La vertiginosa vida cotidiana de 1938

9 de agosto de 2014

Hoy nos volvemos a asomar al tiempo amarillo, usando uno de los portillos enfocados en aquel microcosmos pretérito, y lo hacemos gracias a la prensa escrita que nos vuelve a dar una respuesta de eso que hoy somos, gracias a lo que fuimos, con otro testimonio in situ, de uno de esos cómplices que como nosotros, aman a la música y a lo que hoy es la OFUNAM.Hoy emergen letras y emociones expresadas en ese entonces, por un joven muy prometedor que habría de convertirse en uno de los más notables hombres de la música, dicho así con toda amplitud, de quien es toda una institución dentro de la cultura en México, el maestro Luis Herrera de la Fuente.

En aquellas impresiones escritas por él en 1938, descubrimos una bien cimentada admiración por quien por aquellos días estaba al frente de la la Orquesta Sinfónica de la universidad, y de los brotes verdes de la naciente radiodifusora universitaria.

Debo decir que el hallazgo de las letras del maestro Herrera de la Fuente, se suman a las de Antonio Gomezanda, otro gran músico mexicano de la época, compartido aquí mismo hace unas semanas; ambas crónicas son un dibujo del escenario en derredor de los primeros años del prólogo de lo que hoy son dos instituciones nodales, no sólo dentro de la UNAM, sino a nivel nacional: La OFUNAM y Radio Universidad. Y no puedo evitar sentir el entusiasmo de las generaciones de jóvenes músicos de la época, plasmado en diversos artículos de prensa que nos transmiten, creo yo, un seguimiento cercano y acucioso de las actividades culturales universitarias, así como su voz idealista y sin compromiso.

Quizá sea posible respirar el fervor juvenil de aquellos aires, cuando el Anfiteatro Bolívar fue capaz de atropar la savia joven de preparatorianos y universitarios, colmando con su curiosidad, hasta los escalones del recinto para escuchar a su orquesta. Y si podemos imaginar quienes formaron parte del público entonces, no es difícil pensar que sin duda muchos de ellos habrían de ocupar poco más adelante, puestos capitales en el México que se construía por aquellos años en las aulas de la UNAM.

Hoy comienzo por el último párrafo escrito por ese joven Luis Herrera de la Fuente, que nos da su enfoque individual permeado por la energía que arriba he señalado: «Nos proponemos hacer de esta «tira» un rincón a la pureza musical en todos sus aspectos; un predio de desnudeces, tanto de la veracidad como de la falsedad. Nuestra mejor recompensa será lograrlo desapasionadamente» Toda una declaración de intenciones…

El testimonio del futuro maestro nos habla de las condiciones adversas enfrentadas en ese momento para levantar el proyecto de presentar por primera vez en México, «La creación del Mundo» de Joseph Haydn, uno de los oratorios fundamentales en la historia de la música. Y nos lo dice con claridad: «Muchos problemas de organización y ejecución hubo que solucionar para dar a conocer al público esta obra. Se necesitaba una mano firme y un corazón grande que no cupiera en los estrechos límites pecuniarios del presupuesto de la Orquesta Sinfónica de la Universidad. José F. Vásquez fue el hombre; (con el apellido mal transcrito, por cierto) y la realización correspondió brillantemente al esfuerzo, el saber y el entusiasmo que en ella puso»

El párrafo anterior nos pinta el escenario de austeridad monetaria que sufría la orquesta, y que habría de ser leitmotiv a lo largo de al menos los primeros cinco lustros en la vida de la sinfónica universitaria; 25 años que se dicen muy rápido, por cierto, y que si las cosas no han cambiado, apenas se mencionan hoy en los programas de mano de la temporada, ignorando que en ellos está cautivo el férreo carácter de de los líderes de aquellos tiempos, capaces de sostener viva la naturaleza del compromiso universitario con la difusión de la cultura, no obstante y a pesar de las presiones políticas de los adversarios de la UNAM. Algunos de ellos, cabe destacar, acabaron siendo quienes prestan su nombre en frontispicios, auditorios y orquestas de la actualidad. Una paradoja perfecta de lo que suele ocurrir en México.

De vuelta al siguiente párrafo del futuro maestro Herrera, nos dice: «Es tiempo ya de que nuestros melómanos se detengan a seleccionar sus verdaderos valores. El dinero puede comprar la popularidad pero no el prestigio; puede pagar la adulación pero no el respeto; porque respeto y prestigio forman un edificio cuyo arquitecto, en el caso presente, es la capacidad artística innata del hombre, y cuyos materiales son el estudio y el tiempo. José F. Vásquez (he decidido escribirlo correctamente) reúne talento y experiencia, y enriquece esas cualidades con indómita energía que lo lleva a empresas como la que motivó estas líneas»

Más adelante y abundando en la figura de mi padre, Luis Herrera de la Fuente nos revela un rasgo peculiar probablemente ignorado por muchos: «Él ha realizado al frente de la Sinfónica de la Universidad, obra fecunda. Ha enseñado a los hombres de mañana a amar la música como manifestación de alta cultura, por ella misma, al margen del esnobismo y pedantería de quienes van a lucir sus vestuarios en los intermedios; muy lejos de las damas disfrazadas de piñatas, tan ignorantes como burguesas o adineradas. Ha hecho llegar muchos momentos de arte sonoro a los humildes y sencillos que pasan todas las incomodidades para disfrutar una hora de música. Bienaventurados ellos, porque de los sencillos será el reino de la belleza»

Los años transcurrieron, y un día pedí cita para ver al maestro, por entonces Director Titular de la Orquesta Sinfónica de Minería; en aquel entonces yo ignoraba todo lo escrito por él en el año 1938, unos 50 años antes de nuestra reunión. Años en que yo estaba en la búsqueda de las partituras extraviadas de la obra musical de mi padre. Y acudí a él como resultado de la intervención de Franck Collura, un director italo-norteamericano que, por un azar del destino que otro día he de contar aquí, había quedado prendado del Intermezzo de la ópera el Mandarín, tanto que le propuso al maestro Herrera, interpretarlo en su visita como huésped de la orquesta. Como la obra se tocó y fue muy bien recibida por el público, unas semanas después, el entusiasmo y la gratitud me llevaron hasta la oficina de Herrera de la Fuente, pero también con la intención de que me ayudara a programar alguna otra cosa, entre la vasta obra orquestal de mi padre.

La visita fue formal pero grata, no así el resultado de mi expectativa que se frustró al no conseguir lo que yo quería, ni a corto ni a largo plazo. La programación de la orquesta estaba en manos de un comité de notables y no en sus manos, me dijo, y agregó que si tenía éxito en su gestión me lo haría saber.

Yo creo haber sido entonces uno de esos «sencillos destinados a la bienaventuranza». .. que él auguró 50 años antes en su texto; un ansioso también por escuchar arte sonoro, como decía él, de un músico que fue mi padre y del que por esos años menos aún se sabía. Pero no fue posible, y sólo ha quedado aquella fortuita programación del Intermezzo, como vínculo único entre la música de Vásquez, y una más de las grandes orquestas del país.

«Todo esto a propósito de un acontecimiento de arte que pasó rozando nuestros sentidos sin que nos detuviéramos en nuestra vertiginosa vida cotidiana a contemplar y valorar su mérito…»

Así abrió el texto el joven Herrera de la Fuente, con rumbo al elogioso relato del año 38, arriba desmenuzado, y me deja un pensamiento. Quizá cinco décadas antes, en la entretela de su texto, aquél joven relator musical sin él mismo saberlo, le dio destino al elogio enfocado en José F. Vásquez, por un lado al… «contemplar y valorar su mérito»… Pero también por el otro, tal vez aquellas viejas letras hoy en manos del tiempo amarillo, presagiaron el mal de «la vertiginosa vida cotidiana» de un director al frente de una gran orquesta en los años 80, que saturado de trabajo, acotado quizá en sus decisiones, al confesarme que al ser una obra tan desconocida sería muy difícil que el comité lo aprobara.

Recuerdo que al salir pensé que si la obra no se toca seguiría siendo desconocida, por aquello de qué fue primero si la gallina o el huevo…

Y así fue cómo no se pudo repetir nada de su obra en esa orquesta. Ninguna de las sinfonías o de los conciertos o poemas sinfónicos o misas del viejo maestro que… «ha enseñado a los hombres de mañana a amar la música como manifestación de alta cultura»…

Un mérito insuficiente frente al olvido institucional, más allá del maestro Herrera. Y acaso también un texto con el don del resumen de un augurio encapsulado en las tripas de aquel texto del joven entusiasta, cuando dijo que la labor de don José F., «pasó rozando sin que nos detuviéramos en nuestra vertiginosa vida cotidiana, a contemplar y valorar su mérito…» un estatus que muy a mi pesar continúa vigente.

Ojala que la luz persista y siga comiendo sombra para que la suerte cambie, hasta llegar el día en que se detenga y no solo lo roce, sino que lo mire y lo envuelva completo y de frente.

-JJVT-

La primera imagen a la izquierda, corresponde a la crónica musical aparecida en prensa en 1938, firmada por quien aparece a continuación del lado derecho: el joven maestro Luis Herrera de la Fuente, (Ciudad de México – 25 de abril de 1916).


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