Las aulas y la ópera mexicana

15 de junio de 2014

Esta vez he de compartir aquí una entrevista que sin estar datada puedo decir que proviene del año 1934, es decir, apenas de hace 80 años. Y al decirlo así no pretendo ser irónico ya que dentro de los hechos históricos de la música clásica mexicana, toda esta pequeña historia de un músico entre tantos, a veces parece más pertenecer a la simple anécdota y no al prólogo de lo que hoy son las instituciones que él ideó y fundó, o esas otras en las participó en aquellos tiempos de su génesis, para que hoy sean parte nodal de la realidad.Así que la anécdota es la entrevista publicada y no sus méritos profesionales.A pesar de que la imagen no ayuda mucho dada su baja calidad, es posible leerla casi por completo; yo he de centrarme hoy en los párrafos donde se habló del papel que mi padre tuvo como gran promotor de la ópera mexicana, tan menospreciada en aquellos tiempos; tal vez más aún que hoy, y esto nos da la medida de la dificultad encarada con tal de hacer escuchar la obra nacional.

¿Les suena como un asunto recurrente y familiar?…

Para quienes no puedan leer la primera parte de la entrevista, les cuento que ahí mi padre responde y explica el método que había implantado dentro de la Escuela Libre de Música, que él mismo había fundado y financiado en 1920.

Habla de su independencia en su funcionamiento, condicionado únicamente al pago de cuotas del alumnado, pero desmenuza también el método que creó e implantó, podría definirse como personalizado, basado en las diversas capacidades artísticas que cada aspirante posee, abatiendo de ese modo el esquema educativo antiguo que José F. Vásquez modificó, pensando en que ni el tiempo ni la capacidad individual deben ser los factores reguladores del aprendizaje, sino lo que por razón natural él mismo señala en el texto, como la prioridad: la capacidad artística de cada individuo.

La segunda parte de la entrevista fluye hacia el siguiente objetivo, la organización de una compañía de ópera en cuyo repertorio sólo figuraron autores mexicanos... «El decorado y los vestuarios fueron costeados exclusivamente por esta Escuela»… Aclaró así entonces mi padre, y nuestro cómplice, el entrevistador, hoy sin haber podido ser identificado, reiteraba el funcionamiento de la ELM, entre paréntesis: (sostenida solamente por las cuotas del alumnado)…

Una pequeña reflexión nos bastará hoy para imaginar la dificultad que suelen tener los proyectos así, cuando la voluntad los lleva contra viento y marea hasta su culminación.

A continuación, don José F. compartió, supongo que con orgullo, una lista de óperas que por entonces llevaron a escena; alguna de ellas, ya se sabe, jamás ha vuelto a recuperar su vida en el escenario. Y los augurios no son optimistas, según me han contado, debido a las cada vez más exiguas partidas presupuestales en favor de la cultura operística, pero sobre todo, por la invalidez volitiva de quienes miran hacia otro lado cuando se trata de programar una ópera mexicana.

No obstante, en aquel distante año de 1934, con su pequeña escuela particular de música, JFV logró estrenar Atzimba de Ricardo Castro. Representada en el Teatro Nacional (Palacio de Bellas Artes). Due amori de Rafael J. Tello, presentada en el Teatro Arbeu y en algunos teatros de los estados. Citlali, El Rajah, El Mandarín y El Último sueño, de su propia autoría. Además, decía don José F. Vásquez: … «Tenemos montadas La Leyenda de Rudel, también de Ricardo Castro y Nicolás Bravo asimismo del maestro Rafael J. Tello».

El entrevistado además señaló que en la casi totalidad de sus conciertos, la escuela programaba obras de autores mexicanos, tanto de los consagrados como de los nuevos valores de aquél entonces. Y si recordamos que esto ocurría dos años antes de la fundación de la hoy OFUNAM, podemos así mismo imaginar la necesidad íntima expandiéndose en el corazón y en la mente de don José F., para tener una orquesta sinfónica mayormente al servicio de este objetivo enfocado en la difusión de la obra mexicana.

Hacia el final del artículo, mi padre recuerda que su labor escolar finalizó aquél año de 1934, organizando un ciclo de conferencias sobre «nuestros grandes desaparecidos»… Y debo decir que me encanta el adjetivo posesivo que usó entonces mi padre, para evocar la figura de los músicos mexicanos muertos, en riesgo (yo supongo) ante los biombos mentales y la burocracia siempre activa en contra de la memoria histórica, más aún si se trata de artistas no populares, y más todavía si el caso alude a personas ajenas al poder establecido.

No puedo saber si en ese renglón de la entrevista, José F. Vásquez pudo presentir algo, es difícil aventurarlo, pero no deja de ser ingrato que hoy, las instituciones que él erigió y las orquestas que él fundó, no lo incluyan en los adjetivos posesivos que mucho bien hacen, tanto a la dignidad de las mismas como a la preservación de la verdad de los hechos que nos explican mejor por qué somos lo que hoy somos.

No quiero olvidar que aquellas conferencias fueron ilustradas por la obra de los recordados, y presididas (sic) por sus familiares. Un rasgo de respeto a los herederos que por desgracia no siempre se consuma.

Y el hecho de que la Secretaría de Relaciones Exteriores de entonces, haya pedido los textos de las mismas, con objeto de hacerlas figurar en la propaganda cultural en el extranjero, también nos dibuja todo un perfil de la época.

Cuando lo mejor de la entrevista parecía venir detrás de una última pregunta, el ángulo del escaneo no nos deja ver por escrito lo que José F. Vásquez tenía en la mente; el recurso para saberlo es la vida que nos permite vivir hoy frente al efecto de aquella causa, luego de haber pasado por el futuro cercano donde él prosiguió la construcción de sus ideas. Y así, desde su perspectiva, hoy estamos colocados en el lejano futuro, donde podemos atisbar su pensamiento y su obra por medio de la tecnología que nos responde lo que él hubiera querido saber.

Dos años después de aquella entrevista, él habría de concretar un sueño: la fundación de una orquesta dentro de un magno proyecto de la UNAM, la Orquesta Sinfónica de la Universidad, (hoy OFUNAM) que habría de dirigir durante 25 años. Y como hemos visto en las últimas semanas aquí mismo, ahí organizó concursos de composición, piano o violín, y conciertos didácticos al aire libre o en foros populares, entre otras iniciativas en pos del público juvenil.

Tres años después, en 1937, habría de encabezar los brotes verdes de una radiodifusora cultural dentro de la universidad, Radio UNAM. Algo que también hemos podido leer en este rinconcito virtual.

Visto lo visto y ante los hechos que hoy con toda comodidad sí podemos contemplar, ya no es tan necesario recuperar el resto del artículo extraviado en ese mundo amarillo, hoy puesto aquí dentro de un borroso color sepia, para conocer la respuesta, porque por su espíritu habla su labor.

Hoy me viene a la memoria una charla celebrada en Chetumal, durante un Congreso de Escritores en Lenguas Indígenas, al que fui amablemente invitado. Y aunque eso fue hace casi 20 años, aún recuerdo a un poeta en lengua tzotzil que me asombró cuando me contó que en su lengua hay pronombres posesivos que se usan sólo en plural, cuando refieren valores fundamentales, y a la Naturaleza, de ahí que no sea raro que al momento de mencionar el cielo, una orquídea o una mazorca de maíz, se diga: nuestro cielo, nuestra orquídea, nuestro maíz… Dando así un sentido más entrañable, más respetuoso y más comprometido, creo yo, donde se transparenta otra cosmovisión y otro espíritu.

¿Cómo es mejor… el cielo, o nuestro cielo? ¿Ese pirul, o nuestro pirul? ¿Esa dalia, o nuestra dalia?

¿Sería algo así como nuestra bandera, nuestra familia, nuestro universo, nuestra raza, nuestro espíritu, o nuestro fundador…?

Un chispazo de conciencia que nos impregna de un enfoque inclusivo y responsable; amoroso. Donde el olvido sería de todos, pero la memoria también.

-¿Podría usted decirnos, maestro Vásquez, qué proyectos tiene para el siguiente año escolar?

Eso le preguntaron aquél día a ese músico que fue mi padre, y como pueden ver ustedes, la respuesta se extravió durante la resurrección a manos del escáner. Por eso, en mi calidad de su heredero, me atrevo a contestar con la ventaja de saber lo que ha ocurrido con la reseña de la aventura humana de José F. Vásquez, encubierta por el biombo mental de la omisión.

Quizá aquél hombre, por entonces en plena floración intelectual, enfocado por un momento en el inevitable crepúsculo vital diría:

-Ustedes, quienes algún día me han de espiar desde el futuro, tengan a bien incluir mi nombre, mi obra musical y mi lucha universitaria, dentro de sus pronombres posesivos, porque mis frutos en su totalidad les han de pertenecer algún día… Y por favor háganlo sin un renglón de más, sin adjetivos pomposos pero sin cicaterías; como si hicieran la fotografía de un edificio y nada más.

Aquí pongo, 80 años después, unos puntos suspensivos… Y lo hago sostenido por la razón y en el conocimiento de que la nobleza obliga , y porque al final el arte es capaz de sobrevivir a la vida, solamente cuando se le antepone un pronombre posesivo y plural, capaz de incluirlo y defenderlo, como a nuestra vida.

-JJV-

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ROBERT BURNS: «La historia es cuestión de supervivencia. Si no tuviéramos pasado, estaríamos desprovistos de la impresión que define a nuestro ser» ————————

La primera reproducción digital superior es de una una entrevista concedida por José F. Vásquez en 1934, sobre el tema de las nuevas enseñanzas musicales en México y de su compromiso con la ópera de autores nacionales. El documento digital fue recuperado gracias a la generosidad del licenciado Pável Granados.

A continuación aparece uno de los programas que la Escuela Libre de Música publicó en aquel año de 1934, con objeto de anunciar la Conferencia del maestro Manuel M. Ponce, celebrada el 11 de noviembre en la antigua y primera sede de la escuela, en la calle de Belisario Domínguez No. 11, dentro del Ciclo de Audiciones – Conferencias, impartidas dentro del plantel.

La tercera fotografía corresponde al viejo edificio que albergó a la Escuela Libre de Música, en el Centro de la ciudad de México; la última nos muestra la fachada lateral de la sede actual de la escuela. Gracias al ángulo de la foto, la rama de un árbol oculta el error recurrente que se comete al escribir el apellido de la familia Vásquez.


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