La afinación de los presagios

8 de diciembre de 2013.
Es en los periódicos donde parece que el mundo se retrata cada día. Y son nuestras vivencias reflejadas ahí lo que va escribiendo la Historia, a base de sumar pequeñas historias individuales con apenas cara, con nombres contradictoriamente anónimos, con apellidos fácilmente olvidables, y con las nimias hazañas y desgracias, entre las que se hace la andadura cotidiana, desde un territorio tras bambalinas; casi siempre invisible para esos mismos periódicos. El de la vida común a ras de suelo y sin héroes.
Sin embargo, cuando niños fabricamos esos héroes, y los vamos puliendo con el tiempo; los protegemos con el deseo de preservar alguna de sus acciones en el núcleo de nuestra fuerza motriz. Y de manera irrefutable, ese es mi caso.
Ese señor que ustedes han ido conociendo gracias a esta página contra su olvido, me dejó capítulos memorables abajo del podio, lejos del piano o de las partituras, de entre los cuales, hoy se me ocurre compartir uno, quizá por la influencia de la partida de uno de esos héroes, antes villanos, que acaba de irse: Nelson Mandela.Por fortuna su cambio de rol se ha precipitado a base de pequeñas historias que ya hoy forman parte de la Historia, muy a pesar de quienes hasta hace no mucho lo consideraron un peligro para el sistema, o de quienes hoy dicen lamentar su muerte, mientras actúan exactamente al contrario que él. Y esto es algo que toda la vida he intentado evitar, desde aquel día…

Si bien no puedo precisar la fecha, sé que corría la temporada de 1958 de la OSU en un día de ensayo en el Anfiteatro Bolívar, adonde mi padre acudía casi a diario a trabajar desde el podio o desde su oficina, y yo, de vez en cuando, a babosear los murales, a espiar desde las ventanas, a vagar entre las butacas o a incomodar a los músicos, tarareando lo que ellos iban a tocar.

Aquella mañana mi atención se fijó un momento al oír a mi padre dando indicaciones a la orquesta; se ensayaba un tríptico sinfónico de su autoría y de pronto alcancé a escuchar una palabra desconocida para mí: Presagios… Siempre fui curioso y sigo siéndolo, así que agucé la oreja para seguir aquello pero no pude, mi ubicación en las últimas filas del anfiteatro me obligaron a quedarme con la duda.

Pasaron muchos años para que yo comprendiera que el ensayo había sido de Acuarelas de viaje, (1928) y que la primera de esas acuarelas fue titulada por mi padre con esa palabra rara que yo conocí aquella mañana en el Anfiteatro Bolívar, con un significado que me fue revelado por mi padre mientras salíamos del recinto, pasábamos por su oficina un momento, y conforme nos fuimos encaminando hacia el cumplimiento de una promesa…

-Presagio es como un hormigueo en la panza…. -Y para qué sirve?… -Te avisa, pero no siempre lo entiendes… -¿Y por qué?… Por tarugo…

Yo salí pensativo con eso de, tarugo , una palabrita que hacía poco había conocido. Iba de su mano al tiempo que nos despedíamos de músicos de la orquesta o de personas que yo no conocía; cruzamos la calle hacia la promesa: la muy célebre tortería de enfrente, la favorita de la tropa filarmónica, donde convergían los comentarios del ensayo entre mordidas de torta y tragos de jugo.

Pero la irrupción del maestro Vásquez, (supongo) hacía girar un poco las charlas… Ya saben… Y ese día, por alguna razón que no recuerdo, mi madre no había estado en su atril lo que propició nuestra fuga para comer a deshoras.

En mitad de aquel ambiente, de improviso hubo gritos, insultos y voces afuera a media calle; yo acaba de aprender más palabras nuevas… Dos tipos peleaban y mi adrenalina infantil se disparó al ver ese espectáculo tan terrible, donde en cuestión de segundos, uno de los dos rivales pateaba al otro que ya indefenso, derribado y hecho un ovillo de sangre, rodaba inerme. El tránsito se detuvo, la gente rodeó aquella escena enmarcada de mudos, como yo. De pronto mi padre se quitó los lentes y se interpuso entre los dos hombres; él no era alto ni fuerte, tampoco un guardián de la ley, y su autoridad, obviamente, terminaba en la orquesta. Al principio nadie más lo siguió, pero de algún modo se las arregló para detener aquella pelea tan desigual con la ayuda de más gente.

Más tarde, mientras íbamos en el coche lo miré, y ante la insistencia de mis ojos por el espejo retrovisor me guiñó el ojo. Y mentiría si dijera que recuerdo toda nuestra conversación. Pero hubo algo que nunca se me olvidó: -No se debe dejar que un fuerte le pegue a un débil, ¿eh?… Eso se llama injusticia, y es como una enfermedad…-me dijo. Tenía una pequeña protuberancia en el pómulo, y en sus ojos, más luz. Entonces ese niño que fui sintió algo raro en el vientre, un presagio quizá, e hizo un registro mental enfocado hasta el día de hoy.

Lo que yo no podía saber en aquellos momentos, es que José F. Vásquez había tenido ya, mucho antes de que yo naciera, encuentros contra la injusticia, como aquel, en 1917, cuando su rabiosa intervención impidió que los restos de Ernesto Elorduy se enterraran en la fosa común del Cementerio del Tepeyac. Su movilización ante las autoridades con el apoyo de sus amigos con influencia, logró salvar esa situación tan indigna de un compositor como Elorduy. Mi padre tenía entonces 21 años.

También se sabe que como resultado de una iniciativa suya, fue colocada una placa conmemorativa en la casa de la calle de Héroes, en la ciudad de México, lugar donde murió Ricardo Castro.

Pero todo eso yo lo ignoraba en aquel día, y tuvieron que nacer y morir un sinnúmero de eventos y circunstancias, detrás de mi afanosa persecución de rastros de información paterna, para que yo pudiera corroborar esa necesidad que él tuvo, de interponerse cuando un débil parecía estar perdido; como esa vez a media calle.

Había sido pues un día fértil de lingüística aplicada, pese a que el aprendizaje semántico habría de correr a cargo de la edad y de los años de investigación enfocada en obras de mi padre, como las Acuarelas de viaje, partitura escrita en Guatemala durante una gira de su compañía de ópera mexicana, tras sufrir una gran decepción; acaso después de un mal presagio… Al final la lección quedó plasmada en el papel pautado: crear contra y a pesar de…

Y en efecto, situado ya en la feliz abuelidad hoy sigo pensando como mi padre.

Que hay enfermedades crónicas contra las que uno no se puede resignar como la injusticia, Que asimismo es ventajoso hacer caso a los avisos cuerpo adentro con nombre de presagio. Y que de las pequeñas historias anónimas e inexistentes en los periódicos, también se nutre la sustancia de la Historia, donde no siempre están todos quienes la han edificado.

Pero más que otra cosa, aprendí que la creación debe ser imbatible.

A lo mejor todo esto es una cuestión de afinación entre la mente y el corazón, y que entonces los hechos futuros estén sujetos al momento en que cada quien descubra su oboe personal, y afine su orquesta desde el espíritu, anticipando con ello un gran concierto.

-JJVT-

Las primeras dos imágenes presentan la fachada principal del Antiguo Colegio de San Ildefonso, ayer y hoy. Las dos siguientes muestran el interior del Anfiteatro Bolívar, ayer y hoy.


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