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23 de marzo de 2014
Qué arriesgado es escribir sobre la gratitud ajena, creo yo, y es que con su vaticinio promisorio para mi padre, este musicólogo del pasado hoy convertido en uno más de los fantasma del presente, se atrevió a desafiar la tenaz labor del olvido humano, a través de su testimonio in situ; un atrevimiento fallido, ahora lo sabemos, porque todos olvidamos, es verdad; sin embargo la memoria de una institución debiera ser una prioridad tan importante como en su momento fue para aquella orquesta, el fomento y la propagación de la buena música. Tal vez estemos conviviendo aún con la tercera o cuarta generación de frutos de aquella siembra.
Si volvemos al texto sin datar que probablemente vio luz en 1944, pero del que no puedo ofrecer el nombre del autor, podemos palpar su conocimiento del medio musical de aquellos años y su júbilo ante el entusiasmo del público juvenil que colmaba el Anfiteatro Bolívar, algo tan desacostumbrado entonces.
«Por toda una serie de causas y circunstancias, que no es el lugar para analizar en detalle y que son inherentes al medio psicológico en el que desarrollan las actividades musicales en esta ciudad, la presencia del destacado talento de José F. Vásquez, en el arte de la dirección de orquestas sinfónicas, pasaba totalmente inadvertida, sino de parte de los músicos por lo menos de parte del público. De vez en cuando, en alguna audición ocasional de alumnos, subía el maestro Vásquez al podio para dirigir una pequeña orquesta encargada de acompañar al sustentante en la ejecución de una obra para piano y orquesta. En semejantes ocasiones se daba uno desde luego cuenta que no solo era el señor Vásquez un consumado maestro en el arte de acompañar, presto a adivinar al vuelo las intenciones del ejecutante y adaptar instantáneamente a su conjunto de instrumentistas a los deseos del solista, sino de algo más: que en los pasajes puramente orquestales de las respectivas obras, este director hacía a sus músicos tocar no a base de rutina sino inyectándoles inusitado entusiasmo y juvenil frescura de conceptos. Ya entonces notaba uno en este director una admirable técnica muy suya, una perfecta cuadratura estética de movimiento y gesto, excepcional precisión rítmica y, sobre todo, un excepcional don de detallar y matizar, sin dejar sin dejar por un solo momento de vista la imagen de la obra interpretada como cosa integral».
A lo largo de su artículo, el periodista nos describe la exitosa labor del entonces Director de la Sinfónica de la Universidad, a quien augura no sólo la continuidad de tales resultados en el podio, sino el reconocimiento de la propia universidad.
¿Qué pensaría hoy aquél buen hombre, si pudiera ver lo los efectos del olvido sobre el nombre y sobre la obra del elogiado director que por esos años tantos aplaudieron conmovidos y emocionados?
¿Creerían hoy aquellos jóvenes de entonces, el estado de marginalidad actual en el que se mantiene al director que les ayudó a descubrir la buena música? Me vienen a la mente preguntas varias, pero todas son ideas tributarias en contra de la desmemoria que resiste, y a tal punto todas quedan en la esencia de cualquier interrogación: ¿Por qué?
Pero hay otro párrafo perturbador, diría yo…
«El honor y la satisfacción de brindarle al maestro Vásquez esta oportunidad (refiriendo su nombramiento para fundar la OSU) le tocó a la Universidad. Fue ella la que «descubrió» a este director, del que, en vista de lo ya realizado por él en la serie de conciertos históricos de música sinfónica, que se van realizando bajo los auspicios de la misma Universidad, afirmamos que junto con Carlos Chávez y Silvestre Revueltas, forma actualmente la Trinidad de representativos directores de orquesta en México»
Una afirmación, subjetiva; como todo; sin embargo es calificada y se sustenta en la observación desde la trinchera de la crítica musical, pues a continuación nuestro cómplice y testigo presencial, enumera actuaciones de don José F., dirigiendo Wagner, Schumann, Beethoven o Liszt. Y en otras crónicas compartidas aquí mismo, hemos leído textos en el mismo sentido pero enfocadas en conciertos con obras mexicanas, o de Mozart, Haendel o Tchaikovsky por citar los últimos ejemplos.
Al menos podemos concluir que ese músico que fue mi padre, fue un buen director de orquesta. Que fue uno de los compositores sinfónicos y operísticos más prolíficos de la primera mitad del Siglo XX, a la vez que un gestor incansable de la música dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México, y un docente innovador y reconocido. Y que de aquella Trinidad de directores más importantes del México de la primera mitad del Siglo XX, es el único desaparecido detrás de un olvido demasiado desproporcionado si se le quiere ver como accidental.
Aunque el caso Vásquez autentifica la segunda acepción que según la RAE tiene el adjetivo Admirable: Que causa admiración… o sorpresa. Porque sorpresa sí causa.
El repaso anterior parece pertinente para elaborar otras preguntas, casi en recitativo, y con respuesta:
¿Existe alguna escuela oficial o universitaria que lleve su nombre?… No.
¿Exista una orquesta oficial o universitaria que se llame José F. Vásquez?… No
¿Existe alguna sala o recinto, al menos un aula universitaria donde con su nombre se le recuerde con gratitud por sus casi 40 años al servicio de organismos musicales dentro de la UNAM?… No.
¿Hay alguna agrupación orquestal de cámara o algún coro o ensamble con su nombre?… No.
¿Hay algún premio de dirección orquestal, composición o docencia, dentro de la UNAM, que conmemore su labor?… No.
En su calidad de fundador y universitario ilustre, ¿se programa con regularidad alguna de sus casi 200 partituras, dentro de alguna de las agrupaciones universitarias?… No.
¿Hay interés en que lo hagan, al menos por curiosidad y fidelidad universitaria?… No; todo indica que no.
¿Se le reconoce como el primer Jefe del departamento de Radio de la universidad?… No.
¿No serán demasiados noes? Y seguro que hay otros que a lo mejor no aparecen desde mi perspectiva.
Y cómo rige la máxima de que únicamente somos lo que hacemos o dejamos de hacer, el único sí; el único hecho con el que se recuerda a los fundadores de la hoy OFUNAM, amén de un párrafo dentro del programa de mano actual, fue la develación de una placa alusiva, colocada en el vestíbulo de la Sala Neza, como resultado a mi insistencia. Todo lo demás que entonces pedí sigue siendo parte de la inacción que puebla la realidad de los noes, como leitmotiv de la relación de José F. Vásquez con las instituciones que fundó o dirigió dentro de la UNAM, y en las que invirtió casi toda su vida laboral.
Por eso al distanciarme de los hechos, el panorama final acaba en la gran síntesis que subyace debajo de cualquier interrogación: ¿Por qué?
¿Por qué cuando se le incluye dentro de la historia de la orquesta, no se usa la calidez y la justa utilización de un pronombre posesivo a la hora de mencionar, de un plumazo, a uno de sus fundadores?
¿Por qué cuando se lee esto aparece: el fundador, y no… nuestro fundador?
De hecho, los programas actuales, de modo fugaz mencionan: En su fundación, la Orquesta de la Universidad… estuvo a cargo de José F. Vásquez y de José Rocabruna… y entonces los 25 años de aquella intrincada primera etapa de la institución terminan, discreta y marginalmente mencionados en el mismo párrafo. En ninguna publicación que se sepa, son reconocidos como nuestros fundadores. Y si si nos da por mirar la historia de otras orquestas en casi cualquier lugar del mundo, este reconocimiento es de lo más natural. Como si viéramos un árbol genealógico.
¿Hay alguna diferencia entre decir: el abuelo, a decir: nuestro abuelo?
¿Se estará olvidando el buen uso de los pronombres posesivos dentro de familias, como la universitaria?
No cabe duda que Einstein tenía razón al afirmar que el tiempo es una ilusión persistente… y tal vez con ella dentro, vivió aquél hombre que fue mi padre, luego de haber leído esta crónica aparecida en aquel tiempo que, hoy, está colmado de fantasmas y de olvido.
De ahí que como efecto de una causa incomprensible, al menos para mí, deje yo aquí para el final, la repetición del fallido augurio leído en ese diario de ese mundo de ese tiempo, que parece demasiado distante y totalmente sepultado debajo del polvo que oculta la raíz de aquél espíritu que por aquel feliz entonces, hablaba por la raza:
«Cuando llegue el momento de hacer balance de la labor desarrollada por el Departamento de Acción Social de la Universidad Autónoma de México, en los últimos dos años, en el sentido de fomentar la buena música y propagar el gusto por ella entre los estudiantes y entre ciertos sectores del público en general, el «Haber» de la Universidad resultará en verdad considerable. Por entre todos los aspectos meritorios de esta labor, destacará uno que deberá llenar a los funcionarios de la Casa de Estudios no sólo con satisfacción sino con legítimo orgullo. Es el caso del maestro José F. Vásquez»
Una última cuestión: ¿Hay algún plan para responder afirmativamente alguna de estas preguntas?
-JJVT-
———————- VOLTAIRE: «La Historia es la mentira a la que se llega de común acuerdo» ———————-
La reproducción digital nos ofrece el artículo de prensa titulado: El admirable caso de José F. Vásquez, aparecido probablemente en 1944, pero del que no se puede ofrecer el nombre del firmante.