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22 de febrero de 2014
Sigo teniendo la sensación de que si ella viviera, aún hoy estaría haciendo gala de su osadía, de su buen humor, y muy probablemente seguiría cantando boleros de Federico Baena, su compañero en la cátedra del maestro Rocabruna, o de Agustín Lara, o de María Grever, con quien por cierto le unía un lejano parentesco paterno. Su disciplina del tarareo de canciones o de pasajes sinfónicos enfocados en el instrumento de su vida, era pertinaz y contagiosa.
En este momento la recuerdo frente al espejo de su coche, terminando el maquillaje matinal, con el tarareo de la Sinfonía Española de Lalo, que interpretó como solista un par de veces, mientras yo miraba su destreza desde el asiento trasero de su Ford Fairlane Crown Victoria, 1956, una belleza de coche; mi preferido de todos cuantos pasaron por mi casa en aquella época feliz, porque su techo de cristal me permitía babosear el cielo.
Gloria fue una mujer audaz, dueña de un carácter, vital melodioso y efervescente. Su vida giró alrededor de la música y por lo que sé, desde niña se decidió por el violín. Muy joven ingresó al Conservatorio Nacional de Música, donde todos sus compañeros eran mayores que ella. Y tal parece que desde aquellos años, Gloria era capaz de echarse al bolsillo a cualquiera.
También la recuerdo ensayando por su cuenta en casa mientras vigilaba a sus hijos. Una vez interrumpió su estudio y vino a poner paz entre nosotros, y para conseguirlo nos llevó con ella y nos sentó frente al atril para que diéramos nuestra opinión sobre un Mozart que hasta mucho tiempo después pude identificar.
Por razones obvias, mis recuerdos más claros pertenecen a su etapa de viudez, en la que llevada por las circunstancias multiplicó sus fuentes de trabajo. Por un lado, había sido liquidada de la Orquesta de la Universidad en cuanto murió mi padre, aunque continuó formando parte de la Orquesta de la Ópera, y recuerdo haberla visto in situ, sentado yo detrás de los contrabajos, durante el desarrollo del ballet Coppelia de Delibes. Y hasta que cayó enferma y mientras tuvo fuerzas, siguió tocando con el Cuarteto Clásico de la ciudad de México, en huesos, como ella decía, que salían en misas o pequeños conciertos de cámara.
Pero su actividad violinística saltó barreras como un imperativo de la situación, hasta convertirla en una todoterreno que llegó a incursionar en orquestas como las de Chucho Ferrer o Chucho Zarzosa, de ahí la oportunidad que tuvo de acompañar a figuras populares como Toña la Negra, Pedro Vargas o Lucho Gatica, y a estrellas del jazz que entonces visitaron el país, como Nat King Cole o Eartha Kitt, por citar dos nombres que hoy recuerdo. Una vez la vimos en la tele dentro de una de esas orquestas, y mi hermana María Rosa preguntó por qué su mamá salía en la tele…
Pero en esos tres años que ella sobrevivió a su marido, Gloria no fue sólo la viuda de Vásquez, sino la violinista Gloria Torres, capaz de incursionar en grabaciones de la balada popular de la época, con cantantes como Enrique Guzmán o Ricardo Roca, ¿recuerdan el solo de violín de, «Granito de arena?… Seguramente los jóvenes no; han pasado muchos años… Demasiados.
Gloria fue feliz y yo mirando que lo era. Sin embargo, un día me fijé en una cicatriz que tenía, como cualquier violinista, debajo de la mandíbula izquierda. Una mácula que me impresionó y que me parecía fuera de lugar, ilógica para el rostro de una mujer hermosa y más porque era mi madre.
Porque sí, ella fue feliz en todos esos territorios desconocidos, y ojalá esto hubiera aligerado su responsabilidad en solitario, pero lo hizo menos de lo que todos hubiéramos querido. Y no fue hasta después de que se marchara, cuando una tarde, frente a su abandonado violín, supe por qué sus tarareos habían ido desapareciendo poco a poco de nuestra casa.
Ella habría de enfermar de modo súbito e irremediable a mediados de 1964, y partió el jueves 14 de enero de 1965.
Con mi madre yo aprendí que la pereza, enferma, que el miedo, mata, y que lo hacen de modo inexorable y con una lentitud que engaña. Asimismo comprendí que conviene no dejar nada por hacer en una próxima vez que, ya se sabe, puede no repetirse, porque el valor de una excepción como es cualquier vida, solamente se explica con verbos de acción.
Viene a mi mente una anécdota que creo yo la pinta como era. Alegre y jovial, decidida y con prisa por vivir. Vivir a toda máquina, y su valentía le ayudó a cumplir sus deseos como cuando se ponía al volante del Ford.
-Manejas como un hombre… -le dijo alguna vez su mejor amiga, y todos nos reímos. Yo el primero, imaginándola con pantalón y corbata, como mi padre, y al igual que él, fumando un puro. Gloria le había contado a su amiga, que acababa de ganar a Pepe, (mi padre) lanzando una moneda al aire. El perdedor de aquella apuesta se llevaría a los niños en avión, en el primer vuelo de su vida a Acapulco. El ganador, en este caso la feliz narradora de la anécdota, se iría en el coche, para luego regresar todos juntos. No me pregunten ustedes los porqués de tal diseño de vacaciones, pero así fue. Por lo que Gloria hizo el trayecto carretero, sola, y según contó, repasando mentalmente la Quinta Sinfonía de Shostakóvich, una de sus favoritas. -Así la carretera te la comes en dos patadas- Una expresión muy suya que luego remataba con una carcajada.
En el camino de regreso vio un viejo tronco erosionado por el viento o por el mar, o por la vida que en aquel paraje nos contempló felices yendo de vuelta a casa, y no obstante la oposición de mi padre, Gloria consiguió que entre todos subiéramos el tronco al Ford Fairlane Crown Victoria, porque ella había decidido usarlo como base de una mesa de centro que con un grueso cristal encima, pasó a ser una pieza consentida en la decoración de nuestra casa. Ese día, la resistencia de don José F. Vásquez se esfumó en el instante en que Gloria le dio un besito y le guiñó el ojo.
La historia de la mesa fue contada varias veces a los amigos que nos visitaron y al menos la cantante y pintora Luz Nardi quiso cambiarla por uno de sus óleos. Mi madre se opuso pero al final, su pintura «Las Sílfides» terminó colgada en esa misma sala, a un lado del Pleyel de caoba traído desde Francia. Dos de los objetos desaparecidos detrás del expolio absoluto de nuestros bienes, instrumentado, precisamente en cuanto ella murió.
Hoy todos esos objetos itinerados por el tiempo, son fragmentos de un mosaico amorfo detrás de la vida de una familia. Y es difícil saber cuál fue su destino pero ninguno se conservó. Ni la casa, ni la mesa, ni el Ford. Ni siquiera la vieja película en 16mm que todos juntos vimos una tarde para evocar aquel viaje, en la pantalla nacarada del proyector Bell & Howell traído de Nueva York por mi padre, quizá con la idea de preservar en la memoria los chapoteos familiares en la playa de Caleta, las penalidades para mover el tronco, que sin la ayuda de un campesino local hubiera sido imposible subir al coche; o a Gloria, recostada en un camastro bajo el ala de un gran sombrero de paja y bebiendo un coco recién cortado.
Y a pesar de que todo eso ocurrió detrás del olvido, parece que no sucedió. Porque no existe si la oralidad no es capaz de labrar su rescate de algún modo.
No es difícil explicar por qué nada fue conservado. Y es que los significados de la vivencia de unos en los ojos de otros, son demasiado dispares, y el desafecto y la deslealtad seguirán siendo materias de reflexión histórica. Porque los objetos de valor cambian de mano como las monedas, pero el resto, que es la esencia de la aventura humana, es injusto que termine siendo pasto de algún bazar. Como pasó con dos partituras de mi padre.
Sin embargo lo más valioso se conserva. Y en mi calidad de último actor de esa antigua filmación en Acapulco, estoy aquí para mover el eco y las sombras, hoy recordando a una mujer que hubiera cumplido años ayer. Que le dio dos hijos a José F. Vásquez, y que repasaba a Shostakóvich al volante de su coche, mientras devoraba una carretera que un día la llevó a Acapulco, y a su destino.
Pero, ¿cómo hubiese sido en su vejez? Como yo no nunca me he sentido capaz de imaginarla con 92 años de edad, me ha entrado la curiosidad de observar a los ancianos mayores. Y por fortuna ayer recordé un fragmento de uno de los cuentos de, Mujeres de ojos grandes, de Ángeles Mastretta, que leí hace muchos años, pero que hoy ha vuelto a la memoria por fortuna justo a tiempo, para sacarme del atolladero:
«Hay muchas maneras de dividir a los seres humanos – le dijo -. Yo los divido entre los que se arrugan para arriba y los que se arrugan para abajo, y quiero pertenecer a los primeros. Quiero que mi cara de vieja no sea triste, quiero tener las arrugas de la risa y llevármelas conmigo al otro mundo. Quién sabe lo que habrá que enfrentar allá»
-JJVT-
En las imágenes superiores aparece la maestra Gloria Margarita Torres González, (22 de febrero de 1922 – 14 de enero de 1965) y un coche Ford Fairlane Crown Victoria de 1956, citado en el relato.
La última imagen a al izquierda muestra el programa del 28 de agosto de 1949, cuando Gloria fue la solista de la Sinfonía Española para violín y orquesta de Lalo, acompañada por la Orquesta Sinfónica de la Universidad, bajo la dirección de su marido, José F. Vásquez.


