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15 de febrero de 2021
Una vez más, con exactitud asombrosa, ha llegado a mis ojos la copia digital de un documento relacionado con mi padre, datado el 16 de febrero de 1937, es decir que el mundo aquel vigente al momento de su expedición, ha de cumplir 84 años de haber muerto, mañana mismo. Y tal cantidad de tiempo podría equivaler a un existencia humana, por demás generosa, pues en esencia somos un proyecto amoroso (quiero suponer) mensurable en tiempo.
Pero la supervivencia de nuestros hechos plasmados, antes en papel hoy en medios digitales, hablan de lo que hicimos y por tanto de lo que fuimos. Tal vez por eso será bueno cuidar cada letra en cada documento, si queremos que las generaciones del futuro puedan interpretarnos con la cabalidad que hoy cada uno queremos, a la hora de escribir un documento que como nosotros, pierde su presente y corre el riesgo no poder asegurar la calidad de su futuro.
Y es que la memoria escrita termina siendo interpretada por alguien que quizá hoy ni siquiera ha nacido. Algo parecido al destino de una partitura.
El manifiesto en cuestión es una convocatoria expedida por el Departamento de Acción Social de la Universidad Nacional Autónoma de México, enfocada en un concurso abierto para encontrar un violinista que interprete el Concierto para violín y orquesta de Beethoven, todo un reto diría yo. Y el premio ofrecido dentro del cuerpo de aquella comunicación, ascendía a 250 pesos.
Aquel año de 1937, el segundo en la vida de la joven Orquesta Sinfónica de la Universidad, el proyecto cultural universitario avanzaba con vigor y fue orientado al público popular, de ahí que la temporada haya ofrecido su primer concierto al aire libre, el 24 de enero en el hemiciclo Juventino Rosas del parque de Chapultepec, en el que se incluyeron obras de Felipe Villanueva y Ricardo Castro entre los autores mexicanos.
El segundo tuvo lugar el 10 de febrero en el Teatro del Pueblo, y un tercero se presentó en el Teatro al aire libre Lindbergh, del parque San Martín, e incluyó una obra de Julián Carrillo.
Luego vendría un ciclo de conciertos populares de la entonces temporada inaugural, entre junio y noviembre, efectuados en su sede oficial: el Anfiteatro Bolívar.
Un dato digno de mención es que durante la celebración de este ciclo habría de inaugurarse Radio Universidad, el 14 de junio de ese mismo, año de 1937, por demás significativo e icónico dentro de la historia de la cultura universitaria.
El primer concierto trasmitido al aire por la radiodifusora universitaria, estuvo integrado por Fragmentos de Las bodas de Fígaro de Mozart, la Sinfonía Inconclusa de Schubert, y por los Preludios Sinfónicos de Liszt. Desde esa fecha los conciertos oficiales de la orquesta, realizados desde su sede, habrían de ser transmitidos por Radio Universidad.
Los directores de aquellas temporadas fueron, José Rocabruna, y José F. Vásquez, titulares de la orquesta, y el primer director huésped de la agrupación, fue Manuel M. Ponce.***
Después de leer el documento con la grata sensación de avizorar un hecho en el que intervino mi padre, me quedé pensando en la cantidad de personas y de acciones de cada una de ellas, para que hoy, 84 años después, seamos nosotros quienes podamos constatar que su convocatoria significó un ladrillo de la gran catedral, y que desde la nada se inventaron una orquesta, una radiodifusora, y con ello, fuentes de trabajo que hoy siguen siendo parte del tejido social de la cultura en México. Y sin duda, toda estructura creada al servicio de la cultura, en cualquier parte del mundo, más aún en México, es primordial para poner a salvo el éxtasis y la ternura, y la pasión y la razón de ser de un colectivo espiritual necesitado de arte para poder sobrellevar un poco la realidad.
Porque tal vez el arte no cambie nada o muy poco, pero sí creo que cambie a los individuos. Una suerte de mutandis mutandi en favor de todos, y de esos todos que han de venir a ver todo lo que hicimos y dejamos de hacer.
«Por primera vez en la historia, la supervivencia física de la especie humana depende de un cambio radical del corazón humano»…
Eso decía Erich Fromm, y cuando lo dijo había otra realidad y era otro tiempo, pero ya se ve que nada o muy poco se ha modificado la necesidad incesante de cambio.
¿O será que quizá la lucha entre la luz y la ignorancia sea tan interminable y natural, como el oleaje marino?
Es muy probable…
El documento es el número 22246; esto quiere decir que antes hubo 22245 hechos o iniciativas venidas de otras tantas ideas, individuales o colectivas, pero tal parece que siempre enfocadas desde el núcleo de Acción Social, hacia la difusión de la cultura.
¿En cuántas acciones como esta habrá estado involucrado don José F. Vásquez?
¿En cuántas otras habrá alzado la voz o llevado la iniciativa?
¿Por cuántas más habrá tenido que luchar para que no murieran en un documento, en un anaquel, o en los pantanos de la burocracia?
Yo por mi parte celebro que haya encontrado los recovecos donde mana el universo y apetece soltar todas las amarras para imaginar, como imaginó, no sólo sus óperas o sus sinfonías y sus lieder, sino además las aulas y una orquesta que, como podemos ver, un año después de ser fundada se puso a buscar talento para continuar su proyecto.
Quizá sería bueno imaginar que nada nos necesita tanto como el bien inexistente que debemos generar en derredor.
Y que nada será igual si no estamos dispuestos a ser necesarios. Porque asimismo, se perdería una historia y con ella tal vez nuestro rostro, nuestro apellido y nuestra intención.
Y que acaso llegue a borrarse la nimia representación de lo que fuimos, y sea entonces que para siempre se haya perdido la partitura de lo felices que pudimos ser, y no quisimos, o no pudimos.
Porque todo es un sí, o un no.
Para que algo no pase a ser una brizna de la nada incrustada en la nada, y nada más que un punto en la geometría del peso muerto de la historia, que ya se sabe, se va llenando de pequeñas historias que fueron o que pudieron ser y no se lograron.
¿Alguien leerá lo que fuimos y lo que hicimos para serlo, dentro de 84 años?
Tal vez.
Y ojala nos miren con indulgencia y gratitud. Igual que hoy veo yo a todos esos obreros del idealismo como mi padre, porque su orquesta vive y se nutre hacia el futuro.
¿Qué hará falta para que esa orquesta mire en su pasado con gratitud activa y dispuesta a inventarse un remedio, contra el olvido de uno de sus fundadores?
Que no se diga que esta generación quiso pero no pudo, o pudo pero no quiso.
Quizá todo dependa, como dijo Fromm, de un cambio radical del corazón humano…
La primera imagen, arriba, nos muestra la convocatoria del concurso para violinistas, convocado en febrero de 1937, por el Departamento de Acción Social de la UNAM.
La segunda corresponde a una fotografía de la Orquesta Sinfónica de la Universidad, tomada en el Anfiteatro Bolívar, probablemente en el año de 1938.
