El violín peregrino

28 de febrero de 2015

Allegros Re allegros, queridos todos; una semana más en el encuentro al que nos vinculan, la voluntad, y las letras.
En estos últimos dos días he querido observar con atención los rostros, los aspectos y las actitudes de los ancianos más mayores, esos seres que de una u otra forma han logrado recorrer toda la aventura humana, no obstante lo ingrata que suele ser, no obstante su crudeza, no obstante los procesos en los que se enfrenta al dolor, a la pérdida y al vacío de las ausencias, no obstante la reiteración de absurdos de la realidad que hemos creado en derredor, y a pesar de la intermitencia de fe en la misión que nos corresponde y que suele desequilibrarnos puntualmente.Quizá su longevidad se deba simplemente a lo maravilloso que es vivir, y de hacerlo sabiendo para qué. Porque si envejecer es obligatorio, crecer es absolutamente opcional.

Estas observaciones han venido a mi mente pensando en Gloria, mi madre. Pues la muerte ha sido demasiado prolongada, comparada con su vida tan breve de menos de 43 años; un soplo entre los tiempos, un parpadeo en forma de pequeña historia que ella protagonizó como en un sueño, diría el poeta.

Ella lo supo, acaso lo sabe; yo también.

Y así, entre suspiro y suspiro, fue inevitable reflexionar a cuenta de que el pasado día 22 de febrero, ella hubiera cumplido 93 años.

¿Cómo hubiera sido su vida si la esperanza contemporánea se hubiera cumplido?

¿Cómo hubiera evolucionado como mujer, como violinista y como madre, abuela, y bisabuela?

Ustedes me han de perdonar este ejercicio en apariencia inútil, que sin embargo me hace comprender los ángulos impensados que ha tenido mi propio camino, y que hoy en plena abuelidad feliz me refuerzan, renovando así mis gratitudes fundamentales con respuestas.

En palabras de Jung: «La vida es el punto de apoyo para la verdad del espíritu».

Y doña Gloria Margarita Torres, viuda de Vásquez, fue un grato primer ejemplo invicto de ello.

Quizá sea por eso que yo la recuerdo más como viuda, imbuida en su alegre resistencia contra las serias adversidades desencadenadas luego de la muerte del entonces respetado e importante maestro Vásquez, jefe de una familia acostumbrada a un tren de vida exigente, donde la felicidad y la música habían sido su fuerza motriz. Y que de pronto, sola, con dos hijos de 7 y 10 años, tuvo que afrontar el mundo aquel en que la falocracia destinaba para la mujer, un papel aún más discriminatorio que hoy en día; en roles, salarios, derechos y todos los etcéteras que todavía hoy encara la mujer de nuestros días.

Gloria amanecía tarareando canciones o pasajes sinfónicos para ir y venir, siempre con prisa, del mundo laboral que había cambiado radicalmente desde su despido de la orquesta, de la que formó parte desde el año 1940, cuando ella tenía 18 años y era la más joven de los músicos y una de las dos únicas mujeres. Tal y como nos lo demuestra la fotografía que a pesar de anunciar el programa inaugural, no corresponde al primer concierto de la orquesta celebrado en la fecha que se anuncia.

Sin embargo ella nos contempla desde ahí, sentada en la tercera fila de violines, (hacia el centro de la orquesta) hoy borrosa y aquejada de olvido. Como casi todo aquel mundo inicial de la orquesta.

Un día dejó de ir a los ensayos, a los conciertos, y aquél niño que fui lo supo, sin saber por qué algo tan raro había ocurrido. Y es que nuestra sorpresiva ausencia del palco de Bellas Artes se hizo asidua, y me decía algo.

Así entonces ese niño supo que los horarios de aquella violinista habían cambiado y que también era llamada como suplente a otras orquestas como había ocurrido en su juventud; a grabaciones o presentaciones de conjuntos de música popular, muy conocidos entonces, como las orquestas de Chucho Ferrer, o a de Chucho Zarzosa, por ejemplo. Y es que Gloria llegó a grabar con las estrellas rockeras del momento, como Cesar Costa o, Alberto Vázquez, y de lo que yo recuerdo hay un pequeño solo dentro de una canción de Ricardo Roca: Granito de arena.

La recuerdo un día desayunado con nosotros, mostrando un LP autografiado por Nat King Cole, a quien había acompañado la noche anterior en el Señorial. Uno de esos cabarés para grandes, al que Gloria acudió feliz luciendo sus mejores galas y porque además la paga era mejor.

Por aquellos años se intensificó también su actividad con el Cuarteto Clásico de la Ciudad, con quienes llegó a ensayar en nuestra casa ante la inminencia de algún compromiso importante, más allá de las misas o «huesos» en general que solía buscar a veces sin mucha suerte.

La vida de viuda le había cambiado el proyecto de vida que sin duda había imaginado poco antes. Y yo, en mi calidad de hermano mayor, debía cuidar más de mi hermana… (si mi santa madre hubiera sabido…)

Como todo cambio vital trajo asimismo experiencias inéditas para aquél niño, quien por primera vez tuvo la oportunidad de acompañar a su madre y de portarse bien, de acuerdo a sus instrucciones, sentadito entre los contrabajos… mirando parcialmente desde el foso, la primera Madama Butterfly de su vida, y de acudir también más o menos de la misma forma, al primer Lago de los Cisnes, en el Auditorio Nacional.

De todas esas maneras, Gloria se mantuvo en la aventura humana en esa su etapa de joven viuda, y de madre amiga que yo fui descubriendo cuando sin que nadie lo sospechara, le quedaba poco más de un año de vida.

¿Cómo hubiese sido en su vejez?

Como yo no nunca me he sentido capaz de imaginarla con 96 años de edad, me ha entrado la curiosidad de observar a los ancianos mayores. Y por fortuna ayer recordé un fragmento de uno de los cuentos de Mujeres de ojos grandes, de Ángeles Mastretta. Un libro muy hermoso que leí hace muchos años, pero que hoy ha vuelto a la memoria por fortuna justo a tiempo, para sacarme del atolladero:

«Hay muchas maneras de dividir a los seres humanos – le dijo -. Yo los divido entre los que se arrugan para arriba y los que se arrugan para abajo, y quiero pertenecer a los primeros. Quiero que mi cara de vieja no sea triste, quiero tener las arrugas de la risa y llevármelas conmigo al otro mundo. Quién sabe lo que habrá que enfrentar allá»

Con mi madre yo aprendí además que la pereza, enferma, que el miedo, mata, y que lo hacen de modo inexorable y con una lentitud que engaña. Asimismo comprendí que conviene no dejar nada por hacer en una próxima vez que, ya se sabe, puede no repetirse, porque el valor de una excepción como es cualquier vida, solamente se explica con verbos de acción.

Por eso, queridos Allegros, un puñado de letras asomadas por una grieta virtual del universo del anonimato, conmemoran hoy que los ausentes que no alcanzaron la vejez, como ella, quizá hayan hallado al final del camino la esperanza en depositar todo eso que fueron, en la memoria; no sólo de quienes les amaron; tal vez también alcanzaron a creer que otros, a quienes precedieron dentro de la realización de un proyecto colectivo tan valioso para un país, como es una orquesta sinfónica, tampoco relegarían su nombre y su quehacer a una simple aparición fugaz y casi fantasmal de su rostro, dentro del mundo amarillento de una fotografía borrosa, donde parece que todo lo muerto, siempre lo estuvo.

Pero no es así.

La vida anterior también tuvo sudor y lágrimas, y risas; porque también fue vida.

Y acaso los primeros 25 años de la Orquesta Sinfónica de la Universidad, hayan sido tan arduos pero a la vez tan dichosos, que hoy podamos ver que las arrugas de la hoy OFUNAM se dibujen hacia arriba y no hacia abajo.

Y este es mi caso, gracias a las primeras carcajadas que aprendí de Gloria Torres; toda una especialista del tema.

Espero, queridos Allegros re allegros, que mi breve introspectiva no haya sido demasiado cursi para sus ojos; si acaso apenas en la dosis en que el amor hace explicable la suficiencia de lo irreparable, y lo digno de la gratitud.

Gloria Margarita Torres viuda de Vásquez (22 de febrero de 1922 – 14 de enero de 1965); mujer, madre, esposa, violinista, docente y cómplice de un prólogo entrañable dentro de la memoria de la hoy OFUNAM.

Su vida fue demasiado breve; ella lo supo; yo también.

Quizá hoy en su papel de bisabuela, hubiera seguido tarareando «Auttum leaves» , o algún pasaje de sus conciertos como solista. Y como evidencia victoriosa, seguramente sus arrugas apuntarían al cielo.

-JJVT-

Las imágenes de arriba nos muestran aspectos del recorrido profesional de la maestra Gloria Torres. Como estudiante de violín, como atrilista en conciertos dirigidos por Julián Carrillo, Arnulfo Miramontes, Juan D. Tercero y por su marido, José F. Vásquez, respectivamente. Aparece después la carátula de un LP de Nat King Cole mencionado en el texto. La última fotografía le fue hecha poco antes de su muerte, a la edad de 42 años.


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