Una amistad entre círculos

11 de enero de 2014

Hemos creado frases redundantes, quizá para encontrar menos dudas o para de algún modo consumar su disimulo. «Un amigo verdadero», es una de ellas, creo yo. Porque el adjetivo, sobra. Y este es uno de los valores que mi padre me ha enseñando, conforme he ido, no sólo recordando, sino también descubriendo su vida; los hechos que sumados lo retratan con claridad. Les cuento…Tener una amigo durante 21 años, no es fácil. Tener un amigo y un aliado (que no es lo mismo), es aún más difícil. Tener un amigo, que sea tu aliado, y además, tu compañero de trabajo, ya puede catalogarse casi como una excepción. Porque hemos y estamos viviendo dentro de un sistema que se basa en una premisa muy simple: O tú o yo.

Así que tener un amigo, aliado, compañero de trabajo, confidente y guardián, es un milagro de la disciplina amorosa basada en el respeto, en la generosidad, y en la madurez de dos seres que, luego de haberse encontrado, deciden defender ese vínculo, y hacerlo de cualquier manera y ante todo. Incluyendo los propios vicios de carácter.

Todo un círculo virtuoso que se abre pero que no siempre se cierra de igual manera.

Esto me viene a la mente cada vez que pienso en el lazo que unió a mi padre, con el Maestro José Rocabruna y Valdivieso (Barcelona, 1879 -México, D.F., 1957). Quien junto con él fue fundador y también director de la hoy OFUNAM, desde 1936 hasta su muerte. Aunque conviene señalar que la amistad entre ellos inició años antes, desde los años del Conservatorio, donde ambos impartían sus cátedras. Así que nuestra cuenta de 21 años de amistad, antes establecida, no es completa pero si aclaratoria.

Pero, ¿Quién fue Josep Rocabruna i Valdivieso?

Tras recibir las primeras nociones de música en la Escolanía de la Merced de Barcelona, estudió en el Conservatorio del Liceu con Domingo Sánchez y Deyà . Enseñó violín en el mismo Conservatorio del liceo (1895) y formó parte de la Orquesta del Liceu como concertino de violín y, en 1897, formó parte del Cuarteto Crickboom, junto con Pau Casals al violonchelo, Mathieu Crickboom y Rafael Gálvez a la viola. Poco después, en 1901, fue de gira en América con el conjunto musical Octeto Español, y Rocabruna actuó y triunfó como concertino en el Metropolitan Opera House de Nueva York.

Al año siguiente el octeto se traslada a México, donde hizo varias actuaciones, pero tres de los músicos decidieron establecerse en el país: Rocabruna, el pianista Joan Roure y el violonchelista Guillermo Ferrer. Posteriormente, con el también catalán Lluís G. Jordán, fundó el Quinteto Jordán-Rocabruna.

Entre sus discípulos más ilustres, se cuentan los futuros músicos Daniel Ayala, Federico Baena, Benjamín Cuervo, Luis Meneses, Armando Montiel, Salvador Pérez Márquez, Silvestre Revueltas, Arturo Romero, Luis Sandi, Ezequiel Sierra, Lauro Urangas, y Gloria Torres, mi madre. Y acaso el maestro Rocabruna haya sido el instrumento del destino para que quien escribe esto, exista, ya que gracias a una iniciativa suya, Gloria Torres, por entonces una jovencísima alumna suya de 18 años, haya sido llevada en el año de 1940, a la entonces también joven Orquesta de la Universidad, donde se incorporó a la sección de violines segundos. Y como se dice: lo demás es historia… Una historia iniciada entre atriles y murales de Diego Rivera en el Anfiteatro Bolívar. Una sede que curiosamente cerró su círculo con el homenaje que ella como su viuda, le organizó con el apoyo de los músicos de la orquesta que en esa noche llevó el nombre del desaparecido José F. Vásquez, en diciembre de 1962; a un año de su muerte, y en el que brillaron por su ausencia las entonces autoridades universitarias.

Hace años, desde que me vine a residir a Cataluña, tenía la inquietud de conocer la Casa Museo de Pau Casals, en su pueblo natal, El Vendrell, situado a media hora de la ciudad donde yo vivo. Hoy ese magnífico lugar es una visita obligada, cada vez que tengo como invitado a alguno de mis amigos músicos. Y en cada ocasión y con especial atención, guardo un instante más largo de silencio y reflexión, frente al retrato donde a un lado del genio violonchelista, aparece el maestro don Josep Rocabruna. A quien le digo, siempre en voz baja: – Des del meu cor, moltes gràcies, mestre Rocabruna. Moltes gràcies… por lo que me toca. Y porque no deja de ser curioso que yo esté en su tierra, y que él descanse para siempre en la mía. Seguramente yo cerraré este otro círculo acá, cuando sea el momento.

Pero más le agradezco haber sido un ejemplo de amistad y de fidelidad junto con mi padre. Un buen ejemplo de círculo virtuoso. Porque debe haber en el mundo alguna orquesta sinfónica donde dos directores hayan permanecido juntos trabajando por ella, durante 21 años, pero yo no la conozco.

Por el contrario, me vienen a la mente innumerables rostros que creo yo, serían absolutamente incapaces de compartir una oficina, menos aún, el podio, anteponiendo con ello el objetivo mutuo, la misión profesional, y la amistad, sobre las patologías del ego.

Porque es muy agradable ser importante, pero es más importante ser agradable; algo nada fácil para algunos cuando visten de esmoquin frente a una orquesta.

Yo confío en que en algún lugar exista el mismo ejemplo, que así haya sido o esté siendo, porque la amistad es una disciplina amorosa capaz de sobrevivir a todo, y los Josés, Rocabruna y Vásquez, nos han dejado un magnífico ejemplo.

De ahí que yo insista en que: Amigo verdadero, sea una expresión redundante. Y la redundancia, un buen motivo de reflexión.

-JJVT-

La imagen a la izquierda nos presenta a un joven Josep Rocabruna, con su violín, en los años previos a su vida en México.

La segunda corresponde al anuncio que la Dirección General de Difusión Cultural de la Universidad, hizo de la Temporada de Conciertos de 1948, encabezada por sus directores titulares, José Rocabruna y José F. Vásquez; la última nos muestra al maestro Rocabruna en el podio de la OSU, durante un concierto al aire libre en Ciudad Universitaria.


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