Del cabaret a la sala de conciertos

13 de septiembre de 2014

Con frecuencia los frutos de la investigación maduran gracias al azar, y si bien conviene enfocar el resultado desde la causalidad, para lograr una interpretación más objetiva, conviene dejarlos sustanciar de acuerdo a sus propias valencias, sin considerar lo que falta como el núcleo del hallazgo, aunque bien pudiera serlo.Eso lo he ido aprendiendo a base de quebraderos de cabeza y de angustia por no haber podido completar algún rompecabezas en turno. Pero todo es así de imperfecto.

Y a pesar de ser verdadero el saborcito amargo del regusto frente al saldo final, es necesario seguir adelante pensando que tal vez en la próxima escala de los hallazgos reaparezca la explicación, pero a su tiempo y a su ritmo.

Este es el caso del curioso testimonio de uno de nuestros fantasmas anónimos que a través de sus letras nos ha dejado sus ojos para mirar una escena de la vida de José F. Vásquez, pero desde otro ángulo semi oculto, y como un reflejo suyo en la vida de un pianista. Hoy extraviado también detrás del olvido.

«Había yo visto muchas veces pasar cerca de mí, en los pasillos de la «W», a un muchacho alto de pelo atractivamente gris en las sienes, ojos claros, sinceros, y muy pocas palabras. Después le vi sentado al piano en diferentes orquestas. Nada de esto era extraordinario. Pero hace unos días asistí a un concierto en que con la Orquesta Sinfónica de la Universidad, iba a ejecutarse el Cuarto concierto de Beethoven para piano y orquesta. Obra bellísima. De verdadera prueba para el solista. Me gusta la música buena. Cuando llegó el respectivo turno, vi salir y sentarse al piano al muchacho alto, de pelo atractivamente gris en las sienes etcétera, etcétera…

¡Esto sí que tenía mucho de extraordinario!

Porque estamos acostumbrados a escuchar en la radio acompañantes hábiles, pero pianistas, no. Y Edmundo Méndez es pianista en la más alta expresión de la palabra.

Entonces sentí el deseo de charlar con él y le busqué para ello.

Su sencillez corre pareja con su talento. Ni una palabra de vanidad. Ni una sol mención de éxito. Habla con voz ligeramente apagada, tierna, cuando se refiere a su maestro; apasionada cuando piensa en el porvenir…

Yo le abordo.

– Me ha llamado la atención que, tocando programas de radio, interprete usted a Beethoven en obras de positiva dificultad y haya sido elegido por el maestro José F. Vásquez, cuya delicadeza conozco, para el concierto que escuché en el Anfiteatro Bolívar…

– Sí, puede parecer un poco extraño… También he tocado en cabarets, hace quince años poco más o menos, cuando las piezas se le pedían al pianista a tiros… Mi carrera ha tenido variantes curiosas…

Preso en los recuerdos, Edmundo va contando a saltos su vida de estudios que comenzó cuando tenía trece años de edad. Lo inició en el piano su propia madre. Cuatro años después encontró a quien iba a ser su guía y ejemplo y por quien él siente una veneración sin límites: el maestro José F. Vásquez. Con él estudió poco menos de tres años, al cabo de los cuales tuvo que abandonarle porque el trabajo del cabaret le absorbía. Había que pelearle a al vida. No fue sino hasta mucho después, en 1936, que volvió, entonces con mayor anhelo que nunca, a estudiar con su mismo maestro; pero esta vez para no dejarlo ya. Trabajaba en la radio; pero estudiaba enérgicamente. Tres años después hacía su presentación como concertista interpretando los estudios sinfónicos de Schumann, Scriabin, Debussy, Ravel y otros autores. Aquello fue el alfilerazo definitivo que le hizo aferrarse a su idea más aún.

– Nuevamente, en 1940, en el concierto inaugural de la temporada sinfónica de la universidad, actué, esa vez tocando el concierto de Bortkiewicz: y últimamente, ya Beethoven. En la actualidad preparo dos conciertos de piano solo a base de Schumann y Chopin, uno, y otro con autores contemporáneos: Stravinsky, Prokofiev, Bela Bartok… A veces en la radio puede uno interpretar buena música, los programas de la casa Steel me lo han permitido; pero eso es poco corriente. De todas maneras sigo preparándome con entusiasmo y soñando con llegar a ser un verdadero concertista, para dedicarme a la música que amo. Cuanto he logrado lo debo a mi maestro, para quien no tengo sino una gratitud inmensa, que jamás llegaré a demostrarle suficientemente ya que no solo sus enseñanzas me ofrece, sino la generosidad de un cariño, que es lo que más me anima y que por nada del mundo querría yo defraudar. Si llego alguna vez a lo que sueño, todo lo habrá hecho mi maestro. Ya ve usted, del cabaret pasé a la radio y de allí a la sala de conciertos. Este milagro solo tiene para mí un nombre: José F. Vásquez…

Reproduzco las palabras de Edmundo, a sabiendas de que ellas tocarán el corazón de mi respetado amigo, el maestro, y que han de proporcionarle una alegría por demás merecida: porque, ¡Señor, hay tantos alumnos ingratos por ahí!… Tantos de los que, pese a todo esfuerzo, no se logra nada… Y ya que ser un creador, formador y director de la Orquesta Sinfónica de la Universidad no da sino dolores de cabeza, ¿que menos que enterarse, aunque sea en letras de molde…»

Y así, inacabadas y truncas, yo reproduzco aquí ambos testimonios, como una metáfora igual a la de los quehaceres humanos que suelen interrumpirse por alguna de las formas de muerte, incluida el olvido, donde estas letras integradas dentro del cuerpo de un texto de gratitud y excepción.

Hoy apenas, luego de leerlas, tendríamos que intuir su final y el desenlace también de la historia del protagonista, asimismo difuminado, detrás de un anonimato incapaz de proteger su pequeña historia de la riada que va erosionando la vida de los otros, y alguna vez, la propia.

-JJVT-

La primera imagen es una reproducción digital del recorte de prensa donde se muestra la entrevista al maestro Edmundo Méndez, aunque no ha sido posible precisar al autor de la misma.

La segunda, al centro, reproduce un ejemplar de la propaganda de la Temporada Popular de conciertos de la Orquesta Sinfónica de la Universidad, publicada en la Gaceta Universitaria del mes de noviembre de 1961, un mes antes del fallecimiento del maestro Vásquez, dentro de la que se aprecia la participación del maestro Méndez como uno de los solistas anunciados.

La tercera imagen corresponde a un aspecto de la entrevista de prensa con la fotografía de los protagonistas de la misma.


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