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25 de mayo de 2014
Una pregunta sin datar que me ha puesto a reflexionar en lo que fue aquel mundillo universitario anterior a 1938, y de cómo fue sembrado el público entonces, en su mayoría integrado por jóvenes curiosos, acaso primerizos y novatos frente a una orquesta sinfónica; un fenómeno por muchos considerado elitista que los había mantenido distantes y ajenos al fenómeno musical, hasta que fue fundada esta orquesta.
Porque aquellos auditorios colmados cada domingo por el entusiasmo juvenil de los estudiantes, debió transmitir una multiplicidad de sensaciones yendo y viniendo dentro de los muros del Anfiteatro Bolívar, sede de la Orquesta Sinfónica de la Universidad, y sobre cómo habrán aglomerado toda su curiosidad para escuchar, así, entre tanta gente, a su organismo musical , tal y como lo califica nuestro cómplice cronista, por desgracia anónimo, cuando describe la naturaleza de la agrupación. Y con este éxito de asistencia, el primer objetivo marcado en los orígenes de esta orquesta, ya se ve, estaba lográndose.
Y es con la primera acepción del término, según la RAE, con la que quiero quedarme pues me transmite vida: Un organismo… (1. m. Conjunto de órganos del cuerpo animal o vegetal y de las leyes por que se rige) Y ya se sabe que la vida se desarrolla y hereda; deja tras de sí un código semi velado de informaciones genéticas al servicio de quienes vienen detrás. Y una de esas huellas que yace bajo el polvo del camino, es el retrato de las emociones vividas in situ, hoy legibles entrelíneas, y sólo si le damos crédito a nuestra curiosidad.
«… pudimos escuchar las magníficas, las formidables interpretaciones que de la 5a. y de la 6a. sinfonía hiciera el maestro Vásquez, baste recordar las lágrimas que se pudieron ver en muchas personas del público y aun de la misma orquesta en esa memorable velada…»
Leo y releo este párrafo, cierro los ojos e intento sentir el retrato de vida de aquel concierto, e intento explicar lo que no se explica, porque el lenguaje sensitivo suele ser bien una alegoría bien una parábola, y lo dicho, un código secreto, íntimo, sujeto a veces a los fenómenos en derredor, como en este caso. Y si sabemos que ha sido provocado a un alma joven por la música, creo que merece la renovación de nuestra fe en el poder del arte.
Lágrimas del público, y aun en la misma orquesta (dice la crónica) que, no lo olvidemos, por aquellas fechas estaba también integrada mayoritariamente por alumnos o graduados recientes, tanto del Conservatorio Nacional de Música, como de la Escuela Libre de Música fundada también por mi padre; es decir: jóvenes.
Cuando leemos documentos antiguos es útil rescatar el sentimiento que está detrás de la letra, porque así nos es posible desplegar con amplitud un mapa mejor integrado del hecho humano. Porque agazapado por ahí se queda el sentimiento, y en casos relacionados con el arte, siempre o casi siempre es el amor. Tanto de quien sirve de cronista como de quienes son descritos o mencionados allí, como partes actuantes del fenómeno retratado.
«Considero que, cuando un artista es capaz de despertar (nunca mejor dicho) emociones de esa magnitud es sencillamente porque se encuentra uno frente a un gran director».
Un fragmento sin duda halagador para cualquier hijo de un músico como José F. Vásquez, sin embargo, la carga simbólica es mayor si nos introducimos en el tejido de los significados de los hechos que se narran, y en mi larga vida como asistente a conciertos en salas de un buen número de países que he visitado, muy pocas veces fui testigo de algo similar.
Hoy recuerdo uno en el Concertgebouw de Amsterdam, a cargo del gran Riccardo Chailly, en su deslumbrante versión de la 5a. Sinfonía de Mahler, que en su famoso adagio consiguió el mismo resultado en mis ojos y en los de casi todos los cómplices de aquella vez, sentados en la misma fila. Ignoro si algún cronista holandés, al día siguiente, dio fe de tales hechos, pero si lo hizo, seguramente logró emocionar a sus lectores porque según la ciencia, nuestras células espejo asaltan el poder de nuestro cuerpo a la hora de empatizar con alguien que expresa, sin reservas, un éxtasis así. Y esto me ha ocurrido hoy luego de imaginar los ojos vidriosos de aquella juventud frente a Tchaikowsky, gracias a su orquesta.
Aquellos jóvenes preparatorianos de los años primeros de la Orquesta Sinfónica de la Universidad, habían descubierto un nuevo mundo interior, sentados ahí en aquellas butacas de madera y en las escaleras de piedra del Anfiteatro Bolívar, conmovidos por las notas de la Sexta Sinfonía, Patética de don Piotr Ilich, bajo la dirección de un señor músico que fue mi padre.
«Debe la Universidad sentirse satisfecha, tanto de su esfuerzo a favor de los jóvenes artistas mexicanos, como de su ya meritísima orquesta…»
Agrega el cronista y a continuación abunda en los merecimientos de dos jóvenes solistas de aquel ciclo Tchaikowskyano, Benjamín Cuervo, violín, y Carlos Rivero, piano, ganadores de los concurso organizados, de los que hace semanas, aquí mismo hablamos, como parte de las obligaciones que por aquél entonces fueron delineadas como prioridades dentro de la vida de la institución. Una forma de hallar y promover el talento fresco al lado de la orquesta.
¿No sería posible que la OFUNAM indagara un poco en el origen de estas, y de algunas otras lágrimas de entonces?
Lo anterior tal vez también lo diría nuestro anónimo cómplice habitante del mundo amarillo entre letras… «De ese reino del fragmento», como decía Saramago, al referirse al pasado. En el que la vida era tan compleja como la nuestra, porque tal vez hablamos de una generación menos protegida que la nuestra, menos cómoda, aunque eso sí, menos automatizada y más proclive al encuentro con el arte, al menos dentro del cuerpo estudiantil de aquellos años. Un colectivo fresco en pleno desarrollo del cómo de un porqué y de un para qué, desconocidos hasta tal punto de sus vida.
A lo mejor un día lejano todavía, alguien que nos haya observado adueñados de una butaca de la sala de conciertos y no de un hueco en las escalinatas, luego se vaya para su casa y reflexione, acaso entre tragos lentos de café, si ha de intentar cómo no pasar de largo en su crónica su apreciación del duelo de la música contra los hábitos, o no. Como lo hizo nuestro cronista anónimo del mundo amarillento, que fue más allá con tal de involucrarnos con los sentimientos de aquellos fantasmas juveniles.
Porque es verdad que la música desabrocha las formas y la frialdad de los automatismos modernos y comunes de públicos que aplauden por aplaudir, que tosen porque sí, que miran priorizando algún encuentro interesante dentro de la sala, y que tienen más prisa por escudriñar en su teléfono móvil mientras la orquesta desarrolla el tema principal de una sinfonía, o que en mitad de los intermedios o aún antes de que se agote la ovación del final del concierto, está ya poniéndose en marcha de vuelta a la realidad, porque la prisa manda.
Pero en el mundillo aquel de aquella noche, la palabra escrita del relator fue asaltada por el entusiasmo presenciado, y sus letras han cruzado el tiempo bajo la insignia del público universitario que aceptó a Tchaikovsky cuerpo adentro, como parte de la claridad gradual que la música consigue sembrar hacia el futuro.
Sin embargo, es difícil hallar indicios firmes de que sea la floración que corresponde al trabajo y cultivo de aquellos años de prólogo, y hasta parece difícil comprobar que sea la misma cepa que llegó feliz hasta nuestros días.
Pero ¿Qué es lo que ocurrió?, si de acuerdo a una de las acepciones de Cultivo , según la RAE, es: Fomento, mantenimiento y desarrollo de una capacidad, sentimiento o relación…
¿Se interrumpió el fomento, el mantenimiento o el desarrollo de alguna capacidad?
¿O hubo la ruptura de algún sentimiento o de alguna relación, o de ambas cosas?
Tal vez pronto los amanuenses contemporáneos aplaudan a la orquesta de aquellos fantasmas, hoy sin rostro ni nombre; y no haya necesidad de lágrimas sino de orgullo porque se les ha reincorporado desde el olvido.
Quizá solamente haga falta volver a escuchar La Patética, y exhibir mucha voluntad en el tempo allegro andante de la vida moderna contemporánea.
Yo aporto un recuerdo colectivo; pequeño y de ojos salinos; sólo eso.
-JJVT-
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JEAN PAUL SARTRE: «El recuerdo es el único paraíso del que no podemos ser expulsados» ——————–
La copia digital inferior de autor no identificado, corresponde a la crónica del concierto que incluyó la Sinfonía No. 6, «Patética» de Tchaikowsky. Dentro de los festivales dedicados al compositor ruso. Probablemente el artículo haya sido datado en 1942.
La copia digital de una fotografía del maestro Benjamín Cuervo, aparece en segundo lugar; en la tercera imagen se muestra al maestro Luis Sandi.
En ese mismo año de 1942, tuvo lugar un programa extraordinario de la OSU en el Palacio de Bellas Artes, anunciado por el INBA de la siguiente manera:
Octubre 26
Orquesta Sinfónica de la Universidad
José F. Vásquez, director, Luis Sandi, coros
Rafael J. Tello: Sonata trágica / Tríptico mexicano / Obertura de la ópera Nicolás Bravo / Preludio / Intermezzo
Arturo Romero, violín ; Juan D. Tercero y José Ordóñez, pianistas
Coro de Madrigalistas.

