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28 de septiembre de 2014
Hay imágenes de un significado más profundo que otras, todo depende de los códigos individuales asimilados a base de vida, aplicables en el lenguaje de las interpretaciones. Porque somos lo que hemos aprendido a ver, para ser. Sin importar lo que otros deseaban que viéramos para que fuéramos otros, y con frecuencia muy en contra de las apariencias que dictan las verdades acordadas.
Así, la imagen de un mosaico de rostros memorables me parece incompleta, aun presumiendo que ahí, detrás, entre las sombras de una fachada magnífica yazca alguno que no vislumbro. E incluso sabiendo que su marginalidad se deba a ese factor humano del que somos cómplices involuntarios cada día y cada noche, cuando cerramos los ojos para dejar atrás gran parte de lo que vimos, de lo que otros quisieron que viéramos o de lo que por casualidad miramos sin mirar.
Y es así que detrás de los párpados se acumula eso que fuimos o que no pudimos ser, a causa de nuestras decisiones, pero a veces también como parte del saldo caducifolio de la memoria humana.
Dentro de dos días se han de cumplir 80 años de que el Palacio de Bellas Artes haya sido inaugurado oficialmente, es decir, de haberse celebrado la liturgia correspondiente.
Sin embargo, antes de aquel acto, el 16 de septiembre de 1928, alguien estuvo ahí, (entonces Teatro Nacional) llevando una orquesta y una compañía de ópera, para presentar Atzimba, de Ricardo Castro, inaugurando así la ruptura del silencio con las notas de una partitura que se transformó en voces y en sonidos orquestales, por vez primera en la historia de esa sala, que 6 años y 14 días después, abriría sus puertas con algún discurso, alfombra roja y brindis de champán, luego de haber cortado el listón, supongo, de manera oficial.
Pero el nacimiento sonoro de aquel recinto había sido antes organizado por un joven de 31 años, director de orquesta, que por aquellos años había fundado la Compañía de Ópera Mexicana, sufragando con sus propios ahorros aquella primera puesta en escena, como eslabón inicial de una temporada operística mexicana que, por cierto, no se pudo prolongar por, como se dice en estos casos, problemas ajenos a la voluntad del productor-empresario-director, debido, parece ser, a un conflicto interno del Sindicato de Filarmónicos.
Por esa fecha, el joven director en cuestión había también presentado ya, a las autoridades de la UNAM, el proyecto para fundar la Orquesta Sinfónica de la Universidad. Una idea que había comenzado a bullir en su mente desde 1926, estando al frente de una orquesta de cámara compuesta por colegas profesores de la Escuela Nacional de Música. Hasta que en los primeros meses de 1936, 10 años después, pudo transformarse en parte de la realidad que todavía atestiguamos hoy, cada vez que suena la hoy OFUNAM.
Ese rompedor del silencio de la sala principal del Palacio Bellas Artes, ese director-productor-empresario, ese visionario…
(De visión. 1. adj. Dicho de una persona: Que, por su fantasía exaltada, se figura y cree con facilidad cosas quiméricas. U. t. c. s. 2. adj. Que se adelanta a su tiempo o tiene visión de futuro. Apl. a pers., u. t. c. s.)
…una definición que me encanta… Más aún porque dentro de ella puedo acomodar el nombre de José F. Vásquez, mi padre.
El inaugurador extraoficial o primer amor sonoro de la sala.
¿Habrá alguien cruzado el Canal de Suez, antes de ser inaugurado administrativamente?…
¿Habrá alguien descubierto América, antes de Colón?
¿Habrá alguien nacido antes de lo que aparece en su acta de nacimiento?
Se me vienen a la mente preguntas similares, pero son ideas oblicuas al tema de este domingo.
Así que hoy, 28 de septiembre de 2014, conforme fui mirando esa imagen fruto de un juego de luces y sombras, y retrato de la realidad oficial actuante, mis ojos comenzaron a visionar por ahí, en alguno de los resquicios que separan los dos universos y los múltiples mundos cuánticos, un rostro.
Un rostro que al no existir ahí, existe.
Igual que existe su primera llamada de atención a la orquesta ese 16 de septiembre de 1928.
Igual que existen las primeras notas de aquella Atzimba de Ricardo Castro, de quien por entonces José F. Vásquez era depositario legal de su obra, por voluntad de los herederos de Castro.
Igual que existe la irrupción de la luz escénica en los movimientos preliminares de los cantantes sobre el escenario; o las primeras respiraciones de emoción de un conjunto de artistas que aún sin formar parte de la ceremonia posterior de inauguración administrativa de la sala, permanecen ahí mismo, por efecto de la energía transformada que su sudor, quizá muy dulce, les habrá dejado dentro de la felicidad irreversible de haber sido los primeros sobre aquel escenario.
Porque si Lavoisier tiene razón, «la materia y la energía no se crean, ni se destruyen, sólo se transforman»
Así que aunque hoy parezcan ser fantasmas vueltos sombras en el hermoso collage colorido de este magnífico monumento, están ahí.
Y están gracias a ese otro descubrimiento: E=mc2, que antes de salir a la luz estuvo detrás, entre sombras de la ignorancia humana.
Como todo lo que todavía hoy no vemos ni sabemos.
Lo demás es parte de los acuerdos de la realidad que, como todo lo realizado por la mano humana, es fugaz, imperfecto, y cambia, porque aloja historias detrás de la Historia y de sus borrones, y son un trozo del claroscuro, tan nuestro.
Recordando mis tiempos escolares, con mi cuaderno adormilado de física y su fórmula del E=mc2, mientras a bordo de un tranvía yo solucionaba un crucigrama, o las 7 diferencias entre dos imágenes en apariencia idénticas, les pongo aquí, queridos Allegros re allegros, un par de fotografías, para que si les apetece, jueguen a encontrar las diferencias.
Y les ayudo: hay luces que provienen del 30 de septiembre de 1934 y sombras ocultas desde el 16 de septiembre de 1928.
Cosas que aún no vemos ni sabemos, hasta que la luz llegue.
Ya saben, el claroscuro es tan nuestro…
