Esperuntad

30 de abril de 2022

La celebración del Día del Niño en México, repercute sobre el ánimo nostalgioso de una buena parte de quienes a través de una ventanita virtual, asoman por todo el mundo, gracias a las redes sociales como es este caso.Y como yo he basado buena parte de la información contenida en esta página enfocada contra el olvido de José F. Vásquez, en ese archivo de olvidanzas en código, esparcidas a todo lo largo del rompecabezas de la memorias del niño que fui, es inevitable excluirme de la ola de añoranzas y morriñas colocadas muy a modo, detrás de un biombo de vida vivida, algo que en mi calidad de hijo de dos músicos íntimamente relacionados con el nacimiento de una gran orquesta como la hoy OFUNAM, hace pertinente y sencillo que los recuerdos reaparezcan, como dice Cortázar: » como un idioma de los sentimientos y su diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso»

Un ejercicio útil cada vez que es necesario aprovechar las señales del mundo amarillo de lo que fuimos todos entonces, para llegar a ser y estar hoy aquí.

De hecho esta fue la línea fundamental que me ayudó a articular la búsqueda de las partituras extraviadas de mi padre, durante los años que dediqué a su localización, luego de haber sufrido en aquella infancia, un expolio absoluto de mis bienes en cuanto mi madre murió; habían transcurrido tres años desde la marcha de mi padre, y la interrogante se abrió como un llamado que tuve que posponer por algún tiempo, hasta que las jornadas detectivescas iniciaron en pos de la música perdida, y todo basado en la memoria de ese niño que fui, pues en tal punto no tenía ni siquiera fotografías, como cualquier deudo.

Por todo esto, queridos allegros, es fácil entender el cariño y la fe que he tenido en el trabajo infantil rememorativo, pensando que hoy es siempre todavía. Y cito a Machado por aquello de hacer camino al andar.

Aquellos fueron años plenos de momentos en que la lucha entre la curiosidad y el miedo estuvo en auge

Años mirando con asombro el mundo creado en derredor; lucubrando…

¿Recuerdas tú, querido lector, eso que lucubrabas en medio de una pausa de juego?

Hoy los niños deben estar mirando maravillados esta confusión tan entretejida del mundo que hemos recreado, y tal vez deban estar pensando todo eso que nosotros pensamos antes, cuando niños.

¿Lo recuerdas?

Cuando yo me hago esa pregunta cierro los ojos, fluyo, y puedo entonces intuir que somos insinuaciones de luz, reflejos de un dios propio que nos habita con todo y brújula.

Y así como ahora los niños deben intuir que algo mejor es posible, algo entonces me hacía confiar en ese no sé qué del alma infantil para salir airoso contra el miedo; y bendita fuerza la curiosidad que me ha traído hasta mi feliz abuelidad, con la convicción de que la realidad únicamente existe para ser modificada, si no, ¿para que otra razón existe?

Por eso explico la razón de la existencia de la poca voluntad, de la inacción y del «no se puede» o «no hay presupuesto», que he escuchado como argumentario de la incapacidad de poner por fin a salvo del empolvamiento y del deterioro natural, la totalidad de las partituras de mi padre.

¿Por qué la existencia de la inconsciencia?

Para que yo trabaje mejor, supongo.

¿Por qué la resistencia?

Para seguir trabajando. Y sigo suponiendo que está en nuestra naturaleza.

Y es que el trabajo es aquella acción en la que el hombre modifica la realidad para satisfacer sus necesidades, incluso y sobre todo las espirituales, pues de ahí se derivan todas las demás que nos conforman.

La sombra sólo puede ser explicada junto con la luz, y un cambio; cualquiera que sea, no significa otra cosa que la lucha entre una necesidad y una resistencia, de ahí que el empeño que roza la necedad explique una labor de rescate contra el olvido, y que justifique letra por letra cualquier proclama en su favor, con la mira de que la luz siga comiendo sombra.

Y todo a partir de la curiosidad que mueve a una pregunta:

¿Cómo sonará esta música?

¿Valdrá la pena?

Y señalo la malignidad que per sé contiene la segunda pregunta formulada así, como una pena, como un dolor; en negativo. Y si sumamos las demás acepciones que nos provee la RAE, sería además que algo valdría: la tristeza, la pesadumbre, la aflicción, el pesar, y la amargura.

¿No habría sido más sano para los niños que fuimos, haber aprendido esa expresión desde el otro polo: ¿Valdrá la alegría?… (contento, júbilo, alborozo, algazara, animación, entusiasmo, felicidad, regocijo, diversión, esparcimiento, entretenimiento, gozo, regodeo, satisfacción, risa, hilaridad…)

¿No sería mejor que hubiera mas personas que se llamaran Alegría, y no dolores?

¿Acaso no nos hemos ido creando a partir de lo que pensamos para hablar y luego actuar, y decidir qué queremos y qué elegimos para hacer y ser, lo que somos?

-Aquellos niños del no se puede habrán malgastado su adolescencia; tal vez han permanecido más tiempo que yo en la caverna… Porque envejecer es obligatorio, pero crecer, es opcional…

Eso he pensado cada vez que una negativa, que un silencio o que una falsa promesa me han desanimado a seguir. Y eso que, créanme, la orfandad precoz me enseñó a no coquetear jamás con las expectativas.

Quizá debiéramos homologar una respiración inédita y la palabra insignia de nuestro tiempo: Esperuntad…

Acaso el barquito insignia de la flota de papel de todos los tiempos, incluyendo ese de cuando fuimos aquellos pequeños que hoy llenos de nostalgia conmemoramos, cada Día del Niño.

Esperuntad…

Diez pequeñas letras alinternadas en mitad del trecho entre esperanza y voluntad.

Una suerte de luciérnaga dentro de una célula nueva para la reconfiguración de un juego, con tal de seguir…

Esperuntad…

Porque además es palabra en tempo Allegro giocoso.

Hoy recuerdo cuando topé a algún niño desconocido, y mirándole a los ojos le hice la gran pregunta en favor de la curiosidad y contra el miedo:

¿Jugamos?

Todo era tan fácil.

Y debiera ser igual de fácil decirle hoy a los del no se puede : ¿Jugamos al rescate?

¿Jugamos a escuchar los papeles- mariposa de José F. Vásquez?

Hoy me gustaría decirles que es muy grato recuperar la seriedad con que jugábamos de niños; convencerles…

Y es que esta tercera infancia también es muy breve…

Demasiado breve como para desperdiciarla sin haber jugado y sin haber hecho que todo, todo todo, valiera la alegría.

-JJV-


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