Al servicio de la voz humana

28 de abril de 2014

Si hace una semana compartí con ustedes una recopilación muy sencilla de la obra para piano de mi padre, hoy enfoco el texto en un breve repaso de la obra para voz; otra de sus prioridades y de sus pasiones a lo largo de su vida, desde la creación de la opereta, Los compañeros de la hoja, (1911), a la edad de 15 años.En la bitácora de vida todo nos indica el gran interés de José F. Vásquez por la voz humana, y su necesidad no sólo de escribir a lo largo de su vida una obra diversa y vasta, sino de abrir los espacios necesarios dentro de las temporadas de la OSU, enfocados en la inclusión de obras corales. Y es imprescindible recordar su apuesta decidida en favor de la ópera mexicana, primero al fundar la Compañía Mexicana de Ópera en 1926, siendo esta la primera compañía en presentar una ópera en el Teatro Nacional (hoy Palacio de Bellas Artes) el 16 de septiembre de 1928, al llevar a escena la Atzimba de Ricardo Castro. Años después la compañía desaparecería luego de sufrir un desfalco, no obstante haber cosechado éxitos artísticos.

En su libro, José F. Vásquez, «Una voz que a los oídos llega», Secretaría del Gobierno de Jalisco (1996), Gabriel Pareyón nos relata capítulos primordiales de las andaduras de aquél músico apasionado por el género, justo antes del proyecto que culminaría con la fundación de lo que hoy es la OFUNAM.

*** 1933 fue un año complicado para los cantantes de ópera mexicanos, y para Vásquez también; él era ya uno de los principales promotores del género y en esa época el Teatro Arbeu contrató compañías españolas de comedia; otros teatros dejaron de producir ópera por considerarla incosteable, y sólo hubo algunas representaciones en el Teatro Iris. Entonces él intervino y montó óperas mexicanas entre la común programación italiana, e intentó realizar un ciclo no sólo que obtuviera triunfos artísticos resonantes, como dio buena cuenta la prensa de entonces, sino que además dejara dividendos capaces de prolongar la gestión de la compañía; algo en lo que lamentablemente no tuvo éxito debido a la falta de público. Apenas pudo llevar a escena, Due amori de Rafael J. Tello. Sin embargo al año siguiente de 1934, y con alumnos de su Escuela Libre de Música, logró financiar el montaje de Tabaré de Heliodoro Oceguera, y Citlali, El Rajah, El Mandarín, y El Último sueño, de su propia autoría.

El año de 1935, fue el último de una primera etapa dedicado a la ópera, al formar parte del grupo de directores invitados a las primeras temporadas del nuevo Palacio de Bellas Artes, junto con Umberto Mugnai y Alberto Flachebba entre otros. Para ese entonces, don José F. ya había dirigido a los cantantes mexicanos más célebres de la época, como: Consuelo Escobar, María Teresa Santillán, Carmen Ruiz Esparza, Flora Islas, Eva Magaña, Carlos Mejía, Manuel Romero Malpica, Ricardo C. Lara, y Ángel R. Esquivel. En aquella temporada de 1935 se repuso su ópera El Mandarín y también dirigió Fedora, La Gioconda, La Bohemia, y La Sonámbula. A principios de 1936, y ante la inminencia de la creación de la nueva orquesta de la UNAM, accedió a dirigir temporalmente la orquesta de la XEW, hasta que la preparación minuciosa de la fundación de la OSU se lo permitió.

A partir de ser nombrado al frente de la nueva agrupación universitaria, junto con el maestro José Rocabruna, Vásquez decidió consagrar su vida laboral a la orquesta, y a desarrollar con amplitud y minuciosidad cada una de las iniciativas que fueron naciendo para acompañar una empresa de tal envergadura, y lo hizo durante 25 años. No obstante y a lo largo de sus cinco lustros en el podio de la OSU, y a pesar de sus continuas giras como director huésped por el extranjero, consagró algunos espacios de su tiempo a la creación de obras para la voz; 20 lieder, 2 cantatas y otras obras corales que integran el segundo grupo más copioso de su producción, solamente después de la obra pianística.

Estas son sus obras: 1) Los compañeros de la hoja, (1911) Opereta. 2) Los mineros, (1916) Ópera. 3) Monna Vanna (1917) Ópera. 4) Citlali (1922) Ópera. 5) El mandarín (1923) Ópera. 6) El Rajáh (1923) Ópera. 7) Misa de réquiem (1926) Misa de difuntos a cuatro voces. 8) Lieder 1 Pieza breve para canto, piano y/o orquesta de cuerdas. 9) El último sueño (1928) Ópera. 10) Avemaría (1928) Para coro masculino. T/1/T2/Bar/B/Org/arcos. 11) Diez lieder para canto y orquesta (soprano o tenor) (1ra. Serie – 1929) 12) Diez lieder para canto y orquesta (soprano o tenor) (2da. Serie – 1930) 13) Diez lieder para canto y orquesta (soprano o tenor) (3ra. Serie – 1932) 14) Diez lieder para canto y orquesta (soprano o tenor) (4ta. Serie – 1934) 15) Diez lieder para canto y orquesta (soprano o tenor) (5ta. Serie – 1939) 16) Cantata conmemorativa del IV Centenario de la UNAM (Coro mixto y orquesta) (1951) 17) Diez lieder para canto y orquesta (soprano o tenor) (6ta. Serie – 1952-1960) 18) Liberación, subtitulada Sinfonía mímica – Cantata para orquesta sinfónica, solistas y coro mixto (1959) 19) Don Vasco Nuñez de Balboa (1961) Ópera.

Esta es la última obra de mi padre; inconclusa, pues a pesar de que él concluyó un boceto para piano, ya no tuvo tiempo de realizar la orquestación.

Leo y releo la lista y trató de imaginar sus motivaciones siempre latentes para escribir para la voz humana; un instrumento privilegiado en los amores de mi padre, tanto del joven quinceañero, curioso y lleno de ambiciones, como del sexagenario enfermo, entristecido, muy fatigado y a punto de morir.

Y esto forma parte de uno de mis recuerdos cuando cierro los ojos y veo a ese hombre debilitado sentado al piano, con los restos de un puro siempre apagado, a raíz de la prohibición expresa de su cardiólogo, consecuencia de su primer infarto durante su última gira por el Lejano Oriente.

Un hombre empeñado en seguir creando para legar una herencia, con la imaginación de un corazón enfermo, tal vez pensando no sólo qué sería de sus hijos, sino también qué sería de su obra; y seguramente no sólo de esta última.

¿Qué habrá pensado cuando los presentimientos finales se presentaron? Porque yo lo recuerdo siendo llevado hasta su cama, obligado por mi madre, quizá en el penúltimo día de su vida; hoy dudo si fue así. Quizá fue el mismo día de su muerte por la mañana. Y es que las vacaciones escolares navideñas nos estaban permitiendo, a mi hermana y a mí, estar cerca de él en esas sus últimas horas, y puedo aún ver a mi hermana mostrándole nuestras cartas para Santa Claus, que habría de llegar ese próximo domingo. Lo recuerdo hablando por teléfono con alguien que le preguntó cómo estaba, y por su respuesta, puedo imaginar hoy que el tema de entonces había sido su última partitura.

¿La orquesta? Mi madre le había aconsejado evitar el tema con cualquiera que le llamara. Y lo recuerdo anunciando que cuando pasaran las vacaciones regresaríamos a nuestras clases de piano con él, … ahora que tengo más tiempo… Antes de que se fuera, la madrugada del 19 de diciembre de 1961; un martes.

¿Qué habrá pensado ese hombre enseñado a culminar los proyectos fundamentales de su vida, al no haber podido terminar y firmar su ópera, como todas sus partituras: crear, amar…?

A lo mejor en el último de sus sueños reeditó en su mente aquellos montajes en el Arbeu o en Bellas Artes, o aquella gira ruinosa por Centroamérica, donde el pagador dejó tirada a la compañía llevándose la caja recaudada, y dejándolo con una gran deuda.

Tal vez a lo largo de sus horas terminales sólo quiso recordar alguna de las arias que un día cantaron, un incipiente Plácido Domingo o una consagrada Consuelo Escobar… Tal vez con la marea de sus partituras en mente y como una premonición de su futuro olvido, haya vuelto a la frase: «Una voz que a los oídos llega», del libreto de El último sueño. Tal vez…

Hoy es útil ir contra la olvidanza inútil y fluir con la intuición; leer entre líneas… y hallazgos.

Por accidente apareció un texto hallado entre sus papeles personales. Un apunte relacionado con la cantata Liberación, que en 1959 inauguró el teatro al aire libre Venustiano Carranza, con motivo del centenario natal del constituyente, y en la que tomaron parte 2,500 personas, incluidas todas las bandas de la ciudad y los coros de la entonces Escuela Nacional de Música. Un año, por cierto, en que el Presidente Adolfo López Mateos lo habría de condecorar por su labor musical. El texto de la nota es alusivo a la injusticia humana, y dice: «¿No hay reos en la cárcel que purgan penas que no cometieron?»

¿Acaso la desmemoria es menos injusta?, pregunto yo…

Probablemente José F. Vásquez es el autor de lieder y de ópera más prolífico de la música mexicana. Pero sus partituras parecen purgar una condena de olvido interminable a la sombra de la inacción, y es que tal vez a cualquier posible interés le falte conocimiento, consciencia, y una buena dosis de gratitud; una misión generacional acaso en vías de ser descubierta, al menos en este caso. Ojala. Porque la palabra: Liberación, es muy hermosa, y la dignidad debería ser una costumbre invencible.

-JJVT-

La primera fotografía a la izquierda, nos muestra a José F. Vásquez junto al elenco de su ópera El Rajáh, estrenada el 14 de junio de 1931, en el desaparecido Teatro Arbeu de la ciudad de México mostrado en la siguiente imagen. Las otras dos imágenes digitales, a la derecha, corresponden a la carátula y a la firma de la partitura de la 4a. Serie de lieder, escrita durante el verano de 1934.


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