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20 de marzo de 2021
Una semana más; santa para algunos, non sancta para otros pero tal vez absolutamente disfrutable por todos quienes de una u otra manera formamos parte de los pueblos con herencia judeo-cristiana de este planeta. El accidente geográfico, casting destinal, diría mi querido maestro Hugo Argüelles, nos colocó aquí y así, todo lo demás es aprendizaje y vivencia individual frente a la raíz cultural y de cara a las interpretaciones diversas de las franquicias de la fe.
Y a propósito de interpretar, y emulando un poco mi antigua y fugaz cátedra de análisis de texto en el CUT, hoy me pongo a reflexionar y a terciar un artículo de prensa sin datar, pero que seguramente apareció al final de la temporada de conciertos de 1939 o a principios de 1940. Tres o cuatro años después de la fundación de la hoy OFUNAM, y poco más de dos años después de que la hoy Radio UNAM saliera al aire:
«Una radiodifusora cultural en que su director es absoluto y no tiene ligas de ninguna especie con los «influyentes» de la esfera oficial, resulta ser un campo propicio para hacer arte y difundir cultura a través del espacio»
En su párrafo inaugural, el cronista muestra certeza en su conocimiento del medio; un estatus que ya se ve no tiene época y una ratificación de que la luz convive con la sombra, siempre.
¿O no suele ser esta una situación frecuente para un soldado de la cultura?
Después el periodista nos da las claves que a su entender caracterizan el rol de mi padre como funcionario:
«El señor profesor José F. Vásquez, Jefe del Servicio de Radio de la Universidad Nacional Autónoma de México, es un elemento ampliamente identificado con el arte, y sus actuaciones como director de orquesta han sido brillantísimas. Reconocemos que tiene por delante un gran provenir no obstante que críticos y público le han consagrado ya como director y como artista. De todo esto: su temperamento, sus conocimientos, y la ausencia de «influyentes» que le «inviten» a hacer determinada «cosa», resulta su acierto al dirigir los destinos de la Radio-Universidad, que entre paréntesis diremos: cumple ampliamente con su cometido de estación cultural al hacer ARTE y difundir CULTURA…»
Esto nos ubica dentro de la cronografía personal de don José F., por entonces en auge y desarrollo, de acuerdo a las apreciaciones de quien firma esto. Y su testimonio debo decir que me gusta pues concatena con el perfil fundamental que yo como hijo tengo de mi padre; más aún, a estas alturas de mi vida creo apreciar con nitidez el significado de su lucha contra corriente y con el único apoyo de la institución a la que se entregó por casi 40 años. Algo que se dice pronto pero que conviene deletrear pensando en toda vivencia contenida en esos años, que para él representaron el 70% de su vida.
Las mayúsculas que usa nuestro cómplice de aquel entonces, para cerrar el párrafo, hablan de lo prioritario que tenía para este hombre el ejercicio polinizador del arte y la cultura, sobre todo en los jóvenes, y en el entusiasmo y en la curiosidad con el que llenaban el Anfiteatro Bolívar para escuchar a «su» orquesta.
Dos energías humanas naturales y complementarias.
Al final utiliza puntos suspensivos y esto también me gusta porque es un enlace común que yo uso, quizá a veces en exceso, pero es que no dejo de pensar que los puntos suspensivos nos representan muy bien, pues siempre existe la posibilidad de dejar algo inconcluso; bien un beso, una taza de café, un viaje, un atardecer, los zapatos a medio uso, un poema equivocado, una idea jamás implementada, y claro está, la vida misma. Y es que estamos expuestos al silencioso acecho de los puntos suspensivos en nuestra bitácora.
Por eso me gusta usarlos.
Los puntos suspensivos que le correspondieron a José F. Vásquez, no aparecieron hasta su muerte en diciembre de 1961, cuando quedaron ahí sobre el texto valioso de sus logros, no obstante frágil en demasía, frente a la desmemoria humana, pero en el que yo me he empeñado en trabajar para rescatar su vida y su obra, con la mira puesta en mis propios puntos suspensivos.
En esos que un día se anticiparán a mi firma…
De vuelta en el artículo, este buen hombre del que no he podido averiguar su nombre, nos deja ver lo que siente frente a la pausa. Lo que piensa al ver venir un silencio en la partitura de su entusiasmo por esta orquesta:
«La Orquesta Sinfónica de la Universidad Autónoma de México, tuvo un ciclo brillantísimo de audiciones que fueron transmitidas por los micrófonos de XEXX, y verdaderamente sentimos que hayan llegado a su término, que aunque feliz, nos trae la angustia de una nueva espera…»
Y no se puede pasar por alto que use dos palabras simbólicas de su momento de teclear el texto: feliz, y angustia…
Dejo ahí los suspensivos a modo de espacio para reflexionar, imaginando a nuestro cómplice intemporal, ahí, sentado frente a su hoy vieja máquina de escribir, quizá rememorando aún algún pasaje de polen bachiano, mozartiano o con suerte hasta vasqueziano, que la orquesta haya transportado hasta el oído de su espíritu, ya que resulta difícil leer una reseña tan emocional, y tan afectuosa hacia un colectivo orquestal.
Por todo lo anterior me he quedado pensando en la muy probable juventud del escribano, dada la vehemencia en sus letras, su idealismo a flor de piel y por su posición contra el poder establecido, en el entendido de que todo esto no fue mas que un puñado de impresiones a partir de la música recibida de una buena orquesta, apenas en ciernes, mal pagada, y en riesgo latente de desaparición, como hemos leído en este y en testimonios anteriores, desde «el tiempo amarillo de una fotografía», como decía Miguel Hernández, de aquellos tiempos tan difíciles de la hoy OFUNAM; que si bien fueron acometidos con inspiración, temperamento y conocimientos, como él mismo señala, pero que hoy su historia, igual que unas viejas partituras también enfermas de amarillo, están expuestas al deterioro natural y caducifolio de la memoria humana.
Un plano en el que sólo se miran las flores y no la raíz.
¿O es que siempre fuimos lo que somos?
Aquí caben muy bien de nuevo y para terminar, unos puntos suspensivos ligados a esa desmemoria caliginosa e inane, que nos separa de aquellos queridos fantasmas que no sólo provocaron pasión y entusiasmo en el público desde el podio y desde los atriles, o con la gestión inicial de una radiodifusora decididamente cultural, sino también sueños a largo plazo; durante el dilatado prólogo de lo que hoy somos…
Nota: Dedicado por entero tanto a los inicios de la OSU como a los de la radiodifusora universitaria, entre los años de 1939 a 1941, José F. Vásquez no compuso ninguna de sus casi 200 obras.
-JJV-
La primera imagen corresponde a la crónica de prensa de autor desconocido, arriba analizada.
La segunda nos muestra una fotografía de un repleto Anfiteatro Bolívar, durante un día de concierto.
