Un olvido recobrado en 1949

30 de agosto de 2015

He comprobado de nuevo que el olvido es un archivo eficaz, puntual, y muy sorprendente, algo así como la página en blanco del día a día.En su interior la inmediatez de pronto funciona gracias a una conectividad, primero velada, luego inquietante, con un boceto previo al recuerdo mismo; como una acuarela en proceso. Después emergen floraciones vagas de lo ocurrido en busca de su sincronía con la verdad que desde antes sabíamos, pero que por algún contagio mental involuntario, fue a dar al trastero de algún momento anónimo de uno de esos días inanes.

En el caso siguiente, todo se debe a una conversación entre risas que el niño que fui habría escuchado, seguramente en mitad de algún juego en turno. Allá, a lo lejos… En el mundo hablante de los grandes. Donde todo parecía siempre más serio y más formal, excepto en boca de Gloria Torres, mi madre, atenta siempre a la rendija por donde podría caber una risa.

Y así la recuerdo hasta en los últimos días de su vida.

En cama; sentenciada ya por la enfermedad que yo ingenuamente creí o quería creer que la respetaría en sus casi 43 años de edad, por entonces prontos a cumplirse.

Fue la época en que me acostumbré a jugar en su habitación, a un lado del tanque de oxígeno.

― Anda, pon a Lalo…

Alguien trajo el pequeño tocadisco portátil de cubierta de cuero, como un maletín, francés, modernísimo, comprado por mi padre no sé dónde.

Luego del ruido inicial del giro del aparato, seguido por roce de la aguja inaugurando su ciclo sobre el vinilo, y hasta la primera nota, había sido tiempo del silencio, hasta que la música ocupó la escena y así, la voz caediza de mi madre cambió su entonación…

― Cómo me gusta el Intermezzo…

Aquél niño que fui siguió con su juego y apenas logró capturar una que otra palabra de la conversación adulta. Sin embargo, la emoción dentro del suspiro de Gloria, luego de escuchar la obra, y los bravos.. . casi musitados, fueron a depositarse ahí, en el archivo del olvido que hoy me lo ha devuelto, justo cuando yo lo requería; era necesario explicar esta conectividad con mi empeño, en pos de un hallazgo visual que avalara ese conocimiento casi fantasma, alojado más allá de la memoria.

Y el hallazgo apareció al fin hoy en Internet, y una vez más, como ha sucedido con cada pieza de este rompecabezas familiar, me ha hecho sonreír y respirar con profundidad.

De aquella escena vespertina en mi casa de infancia, a fines de 1964, nada permaneció vigente, ni la casa, ni la amiga visitante de aquella tarde, mucho menos los vacíos de la conversación que someramente habré captado; nada; ni siquiera la obra de Eduodard Lalo, pues lo que a la larga acaparó la vagueza de mi recuerdo, fue el ritmo andante de las burbujas del oxígeno.

Sin embargo, la maquinaria completa donde se guarda el olvido funciona a pesar nuestro, aunque detrás del biombo, como una suerte de sueño translúcido, pues desde aquella tarde, cada vez que la Sinfonía Española se dejaba escuchar, algo se me removía por dentro reacomodando los cristalitos del caleidoscopio.

Yo sabía sin saber y sin tener comprobación, que mi madre había interpretado esa obra alguna vez en alguna sala de conciertos, pero como eso había pasado antes de mi nacimiento, esa idea llegó a ser una hipótesis una vez más débil, colocada justo en la línea limítrofe entre la realidad y el mal llamado olvido; y así, los años se fueron yendo.

Hasta esta mañana…

El hallazgo documental ha sido luminoso, y más allá del mucho o del poco valor que pueda tener como tal, se ha convertido, de golpe, en una pieza más del rompecabezas de la historia de esta familia. Todo un laberinto que por fortuna decidí recorrer sin más brújula que una amorosa curiosidad.

Corría la XII temporada desde la fundación de la Orquesta Sinfónica de la Universidad, que a pesar de haber sido en 1936, se comenzó a contar desde 1937; no sé por qué.

Es el domingo 28 de agosto de 1949.

Son las 11: 15 horas.

El Palacio de Bellas Artes es el escenario.

Y como fue un recinto que decenas de veces visité, hoy puedo aún imaginarlo con facilidad con la gente caminando por los pasillos hasta su butaca, mientras los músicos han ido entrando para pulsar su instrumento.

Casi puedo escuchar ese rumor de notas hasta la irrupción del oboe para que la orquesta afine entre el bisbiseo del público. Y esa duce tensión que precede la entrada del director, casi puedo sentirla si cierro los ojos.

El programa ofrece, en primer lugar, La Sinfonía No 2 en sí menor de Aleksandr Borodin, que por primera vez será escuchada en México.

A continuación, se presenta la Sinfonía española de Édouard Lalo, una sinfonía concertante o concierto para violín y orquesta.

Luego del intermedio, la orquesta ejecutará la suite, El gallo de oro de Nicolai Rimsky-Korsakov.

Y ustedes han de perdonar que vaya yo a reservar para el desenlace, una información que debiera anteceder o bien haber sido intercalada en el cuerpo del programa.

Y es que no deja de ser curioso que lo que prima en la vida sean los hechos, es verdad, pero que sea en la perspectiva con que se les mira, donde se finque la diferencia de su alcance. Y es que con cada uno de estos significados íntimos, vamos alimentando el relato vital cuerpo adentro y les atribuimos el papel de esencia que nutre o debilita lo vivido, pero que además a la larga nos define.

Porque al final, mucho de lo bueno que podemos ser con nuestros semejantes, lo hemos fundamentado en un amasijo así de aprendizajes contenidos como rasgos de carácter.

Así que el programa de un concierto en cualquier sala del mundo, es un hermoso acto convergente de artistas y de amantes de la buena música; una convocatoria para pausar la vida, que, no obstante y al mismo tiempo, puede no pasar de ser un anuncio marginal ininteligible, colocado en algún muro de la prisa citadina, o hasta ser un mensaje incomprensible y elitista plagado de términos raros y extranjeros.

Pues el programa de un concierto dirigido a melómanos puede no ser ni contener nada sino un trozo de indiferencia común y corriente.

Todo depende de la incapacidad creadora de nuestros días, tan poderosa como la capacidad contraria empeñada en seguir.

Aunque, créanme, su significado bien puede vertebrar la letra rota en el apellido de alguien…

Porque a veces da la impresión de que la Historia oficial importa menos cuando se ajusta el zoom y se le ve con atención bajo la luz de una buena linterna puesta de cara a las pequeñas historias que la conforman, pues es allí donde la vida pierde galones y títulos o maquillaje, con tal de ganar o de recuperar alguna verdad oculta.

Y como ya se sabe que estamos aquí para crear poco a poco nuestra verdad, para creerla y recrearla, y para llevarla por todas las calles de la vida, hasta que se agote el reloj, aquí doy fe de un capítulo yacido detrás del olvido utilizado por casi todos los demás.

Gracias al programa de un concierto de la Orquesta Sinfónica de la Universidad, durante la aspereza continuada de sus primeros 25 años de existencia, hoy apenas mencionados de manera oficial mas que de un plumazo, surgió una pequeña luz comiendo sombra.

Ahí detrás, en uno de sus días de luz en Bellas Artes, tan llenos de Borodin y de Rimsky Korsakov, existió un Lalo imposible de ser reeditado, y que hoy en esta casa se parece mucho al amanecer de uno de mis tantos olvidos, en tempo allegro ma non troppo.

En el programa de aquel domingo se leía:

Director: José F. Vásquez

Solista: Gloria Torres de Vásquez

Una pequeña historia sabida quién sabe cómo, recobrada como efecto del olvido puntual de toda una vida relacionada con un violín, que cada vez que ha sonado, sabe Gloria.

-JJVT-

La primera imagen corresponde a una reproducción del programa del concierto de la Orquesta Sinfónica de la Universidad, del domingo 28 de agosto de 1949, en el Palacio de Bellas Artes.

La imagen de la derecha muestra una fotografía de la maestra Gloria Torres por entonces ya viuda de Vásquez, el año anterior de su fallecimiento, el 14 de enero de 1965.


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