Una fotografía en japonés

7 de septiembre de 2014.

La práctica de recorrer la historia a través de imágenes y de todo lo que hay detrás, adentro y más allá de ellas, siempre fue algo muy atractivo para quien les escribe. Hoy, instalado en la feliz abuelidad, esta gimnasia mental parece haberse acomodado mejor como parte de las horas de curiosidad útil que he venido acumulando a lo largo de mi andadura humana.

Pero si además mi enfoque apunta en la historia de mi familia, este ejercicio adquiere un rango nutriente de mayor calidad, porque desde la temprana orfandad, se me fue convirtiendo en una necesidad, el rellenado de un rompecabezas de piezas perdidas que, en el corazón de las células, es energía pura.

Así que ahora, en esos huecos que puede uno ir cavando entre la realidad tan exigente en derredor, y el trabajo que uno ha elegido hacia la felicidad, suelo dedicar algún tiempo a buscar; ya saben lo curioso que soy, y créanme, a estas alturas del partido, es necesario conservar dos cosas como fuerza motriz rumbo al futuro: la curiosidad, y el estado de alerta frente a las insinuaciones oníricas; esas señales que no tienen explicación pero que sirven como nada, para encontrar la respuesta y la nueva pregunta que nos seguirá obligando a seguir a remolque, ese llenado del rompecabezas.

Porque siempre hay algo más allá de las imágenes; mucho más de lo que puede en sí transmitir una fotografía, y que parece estar relacionado con la energía amorosa, cautiva en la instantánea, y con los hechos que en ese momento rodeaban a quienes protagonizan el blanco y negro. Y es que también parece que las fotos en blanco y negro son más fuertes y resisten mejor al tiempo, a la desgracia, y al peor de todos los agentes destructores del amor: el olvido.

Todo esto para contarles que buscando buscando acabo de toparme con una fotografía de don José F., que cumple con todos estos requisitos.

Una imagen suya dentro de un catálogo de directores de orquesta. Un blanco y negro que sin ser un nuevo elemento en mi exigua colección, es nueva por el ángulo elegido, y certifica un momento importante de su vida, donde se fue fraguando el principio de su enfermedad cardíaca, que como ya saben ustedes, le causó la muerte a los 65 años. Una edad que pronto he de alcanzar, y que me he puesto a reflexionar, inútilmente, ya lo sé, en el misterio donde las líneas de la edad y del tiempo, después de tanto vadeo a fuerza de vida, abandonan su paralelismo y deciden confluir en el río para continuar juntas rumbo al estuario, y así cerrar la pequeña historia del protagonista.

Un clic que cambia todo en un instante oblicuo en apariencia.

Un clic emparentado con el ruidito de la cámara que ajena a todo lo venidero, certifica de ese modo la perpetuación del momento. Hablando de perpetuación, claro está, en términos humanos, y por tanto sin dejar de considerar nuestra fugacidad ingénita.

Lo curioso de mi hallazgo es que la foto en cuestión del catálogo señalado, donde aparece José F. Vásquez, y que tal vez por lógica debiera haberse emitido en su propia patria, tal vez en su ciudad natal o en la de su fallecimiento; una foto que deseablemente pudiera haberse publicado por su orquesta; la que él fundó junto con el maestro José Rocabruna; la que él dirigió a lo largo de 25 años…

Una foto que pudiera haber sido agregada al collage conmemorativo de la inauguración del Palacio de Bellas Artes, en la ciudad de México, por supuesto. Sobre todo si en el momento de tomar la decisión de seleccionar los rostros que ahí aparecerían, se hubiera considerado un dato, quizá trascendente:

José F. Vásquez fue el primer director de orquesta en dirigir en ese recinto, aún antes de la inauguración oficial.

Una foto junto a otros grandes artistas embajadores del país donde hoy hace falta esa misma foto que yo he hallado en Japón.

¿Curioso, no les parece?

Pero todo tiene su explicación más allá de la imagen porque así es siempre la vida de cualquier fotografía.

Era el año de 1959, José F. Vásquez por entonces Director Titular de la Sinfónica de la Universidad, (hoy OFUNAM), fue invitado por la Tokyo Philharmonic Orchestra, en calidad de director huésped.

Aquél año, la temporada de la OSU había celebrado el Festival Beethoven, que incluyó los conciertos 2 y 5, y la Fantasía para piano, coro y orquesta, teniendo como solista al gran Alfred Brendel. Además se interpretaron la Sinfonietta de Schöenthal, el Concierto de viola de Bartok, la Sinfonía no. 2 de Kabalevsky, el Poema Sinfónico Benito Juárez de Higinio Velázquez, el Prólogo y epílogo de Bugaku, de Matsudaira, el Concierto de Aranjuez, con Alirio Díaz como solista, y el Concierto No.2 de Rachmaninoff, en la versión magnífica de Luz María Puente, madre, como todos ustedes saben, de Jorge Federico Osorio.

Los directores fueron, además de mi padre, los maestros: Juan D. Tercero, Angel Muñiz Toca, y Kazuo Yamada.

Probablemente don José F., al momento de subir al avión que tras una larguísima jornada le habría de llevar a Japón, o tal vez durante esa largura de horas que pasó a bordo, haya pensado en la temporada recién terminada, su vigésima tercera en ese podio.

Acaso recordó algún concierto en especial, alguno movimiento, y alguno de los compases ejecutados por su orquesta.

Quizá también al momento del despegue de aquella aeronave modernísima para su tiempo, capaz de cruzar el Océano Pacífico, José F. Vásquez pensó en Gloria, su mujer, o en sus hijos; no lo podemos saber. No existe foto alguna que lo compruebe, pero tampoco abundan las fotografías contenedoras de una capacidad así para reflejar en un instante, lo que sentimos más allá de lo que somos en el preciso instante del clic, en el que sin saber sonreímos disciplinadamente.

Quizá sea en un afán de transmitir la felicidad de estar ahí, de sentir algo, y de ni siquiera imaginar quién o quienes en el futuro podrán invertir un instante de sus vidas, a contemplar nuestro intento y nuestra insinuación en blanco y negro.

Mucho menos podemos imaginar que en vez de ser los nuestros y los cercanos, los más próximos y los deudos, o los legatarios de nuestro trabajo, sean los absoluta y totalmente desconocidos, los sin nombre, los ajenos al esfuerzo que hicimos a lo largo de la vida para poder aparecer en esa foto, sean quienes hayan decidido incluir nuestra fotografía, a modo de testimonio y homenaje a nuestro paso fugaz por sus tierras.

Como una reverencia…

Quién sabe cuántas cosas habrá llevado mi padre en mente en su ruta hacia el Lejano Oriente. Incluso tal vez la emoción le impidiera saber que al hacerlo, sería el primer director de orquesta mexicano en ocupar un podio en aquél continente.

Mi padre decidió llevar a Japón la música mexicana; y en un período de tres semanas dirigió dos conciertos en Tokio, dos en Kioto, uno más en Osaka y uno más especialmente transmitido por la radio a nivel nacional.

Por vez primera, los japoneses habrían de escuchar: Chapultepec de Ponce, el Huapango de Moncayo, y la Sinfonieta de Vásquez.

Toda una selección de imágenes sonoras de un país desconocido, que de ese modo habrá permanecido en la memoria del público nipón, como una fotografía, sin duda sonriente, de nuestro país.

Un país donde creo yo hacen falta algunas fotos de don José F. Testimonios no necesariamente fotográficos; pero de algún modo reivindicativos de su existencia, de su trabajo y de su paso por esta aventura humana.

Hasta donde yo sé y sin mucha búsqueda, hoy existe el Coro Juan D. Tercero en México, el Centro Musical y la calle Angel Muñiz Toca, en Asturias, el Concurso de Guitarra Alirio Díaz, también Kazuo Yamada fue nombrado en su momento Director Honorario Permanente de la orquesta de su vida, la Tokyo Philharmonic Orchestra, y Alfred Brendel, miembro honorario de la Vienna Philharmonic. Esto por señalar las fotos vitales que sus beneficiarios y sus cercanos, supongo, decidieron preservar para que la memoria y la obra de su fotografiado en blanco y negro, nunca se enfermara del amarillo que aqueja a las fotos enfermas de olvido.

Todavía no existe ningún coro, ningún ensamble mucho menos una orquesta que lleve el nombre de José F. Vásquez. Ni siquiera un salón de clase o algún concurso. Y que yo sepa, la OFUNAM, nunca nombró Director Honorario a quienes fueron sus fundadores.

Quizá todo se deba a que la gratitud y el reconocimiento sean un par de costumbres japonesas, similares a la reverencia como saludo, y que hoy recuerdo trajo mi padre de aquellas tierras, como uno de los gratos recuerdos de sus anfitriones y del público en Japón, y que a mí, con apenas 10 años de edad encima, me hizo mucha gracia.

Mucho tiempo habría de pasar, y sobre todo, mucha vida, para que yo me diera cuenta del valor de aquella forma de saludar a quienes son merecedores de respeto; un valor superior y más duradero que la vida de aquél tren eléctrico venido como regalo de ese viaje, que hoy nadie sabe dónde acabó, y del yo en mi inconsciencia, jamás fotografié.

Aquí debajo en las dos primera imágenes, aparece la Galería de Directores de Orquesta que han dirigido a la Tokyo Philharmonic Orchestra, a lo largo de su historia.

Ellos preservan este testimonio hasta nuestros días, como un pequeño homenaje de respeto y gratitud, a los artistas de paso fugaz que no obstante forman parte de su historia.

Tal vez la foto que corresponde al fundador de aulas, orquestas, y puestos de trabajo aún vigentes dentro del mundo cultural mexicano, pueda parecer una fotografía en japonés que, traducida signifique algo más allá de la simple imagen.

¿O que acaso represente un acertijo escrito en kanji?…

メキシコの私は誰ですか? – ( Mekishiko no watashihadaredesu ka? )

-JJVT-

Las dos primeras imágenes muestran un reproducción actualizada de la página web de la Tokyo Philharmonic donde aún aparece la fotografía de José F. Vásquez. La tercera y cuarta fotografías de izquierda a derecha, muestran al maestro Kazuo Yamada, por aquel entonces Director Titular de la Tokyo Philharmonic, y al maestro Ángel Muñiz Toca, Director Titular de la Orquesta Sinfónica de Asturias, quienes en ese mismo año fueron huéspedes de la Orquesta Sinfónica de la Universidad para la temporada de 1959.

Abajo en la segunda fila aparecen las fotografías de Luz María Puente, Alirio Díaz y William Primrose, respectivamente, tres de los solistas más destacados de aquella temporada. Y por último se aprecia la imagen de la portada del folleto de propaganda de la misma.


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