Call us now:

25 de enero de 2014
Aquí reproduzco su respuesta dentro de una entrevista recopilada en su tesis por la maestra Rosa María Partida, al ser preguntado por las diferentes facetas de su vida como hombre de la música:
*****… «La actividad docente es una de las más nobles que puede ejercer un músico al volcar en los jóvenes, la experiencia que haya sabido acumular.
Nuestros sistemas de enseñanza hacen de ésta una labor ardua y estéril. El ideal verdadero maestro será convivir con sus disciplinas y vigilar su trabajo.
En la cruda realidad, el maestro se ajusta a un horario estricto para presenciar los esfuerzos de unos pocos dotados para el estudio de la música, obstaculizados por el lastre que forman los estudiantes sin vocación y sin interés, que sólo asisten a los cursos para cumplir con un programa. La falta de selección en la etapa inicial de sus estudios es la razón de tal estado, tan deficiente.
No puede existir un músico completo, si no es capaz de comprender los mensajes de otros aspectos del arte, puesto que todas las expresiones artísticas están profundamente vinculadas, cualesquiera que sean sus medios de comunicación.
Mi consejo a los jóvenes estudiantes de música es que cualquiera que sea su circunstancia personal y las dificultades que encuentre durante su carrera, en lugar de desanimarles, les sirvan de nuevo acicate para perseverar y llegar a la meta propuesta; pues no hay empresa vital que llegue a triunfar, si no es a través de sufrimientos y obstáculos en la vía de la superación»…
Los testimonios recopilados entre sus antiguos alumnos, definen los puntos más visibles de su personalidad en el aula, y de sus aportaciones a la enseñanza de la música en aquellos años.
En Palabras de la soprano Victoria Zúñiga: El maestro Vásquez era un excelente pedagogo, poseedor de un sistema único, exclusivo y muy propio, que proporcionó a sus alumnos las raíces para llegar a ser grandes solfistas en toda la extensión de la palabra, tanto en la música selecta como en la música popular, pues a él acudían en busca de sus sabios consejos y enseñanzas, músicos de todos los géneros.
Dentro de su clase era de lo más exigente, no admitía indisciplinas de ninguna especie. Sus alumnos le consideraban temible, pero fuera de las aulas era un gran amigo.
Y fue entonces que yo recordé con nitidez mis clases de piano, sentado ahí, en el viejo Rosenkranz que había pertenecido a mis abuelos maternos, intentando dar bien la clase frente al riguroso maestro que con su habano en la boca me miraba fijamente, haciendo correcciones con una severidad que yo desconocía en el padre cariñoso de siempre. Era como vivir una transformación sometida a la supremacía de su devoción por la música. Por eso yo prefería que antes de mi clase fuera mi hermana menor, María Rosa, quien diera la suya, porque ella era su niña consentida, y el gran final de cada una de sus clases marcaba en la partitura, una breve dosis de mimos y arrumacos que yo de alguna forma aprovechaba para heredar un maestro un poco más benévolo con mis errores.
Por aquellos años, José F. Vásquez daba clase en su Escuela Libre de Música, en la Escuela Nacional de Música, y en el Conservatorio Nacional de Música, en todas ellas impartía las cátedras de, Contrapunto, Solfeo, Armonía y sus clases eran muy solicitadas, pero además, se daba tiempo para que dos veces por semana, sus hijos de 5 y 8 años, recibieran clase de piano y de solfeo.
Me viene a la mente la opinión del maestro Luis Herrera de la Fuente quien formó parte de la orquesta de la Universidad por varios años, y antes, de la Compañía Mexicana de Ópera ( Compañía de Ópera Mexicana S. C. L., Pro Arte Nacional) fundada por mi padre, Un alumno que por tanto convivió con mi padre en la trinchera del día a día. Una descripción vertida como parte de una entrevista concedida a Gabriel Pareyón, y que ilustra el tren de vida de José F. Vásquez, y al que me refiero desde el enfoque del niño que fui en los momentos de ser su alumno.
*** Si me pidieran dar una rápida descripción del maestro Vásquez, diría que era un hombre muy ocupado. Me daba la impresión de que estaba siempre de prisa: Llegaba a la orquesta, a la escuela, a la radio, y despachaba sus asuntos de inmediato y salía pronto para continuar sus actividades. Es una cosa que siempre me llamó la atención, y ahora que se da el momento, me viene a la memoria inevitablemente.
No recuerdo-por ejemplo- sesiones largas de conversación con él, sino que siempre daba la apariencia de dirigirse a resolver el asunto que tocaba, sin reparar en aspectos secundarios. Iba a lo que iba. Si llegaba a dar una clase teórica, era el momento de la clase teórica; si debía tratar un asunto de administración, trataba de administración… en fin. De las clases que a mí me dio, yo recuerdo una cátedra estrictamente académica. Nunca platicamos sobre rumbos de la música o inclinaciones escolásticas. La parte académica era muy concienzuda. Él tenía su música muy bien fundamentada y aprendida en la escuela clásica.
Así fueron las horas de los años del Beyer y del Hanon, con un tempo presto pero allegro, en los que mi padre sembró una semilla que yo habría de asimilar poco a poco y a fuerza de vida, no obstante su pronta ausencia. Un conocimiento que luego transporté a mis aulas, en las que por igual me aboqué a transmitir los valores de mayor utilidad basados en la disciplina: Entrega dentro del aula, y Amistad fuera de ella. Y hoy, a tantos años de distancia de aquella mi feliz época como docente, gozo de sus gratos efectos en ambos sentidos.
Cada nota tiene un lugar, una misión y una muerte dentro de la partitura. Una lección indispensable de solfeo, venida de los maestros que jamás se olvidan; esos que entreabren la puerta hacia uno mismo y hacia el conocimiento. Porque en el fondo solo hay dos formas de ver la vida, con miedo o con curiosidad.
-JJVT-
Howard Hendricks: «La enseñanza que deja huella, no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino la que se hace de corazón a corazón»
***** La maestra Rosa María Partida presentó su tesis profesional para obtener su título de Maestra de canto, en la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara, en el año de 1980, con el título: José Francisco Vásquez Cano (El músico olvidado)
*** El maestro Luis Herrera de la Fuente fue entrevistado por Gabriel Pareyón durante la investigación previa a la publicación de su libro: José F. Vásquez, «Una voz que a los oídos llega» – Secretaría de Cultura Gobierno de Jalisco – 1986.
La última foto corresponde a la fachada del Conservatorio Nacional de Música, aproximadamente en los años 50.


