Las mujeres de la familia Vásquez

19 de octubre de 2013

La hermana mayor de mi padre, Enedina, quien vive en mi recuerdo como la Tía Nina, fue una de las piezas clave en la vida de su hermano menor, José Francisco, mi padre. Gracias a ella él pudo dedicar las horas suficientes al estudio de la música, y luego consagrar toda su vida a ella, bien como director o gestor cultural, bien como compositor o docente.Vaya con estas líneas, un pequeño reconocimiento a María Enedina Vásquez Cano, uno de esos personajes que, velados detrás de la historia de un músico podrían aparentar poca importancia, y entonces permanecer relegados como un dato marginal. Sin embargo, en el caso de mis antepasados, su papel es clave fundamental para comprender el universo musical de mi padre, desde su niñez.

Todo comenzó en 1901, cuando mis abuelos, Gabino y Bárbara, decidieron abandonar Guadalajara en busca de un mejor futuro en la capital. Emprendieron el viaje pensando en sus tres hijos: Jesús, María Enedina y José Francisco. En aquel nuevo destino, al menor de la familia, que por entonces tenía solo cinco años, le aguardaba un piano como el inicio de un futuro luminoso.

*** La hermana mayor, Enedina, pudo ingresar al Conservatorio Nacional de Música al poco tiempo de residir en la capital del país; sus estudios de piano, realizados bajo la guía de su madre, habían sido lo suficientemente efectivos como para ubicarla en un nivel avanzado dentro del plantel oficial, entonces dirigido por el violinista José Rivas Mercado. Habría de recibir instrucción por parte de César del Castillo y Julián Carrillo, en materias de piano y armonía, respectivamente. Graduada como pianista concertista, su carrera se vio limitada al cuidado de su hermano menor, luego de la repentina muerte de la madre, acaecida hacia 1908. María Enedina inició al pequeño José Francisco en lectura musical y en ejecución de piano, estudios que alternaba con los de la instrucción primaria, cursada entre 1902 y 1908. La pasión del hermano por el teclado derivó en una dedicación excesiva al instrumento; el padre decidió, en el invierno de 1906, vender el piano de casa para tratar de alejar a José Francisco del arte. Al respecto el musicólogo e historiador Gabriel Saldívar es elocuente: «Aficionado a la música desde pequeño, sus padres tuvieron que vender el piano en que estudiaba con ahínco horas y horas diariamente, con la pretensión de desviarlo de estas aficiones y hacerlo que siguiera una carrera de las llamadas liberales».

En la historia de la familia Vásquez, las mujeres han sido las visionarias, representando con sus iniciativas el pensamiento más lumínico, y en el caso de la tía Nina, salvando para la música, a un músico.

Algo que parece y debiera ser simple. Igual que salvar un biólogo para la biología o a un astrónomo para que interprete los misterios del firmamento que, dicen algunos, es capaz de reseñar el destino. Y acaso en alguna de esas estrellas, el entonces pequeño José F., alcanzó a ver el suyo, gracias a su empeño pero también a la guía y a la amorosa dedicación de su hermana mayor. Una paradoja, quizá. Ya que por un lado se perdió a una concertista y a cambio se ganó a un compositor que hoy da origen a esta página levantada contra su olvido.

Una vez más en la historia del arte, una mujer que sacrifica su futuro en aras del porvenir de un miembro de su familia; de ahí que nunca sabremos lo que pudo ser y hacer María Enedina Vásquez Cano en el mundo de los pautados, y de algún modo es lamentable.

Como suele ocurrir dentro de una familia, la influencia de una hermano puede modificar toda la historia hacia el futuro del otro, porque en el fondo de los hechos, en su origen, todo depende de un sí o de un no. Y en mi caso, la rectificación del rumbo enfocado hacia el rescate de la obra musical de nuestro padre, vino a resurgir, tristemente, cuando a mi hermana le quedaban unas semanas de vida.

Les cuento.

Hace poco más de un año, a fines de febrero de 2012, viaje con urgencia a la ciudad Roma, donde hacía más de 30 años que María Rosa, mi única hermana, vivía.

La encontré ya ingresada en una clínica de cuidados paliativos donde me esperaba impaciente. Y desde el primer día me preguntó por los avances en mi lucha contra el olvido de nuestro padre y de su obra musical.

Durante esas últimas semanas de su vida, en aquella clínica para enfermos terminales de cáncer, tuvimos muchísimas horas para repasar esta maravillosa aventura vital, en la que ella con frecuencia resaltó pasajes vividos en común, en la «dorada infancia», como ella le llamaba a la primera década de nuestras vidas, compartida en su brevedad y en su riqueza, desde nuestros ojos de los niños felices que por entonces fuimos dentro de una familia alejada de la ortodoxia, y extraordinaria, en la que una orquesta se convirtió en tema, recurso, visita habitual, y motivo de nuestros juegos, pero sobre todo, de orgullo.

Después vinieron la orfandad y el caos; y luego un túnel de oscuridades que hoy parece demasiado breve. Un después en que la vida nos dio más proximidad, a cambio de la distancia geográfica que desde entonces nos separó.

Antes de irse, y viendo que yo daba signos de rendición ante el olvido de don José, F., María Rosa me hizo prometer seguir en la lucha y no rendirme, porque debía aprovechar mi oficio y reescribir la historia de una familia desaparecida en tan solo diez años. Primero por ausencia; después, detrás de una bruma muy gruesa y en apariencia demasiado tenaz, tejida a partir del olvido: la familia Vásquez Torres. El primer apellido escrito así, con s y z, porque a través de la rebambaramba de los años, no ha faltado ocasión en la que perdimos hasta su correcta escritura, y es que ya sea por error o por costumbre, la pérdida de la s y de la z, parecía haber sido parte del expolio sufrido cuando todos los adultos de aquella casa, desaparecieron.

Y esto nos divertía, igual que un sinnúmero de anécdotas propias de nuestra fraternidad siempre interrumpida a fuerza de vida, y que allí, entre las paredes de una «casa de reposo» decorada en grises y en añiles de suelos y paredes donde la obra de Botero paliaba un poco la monotonía y la decadencia en derredor, estaba a punto de concluir de modo irremediable.

Fue ahí donde fui capaz de descubrir que ninguno de los personajes del pintor colombiano es capaz de sonreír. Y hasta esos días supe por qué. Y aún hoy lo siento en la garganta.

Nosotros, los hermanos de la s y de la z en el apellido paterno, sí pudimos sonreír ahí, y hacerlo muchas veces, haciendo planes e imaginando un final feliz para la música de nuestro padre. María Rosa me había convencido a proseguir y a transmitir todo lo ocurrido.

Por eso hoy me es necesario decirlo aquí, porque sin su insistencia quizá este sitio virtual no existiría, y acaso la totalidad el corpus musical de nuestro padre continuaría agonizando entre telarañas y humedad.

Este día, yo quisiera poner aquí una foto de la tía Nina, o de María Rosa, quien hubiese cumplido años, pero no es posible. De la tía no existe ninguna en mi poder, y de mi hermana todavía no me atrevo a hacerlo.

Hoy prefiero que sea la imagen de mis acompañantes de aquellos días y aquellas noches tan largas en la casa de reposo, quienes alrededor de su pianista y con sus miradas muertas, aparezcan en este sitio, donde la sonrisa, no obstante el tono y el tempo de Botero, fluye hacia la luz.

Gracias, Tía Nina. Gracias, María Rosa. Las llevaremos siempre en el corazón y en cada una de las notas musicales que se vayan recuperando, escritas hace un olvido, por el niño menor de la familia Vásquez Cano.

-JJVT-

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*** (Extracto del libro José F. Vásquez – «Una voz que a los oídos llega» de Gabriel Pareyón – Secretaría de Cultura del Edo. de Jalisco – 1996)

La orquesta (1991) – Fernando Botero.


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