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2 de febrero de 2014
Sin embargo, y con la venia de los aborígenes australianos, yo agrego: buscar… entre los verbos enlistados en su idea original, para ser conjugados. Verán…
Primero de niños buscamos abrigo y alimento, y jugar a que nuestro juego es el más importante del universo, el mejor y el más entretenido, aunque tal éxtasis no dure más allá de un rato. Más delante inicia la búsqueda exponencial enfocada en hallar la respuesta a todo lo que se ocupa de nuestros sentidos, y es en la voz de nuestros padres donde aparecen las primeras respuestas; esas que creemos útiles porque perfilan la ubicación del espacio que ocupamos.
Así seguimos buscando y rebuscando, porque al hacerlo es probable que algo encontremos, y que al mismo tiempo, que nos encontremos a nosotros mismos, porque con los años fui aprendiendo que la búsqueda inicia y culmina en nosotros mismos. Y de alguna manera, este es mi caso. Les cuento…
Hacía un par de años que yo buscaba las partituras extraviadas de mi padre, piezas faltantes de mi rompecabezas. Y en tal empeño, un día fui a dar al mercado de la Lagunilla de la ciudad de México. Uno de esos mercados típicos y tradicionales como los hay por todo el mundo, en donde entran y salen las mercancía más inusitadas.
Son espacios consagrados de generación en generación, al depósito transitorio de bienes, objetos y reliquias o cachivaches nimios, conectados con la andadura humana. De ahí que la sobrevivencia de un desecho no tenga explicación hasta transcurrida la espera que acaba por convertirlo en un premio para alguien. Por ende, su historia forma parte del azar ligado a la tragicomedia humana y su curso natural debe seguir de mano en mano, porque tienen un relato previo con su familia anterior, y ni siquiera tienen que cambiar de apellido para continuar vivos. Solamente necesitan a un buscador afortunado y a la matemática de la causalidad.
Todo ocurrió cuando un querido amigo me alertó de que en uno de los tantos bazares característicos de ese inmenso mercado, podría haber alguna obra de mi padre, dentro de un archivo musical de un lote de mercancías llegado ahí, quién sabe cómo, quién sabe cuándo, y llevado quién sabe por quién.
Un sábado temprano me apersoné en ese lugar siguiendo una pista como las tantas que tantas veces antes había explorado, urgido a comprobar el rastro con una nueva respuesta. Todo esto formó parte de una larga dinámica detectivesca ingrata las más de las veces, por la plaga de decepciones y huellas falsas que aparecen de pronto como un espejismo. A contramano debo decir que hubo días de hallazgos muy felices; los menos pero con la suficiencia del amor de por medio. Porque es difícil describir la emoción del hallazgo de lo tuyo detrás de vericuetos; tanto que quizá merecería un vocablo aparte.
Sin duda una forma muy curiosa de recuperar tu herencia.
Todavía me veo allí, entrando a ese lugar mal iluminado y de pasillos angostos, atestado de muebles, discos, juguetes, libros y leyendas en potencia; un foco de olores antiguos y humedad, de mercancías polvosas atiborradas y en desorden. En cuanto pregunté por partituras, el encargado me señaló un rincón al fondo en el que se veían montones de papeles apilados entre telarañas y mugre. Me sorprendió su cantidad y el desafecto que los había condenado a tal purgatorio. Dentro de aquellos montículos me puse a buscar, partitura por partitura, hoja por hoja, moviendo cada uno de los montones, y al hacerlo sentía tristeza por su abandono al que también yo me unía. Hasta que debajo de un juego de partituras orquestales en apariencia completas, apareció la letra de mi padre y leí su lema: Crear-amar.
De nuevo se precipitó mi mudez. Un tipo de mareo con pasmo placentero y sed; pero estaba solo, y es en esas circunstancias cuando se aprende el valor que tiene un abrazo.
El día se había salvado. Yo tenía en mis manos los estudios para piano No. 4 y No. 5, datados en 1929, de José F. Vásquez.
Lo curioso de aquel día, 7 de septiembre de 1991, como todo lo que rodea esta investigación, es que me vi obligado a comprar no sólo las obras de mi padre, sino también el resto del lote con todo y particellas, porque solo así estaba a la venta.
De pronto Enesco y su rapsodia rumana, Mozart y su Sinfonía Praga, Haydn y su Sinfonía Militar, y ya no recuerdo cuántas partituras más, pasaron a formar parte de mi archivo de manera forzosa, si bien breve, pues cinco años después regalé todo ese material al bibliotecario de la Orquesta Filarmónica de Jalisco, aprovechando la relación surgida con la orquesta para la celebración de un concierto homenaje que dirigió el maestro José Guadalupe Flores en el Teatro Degollado de Guadalajara, donde por primera vez pude escuchar otras dos piezas del rompecabezas Vásquez: la Sinfonía No. 2, y el Ballet azteca, La Ofrenda.
Se preguntan ustedes ¿cómo fueron a dar esas partituras a ese bazar?
Yo también.
Porque formaban parte de la biblioteca de mi padre. Pero los expolios operan así; forman parte del mecanismo de la frialdad, y como en este caso, de la ignorancia y de la desconsideración por el arte.
Pero si algo valioso se quiere recuperar no queda más opción que buscar en los desguaces de la sociedad, en las fosas comunes de los objetos, donde todo tiene precio y es recuperable. Porque el que busca encuentra, como yo. Y al hacerlo he ido respondiendo viejas preguntas y conociendo nuevas; de eso van las búsquedas por los caminos. Pero si tienes un por qué no es difícil intuir el para qué; solo requieres capturar un buen cuándo y un dónde. Y secundar a los aborígenes australianos con los verbos sugeridos, ejercitando su conjugación de ser posible en tempo allegro, hasta que finalice la sinfonía y sea el momento de volver a casa.
-JJV-
La foto superior nos muestra una imagen antigua del popular mercado de la Lagunilla, en el centro de la ciudad de México .