El tiempo allegro del mundo bicolor del que venimos

9 de febrero de 2014

Ha llegado a mis ojos la copia digital de un documento relacionado con mi padre, datado el 16 de febrero de 1937, es decir, que el mundo aquel vigente al momento de su expedición, ha de cumplir hoy 77 años de haber muerto. Y tal cantidad de tiempo podría equivaler a un existencia humana, por demás generosa, pues en esencia somos un proyecto amoroso (quiero suponer) mensurable en tiempo.

La supervivencia de nuestras acciones, plasmadas antes en papel y hoy en medios digitales, habla de lo que hicimos y de lo que fuimos. Tal vez por eso sea necesario cuidar cada letra de lo que escribimos. Al fin y al cabo, si queremos que las generaciones futuras nos descodifiquen con fidelidad, debemos proteger el destino de unos documentos que, al igual que nosotros, perderán su presente y correrán el riesgo de un futuro incierto.

Y es que la memoria escrita termina siendo interpretada por alguien que quizá hoy ni siquiera ha nacido. Algo parecido al destino de una partitura.

El manifiesto en cuestión es una convocatoria expedida por el Departamento de Acción Social de la Universidad Nacional Autónoma de México, cuyo director era entonces mi padre, enfocada en un concurso abierto para encontrar un violinista que interpretara el Concierto para violín y orquesta de Beethoven, todo un reto diría yo. Y el premio ofrecido dentro del cuerpo de aquella comunicación, ascendía a 250 pesos.

*** Aquel año de 1937, el segundo en la vida de la joven Orquesta Sinfónica de la Universidad, el proyecto cultural universitario avanzaba con vigor y fue orientado al público popular, de ahí que la temporada haya ofrecido su primer concierto al aire libre, el 24 de enero en el hemiciclo Juventino Rosas del parque de Chapultepec, en el que se incluyeron obras de Felipe Villanueva y Ricardo Castro entre los autores mexicanos.

El segundo tuvo lugar el 10 de febrero en el Teatro del Pueblo, y un tercero se presentó en el Teatro al aire libre Lindbergh, del parque San Martín, e incluyó una obra de Julián Carrillo. Luego vendría un ciclo de conciertos populares de la entonces sinfónica universitaria, entre junio y noviembre, efectuados en su sede oficial: el Anfiteatro Bolívar.

Un dato digno de mención es que durante la celebración de este ciclo habría de inaugurarse Radio Universidad, el 14 de junio de ese mismo, año de 1937, por demás significativo e icónico dentro de la historia de la cultura universitaria.

El primer concierto transmitido al aire por la radiodifusora universitaria, estuvo integrado por Fragmentos de Las bodas de Fígaro de Mozart, la Sinfonía Inconclusa de Schubert, y por los Preludios Sinfónicos de Franz Liszt. Desde esa fecha los conciertos oficiales de la orquesta, realizados desde su sede, habrían de ser transmitidos por Radio Universidad.

Los directores de aquellas temporadas fueron, José Rocabruna, y José F. Vásquez, titulares de la orquesta, y el primer director huésped de la agrupación, fue Manuel M. Ponce.***

Después de leer el documento con la grata sensación de avizorar un hecho en el que intervino mi padre, me quedé pensando en la cantidad de personas y de acciones de cada una de ellas, para que hoy, 77 años después, seamos nosotros quienes podamos constatar que su convocatoria significó un ladrillo de la gran catedral, y que desde la nada se inventaron una orquesta, una radiodifusora, y con ello, fuentes de trabajo que hoy siguen siendo parte del tejido social de la cultura en México.

Sin duda, toda estructura creada al servicio de la cultura y en cualquier parte del mundo, más aún en México, es primordial para poner a salvo el éxtasis y la ternura, la pasión y la razón de ser de un colectivo espiritual necesitado de arte, para con ello sobrellevar un poco la realidad. Porque tal vez el arte no cambie nada o muy poco, pero sí creo que cambie a los individuos. Una suerte de mutandis mutandi en favor de todos, y de esos todos que han de venir a ver todo lo que hicimos y dejamos de hacer.

«Por primera vez en la historia, la supervivencia física de la especie humana depende de un cambio radical del corazón humano»…

Eso decía Erich Fromm, y cuando lo dijo había otra realidad y era otro tiempo, pero ya se ve que nada o muy poco se ha modificado en la necesidad incesante de cambio. ¿O será que la lucha entre luz e ignorancia sea tan natural como el vaivén del oleaje marino? Eso tendría mucho sentido.

El documento es el número 22246; esto quiere decir que antes hubo 22245 hechos o iniciativas venidas de otras tantas ideas, individuales o colectivas, pero tal parece que siempre enfocadas desde el núcleo de Acción Social, hacia la difusión de la cultura.

¿En cuántas acciones como esta, habrá estado involucrado don José F. Vásquez?

¿En cuántas otras habrá alzado la voz o llevado la iniciativa?

¿Por cuántas más habrá tenido que luchar para que no murieran en un documento, en un anaquel, o en los pantanos de la burocracia?

Yo por mi parte celebro que haya encontrado los recovecos donde mana el universo y apetece soltar todas las amarras para imaginar, como imaginó, no sólo sus óperas o sus sinfonías y sus lieder, sino además las aulas y una orquesta que, como podemos ver, un año después de ser fundada se puso a buscar talento para dar viabilidad a su proyecto.

Quizá sería bueno imaginar que nada nos necesita tanto como el bien inexistente que debemos generar en derredor. Que nada será igual si no estamos dispuestos a ser necesarios, y que dejaríamos perder una historia y con ella tal vez nuestro rostro, nuestro apellido y nuestra intención. Y que acaso llegue a borrarse la nimia representación de lo que fuimos, y sea entonces que para siempre se haya perdido la partitura de lo felices que pudimos ser, y no quisimos, o no pudimos. Porque todo es un sí, o un no. Para que algo no pase a ser una brizna de la nada incrustada en la nada, y nada más que un punto en la geometría del peso muerto de la historia, que ya se sabe, se va llenando de pequeñas historias que fueron o que pudieron ser y no se lograron.

¿Alguien leerá lo que fuimos y lo que hicimos para serlo, dentro de 77 años?

Tal vez.

Y ojala nos miren con indulgencia y gratitud. Igual que hoy veo yo a todos esos obreros del idealismo como mi padre, porque aunque no lo recuerden ni lo reconozcan, su orquesta vive y se nutre hacia el futuro.

¿Qué hará falta para que esa orquesta mire en su pasado con gratitud activa, y dispuesta a inventarse un remedio contra el olvido de uno de sus fundadores? Que no se diga que esta generación quiso pero no pudo, o pudo pero no quiso. Quizá todo dependa, como dijo Fromm, de… un cambio radical del corazón humano…

-JJVT- —————————-

*** Extracto del libro: José F. Vásquez. Una voz que a los oídos llega – Gabriel Pareyón – 1996) —————————

La primera foto arriba a la izquierda, es una copia digitalizada de las bases del concurso de violín, convocado por el Departamento de Acción Social de la Universidad Nacional de México, encabezada entonces por el licenciado Salvador Azuela.

La siguiente fotografía a la derecha muestra la imagen del maestro Manuel M. Ponce, primer director huésped en la historia de la Orquesta Sinfónica de la Universidad

A continuación se muestran dos aspectos, uno de la entrada al conjunto cultural sede del Teatro del Pueblo, y otro, moderno, del interior del teatro; sede del segundo concierto ofrecido por la OSU en su historia, el 10 de febrero de 1937.

La primera imagen de la segunda fila, corresponde al Hemiciclo Juventino Rosas, en el parque de Chapultepec, lugar donde se presentó por primera vez la orquesta, el 24 de enero del mismo año de 1937, tal y como lo certifica la foto de la placa colocada en último lugar.

Las últimas dos son una fotografía y un anuncio del Parque Lindbergh, inaugurado en 1927 con motivo de la visita del famoso aviador a la ciudad de México.


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