La matemática de la causalidad

26 de agosto de 1990

18 de enero de 201 4

19.

La vida me ha ido enseñando que la causalidad de lo que llamamos, sorpresa, es también parte de la generosidad de sus señales, y que no sólo su aparición forma parte de la tragedia que nos va moldeando, sino que como las dos caras del dios Jano, son puertas que se abren hacia afuera o hacia dentro.

Con esto en la mente me he levantado gracias a que de nuevo, la sorpresa amorosa, en la forma aparente de una casualidad, ha saltado en mitad de mi camino. Para ello debo contarles las prolegómenos tributarios que han desembocado en este día, con este pensamiento. Les cuento.

Un domingo de 1988, acudí en familia al concierto de la OFUNAM; cada visita mía como un melómano más perdido entre el público de esa orquesta, siempre significó un cúmulo de sentimientos dispares. Por un lado sentía la dicha de conocer la vieja historia cautiva en esos atriles. Por otro lado sentía un tipo de nostalgia avejentada, diría yo, que a ratos iba a la deriva hasta sentir tristeza. Pero a veces la emoción me corría por todo el cuerpo, en algún pasaje de la obra que se estuviera tocando. Pero después de todo era difícil apartar mis preguntas de siempre ante el olvido agravado de mi padre, al ver que esto seguía viniendo desde la orquesta por él fundada y dirigida por cinco lustros.

Mi rol de incógnito era como usar un biombo para las emociones, que convertidas en pensamientos terminaban siendo eficaces, y a larga, ya se verá, provechosas .

Si bien tal carga emotiva estuvo siempre presente en tono de letargo, nunca dejó de estar conmigo desde el momento de entrar al gran hall de la Sala Nezahualcóyotl, donde poco tiempo antes y gracias a mi insistencia, conseguí que las autoridades universitarias en turno, finalmente colocaran una placa de reconocimiento a los fundadores de la hoy OFUNAM; primer punto de mis peticiones hasta hoy desoídas. Sin embargo, hubiera sido mejor aún que ahí mismo se pudiera leer la ardua aventura de los primeros 25 años de la orquesta, que tampoco son ni someramente señalados dentro de la información contenida en los programas de mano del concierto de cada fin de semana.

Era como leer un currículum vitae a sabiendas incompleto.

Con toda esa carga presente cada domingo y luego de pasar frente a la placa, mi respiración prosperaba con la alegría de saberme en mitad de la búsqueda de mis objetivos, sin pausa y todavía sin prisa; en movimiento. Y así me dirigía a mi butaca de primer piso a disfrutar cerrando los ojos y abriendo el alma, para que la energía del cronos circulara ad libitum. Por todo eso, cada concierto, hizo que mi silencio feliz valiera mucho más cuerpo adentro.

Aquel domingo se tocó el Concierto de violín de Beethoven y la Quinta Sinfonía de Chaikovski. Llegado el final y fascinado por el trabajo del director, a quien yo no conocía, fuimos al camerino a felicitarle. Seguramente yo disfrutaba sentir el ambiente tras bambalinas, como cuando fui niño. Y me gustaba que mi hijo, pequeño por entonces, palpara ese mundillo imposible de manifestarse en ningún otro sitio.

Recuerdo que ese mañana había mucha gente; fruto del éxito alcanzado. Y que estuvimos a punto de irnos ante la imposibilidad de saludar al maestro Collura, sin embargo, esperamos. Ya estando frente a él, saqué a la conversación a mi padre; el hombre se interesó por mi síntesis y sin darnos cuenta el tiempo pasó. Tanto que todo el mundo se había ido, y su servicio de transporte al hotel, también. Tampoco crean ustedes que hablo de una hora, no. Seguramente hablamos unos 15 minutos, quizá un poco más; el caso de mi padre le sorprendió bastante. Y mientras él y yo charlamos en aquel camerino, alguien había olvidado llevar a su hotel al director huésped. Ante tal situación le ofrecí llevarlo pero antes invitarlo a comer.

Gracias a aquel olvido del personal de la orquesta nació un amistad. Y Frank Collura, el director italo norteamericano y el suscrito, terminamos siendo amigos por más de un día. Porque el abrazo de despedida al dejarlo en su hotel, pareció una promesa.

Al día siguiente él voló de vuelta a su casa, y yo me olvidé del asunto. Más de un año después, un día Franck, o Franco, como también la gustaba que le llamara cuando masticábamos el italiano, me llamó por teléfono desde su casa en Pennsylvania, para preguntar si yo tenía la partitura de alguna obra breve, porque lo habían invitado a dirigir la Orquesta Sinfónica de Minería, y él quería incluir algo de mi padre.

Así que como resultado de aquel olvido de la OFUNAM, se precipitó la resurrección de una obra de mi padre, breve pero muy hermosa, y que hacía muchísimos años no se tocaba.

La elección fue en favor del Intermezzo de la ópera, El Mandarín, y yo creí ver en la colocación de las partituras en los atriles de aquella orquesta, un fenómeno sanador para mis ansias acumuladas hasta entonces.

Los conciertos se efectuaron el 25 y 26 de agosto de 1990, bajo la batuta de un director extranjero, como secuela de un descuido accidental, y por la suerte de haber conservado la calma de esperar para con eso permitir el encuentro con él, a tiempo; como en cualquier partitura de la vida. Y la maravillosa Sala Nezahualcóyotl fue el escenario más que soñado para su cristalización. Una sala soñada desde los años de la vieja orquesta en la que a veces faltaban fondos para el sueldo de los músicos. Un recinto magnífico sin duda soñado incluso por el mismo José F. Vásquez.

Un pequeño olvido a favor ante tanto silencio en contra, no estuvo mal…

El fruto de aquel evento memorable de la primera vez que yo escuché el Intermezzo del Mandarín, fue una grabación hecha en una de esas viejas grabadoras portátiles Sony de casette, que conseguí hacer durante el ensayo general de Frank Collura, en la sala Neza, en aquel año de 1990.

Al término de esa primera ejecución todavía puedo ver y oír a Frank en mangas de camisa, girando para encontrar mi alegría, gritando desde el podio con efusividad:

Your father was a genius!…

Cinco palabras en inglés que sonaron como un mensaje codificado solamente para mí, que en esencia, fueron un gran alimento para proseguir adelante hasta el día de hoy.

El resultado de la grabación es muy deficiente, quizá demasiado, pero guarda todo el significado maravilloso que la sorpresa tiene dentro de la vida humana, y es, por supuesto, una pequeña pieza del rompecabezas. Una prueba de existencia que hasta que la obra no sea grabada de manera profesional, mantendrá su rango de carácter detectivesco.

Si no se está atento a la señal puede parecer que las acciones trascendentes son insustanciales, y entonces la sinapsis de los hechos se diluye porque la posible conexión exitosa se pierde, tal vez para siempre. Y a lo largo de la investigación Vásquez, este tipo de hechos como cifras actuantes se han producido de modo repetido; quizá el control de esa posible energía encadenada no sea fruto de la casualidad, sino de la matemática de la causalidad. Y como en este prolongado camino de rastreo y persistencia nada debe ser desechable, esto ha sido una herramienta más para el ánimo y un tipo de lenguaje de contrapunto íntimo y en tempo allegro, con el causante de toda esta misión.

Toda esa energía benévola, puede haber fraguado un colofón perfecto, surgido hace dos días, cuando un prestigiado y magnífico músico, director titular de una de nuestras orquestas mexicanas, me escribió para decirme que quiere incluir el Intermezzo en un próximo concierto de autores mexicanos, que celebrará con su orquesta.

Así que si la voluntad avanza y se abre paso a pesar de todo, la matemática de la causalidad habrá justificado una vez más su enigmática tarea.

-JJV-

Las imágenes de arriba corresponden a una fotografía del maestro Frank Collura, A una copia del programa de mano de aquellos dos conciertos de agosto de 1990, y la tercera, a la carátula de una reproducción digital de la partitura de violín primero de la obra.

La grabación casera de aquel ensayo está disponible en el apartado de grabaciones de esta misma página.


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