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6 de octubre de 2013
Ha sido apenas un primer paso que desde luego me satisface muchísimo, pues confirma la certeza de la ruta que emprendí a través de esta página contra el olvido, y confirma la importancia del trabajo artístico de mi padre. Y todo ha ocurrido el mismo día 4 de octubre, su cumpleaños. De tal forma, quizá estemos ante un gran regalo de cumpleaños; ojala.
Ojalá que esta vez la fuerza motriz de este proyecto no sea sólo un cúmulo de deseos y de acciones de un hijo acompañado de la complicidad de sus amigos, incluso de sus nuevos amigos aparecidos gracias a Internet. Sino la serie de procedimientos del Estado Mexicano a partir del convencimiento de preservar un archivo musical; una más de las células de nuestro cuerpo cultural como nación.
Confirmando así que el rescate y la preservación del patrimonio artístico es un deber de todos, de cara a las generaciones del futuro. Ojalá fuera yo más optimista. Lo sé. Pero me he dado cuenta de mi condición de pesimista bien informado .
De hecho estoy siendo un poco más que hace dos años, cuando mi padre cumplió 50 años de haber muerto, y con esa insignia me lancé a escribir y luego a llamar por teléfono de continente a continente, hasta que conseguí entablar comunicación con la administración anterior de CONACULTA, que luego de varias conversaciones no tuvo la atención de ofrecer alguna explicación al silencio absoluto venido tras la promesa de un gran homenaje nacional.
Visto lo visto, he caído en cuenta que mi pesimismo bien informado me ha empujado a ser mucho más esperanzado que a lo largo de los casi 20 años de antesalas y decepciones. Pero menos que en aquellos lejanos días en que fui recopilando partituras; algunas en un bazar de la Lagunilla, alguna en el garaje de un director muy famoso, alguna de manos de antiguos alumnos de mi padre o en el cuartito de una azotea poblada de trebejos. Hasta que pude localizar la gran mayoría de la obra, desclasificada y empolvándose entre anaqueles de dos bibliotecas.
En esos años me sentí muy optimista; demasiado. Quizá era la ingenuidad propia de la juventud o la simple felicidad de haber localizado las partituras… No lo sé. Hoy siento al optimismo hablarme de modo diferente, y es un diálogo que me anima porque el tiempo me ha retribuido el verdadero valor de su significado, en el momento en que de modo fortuito recuperé esta fotografía de mi padre, donde como se ve, su aspecto es de todo un hombre optimista en el centro de su entorno.
Con lo que no contó él y que jamás pudo imaginar su optimismo, es con la información de pesimista que yo he ido apilando desde su primera muerte; la física. Porque con la segunda me encuentro en disputa.
Porque mientras dure esta segunda muerte de José F. Vásquez, causada por un tipo extraño de olvido institucional, el optimismo solo tiene cabida cuando los hechos se presenten, ya visibles, en el umbral, y no antes.
Y es que la orfandad me fue enseñando a no coquetear con la esperanza sino a trabajar cada día por ella como una disciplina, y en eso me mantengo.
Y la reaparición de esta foto donde mi padre sonríe, me ha demostrado sin mucha explicación, la fidelidad de la ley causa-efecto cuando la esperanza es motriz y alcanza maridaje con el significado de esa palabra que tanto me gusta: Ojalá.
-JJVT-
En la fotografía superior captada aproximadamente en 1955, aparece José F. Vásquez.