo necesitado de fluir a la vez en sus diferentes roles; como compositor, como director, como docente y como un agente del cambio.

Durante ese largo periodo de tiempo, de poco más de veinte años, el Concierto No. 2 para piano y orquesta durmió en su cajón, acaso a la espera de una floración perfecta, mientras, du su autor se vio enfrascado en asuntos prioritarios; los más relevantes lo llevaron a encabezar tres de sus grandes objetivos:

La fundación en 1920 de la Escuela Libre de Música, desde la concepción de un plan de estudios moderno y diferente, hasta la dirección de toda la organización. La administración de la escuela recayó en las amorosas manos de mi tía Enedina, La tía Nina. Una figura clave para el sostenimiento y buen desarrollo de ese centro privado de estudios musicales; hoy quizá el más antiguo del país.

En 1929, don José F. encabezó la escisión de un grupo de maestros del Conservatorio con los que se fundaría, ese mismo año, la Escuela Nacional de Música de la UNAM, no obstante la oposición oficial.

Asimismo, planeó y realizó la fundación de su mayor proyecto: la Orquesta Sinfónica de la Universidad (hoy OFUNAM) en 1936, junto con el maestro catalán José Rocabruna, y gracias al apoyo decidido de don Salvador Azuela, a la sazón Jefe del Departamento de Acción Social―luego Difusión Cultural―, de la Universidad. Minimizada al máximo la escasez de fondos económicos disponibles, la puesta en marcha del proyecto fue todo un éxito.

Por otro lado, en la intimidad de su labor compositiva a lo largo de esos 23 años, sus más fructíferos por cierto, compuso más de cuarenta obras diferentes, entre las que se cuentan cuatro de sus óperas, Citlali, El rajáh, El mandarín, y El último sueño, dos poemas sinfónicos, uno de ellos titulado: Acuarelas de viaje, las Sinfonías No.3 y No.4, la Misa de Réquiem, cuatro de las seis series de 10 lieder cada una, sus Miniaturas y sus Estudios para piano, 5 series de sus Impresiones para piano solo, las Romanzas para piano y violonchelo 2 y 3, la Suite Romántica para instrumentos de arco, el Ave María para coro masculino, el Ballet azteca, La ofrenda, la Sinfonieta, y una buena parte de sus obras de cámara con diferentes dotaciones que incluyen partituras con arpa, violín, piano y violonchelo.

Toda una vida, que a fuerza de vida fue dejando atrás el nacimiento del Concierto No. 2 para piano y orquesta. Hasta que al fin un buen día vio la luz y fue estrenado en el Palacio de Bellas Artes en 1944, (aunque no tengo la fecha exacta) por el director y pianista español, José Iturbi como solista, y la Orquesta Sinfónica de la Universidad bajo la batuta del maestro José Rocabruna.

Como dato curioso y significativo de aquel año, sabemos que después de ocho años de actividad de la orquesta universitaria, en esa temporada de 1944, la entrada a los conciertos de la orquesta dejó de ser gratuito, pasando a costar dos pesos el boleto.

No obstante todo lo acontecido, la suerte adversa del concierto no cesó tras verse estrenado, sino que continuó, primero con un prolongado silencio desde entonces y después con una gran decepción.

69 años después, en el presente año de 2013, teniendo como escenario el magnífico Teatro de la Paz de la ciudad de San Luis Potosí en México, se volverían a escuchar las notas de este concierto, teniendo como solista de la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí, al maestro Rodolfo Ritter, bajo la batuta del maestro José Miramontes Zapata. Concierto que además se habría de grabar en vivo; incluido también en esa grabación, su Preludio para cuarteto de violonchelos (1919).

En ese momento de regocijo pensé que la voluntad humana es una cadena de acciones al servicio de la inteligencia, pues en tal punto así lo sentía con la inminente grabación de la música de mi padre. Sin embargo, la cadena se rompió, y una vez más dando la espalda a esta obra.

En la semana previa al evento, por parte de Rodolfo Ritter recibí la noticia de que el concierto y en consecuencia la grabación, se cancelaban o se posponían sin tener ninguna fecha nueva a la vista. La versión que recibí apunta a la tragicomedia pero así fue. Las autoridades del teatro recibieron la orden de cancelar toda actividad durante el fin de semana elegido para el concierto, porque el candidato al gobierno estatal del partido por tantos años oficial, celebraría ahí mismo y en la misma fecha, un mitin de cierre de campaña.

Reflexioné en las razones de la ruptura de la cadena de acciones, y así comprendí que en un país como México, todo empeño cultural está sujeto a la providencia y al mandato del absurdo.

Una vez más, el Segundo concierto para piano y orquesta de José F. Vásquez, se mantendría atado al silencio; y tras tantos años ahí, llegué a temer por su resurrección. De hecho, lo sigo sintiendo.

Quizá la explicación sea que la música clásica forma parte de un reino superior de la naturaleza, muy alejado de la brevedad humana, y que cuesta dos brevedades humanas o más, abrir una grieta en favor de su luz.

Y el tiempo no es oro; es vida.

-JJVT-

*(Parte de esta información ha sido tomada del libro: José F. Vásquez – «Una voz que a los oídos llega» de Gabriel Pareyón – Secretaría de Cultura del Edo. de Jalisco – 1996)

La fotografía superior corresponde al maestro José Iturbi, solista del estreno del Concierto No. 2 para piano y orquesta de José F. Vásquez.

La segunda fotografía muestra a la Orquesta Sinfónica de la Universidad, en su sede del Anfiteatro Bolívar, con el maestro José Rocabruna sobre el podio.

La tercera corresponde a la carátula de la partitura orquestal del Concierto No. 2 para piano y orquesta (1925) de José F. Vásquez


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