Noche de Reyes

05 de enero de 2023

¿Recuerdan ustedes aquella espera infantil del siguiente amanecer a la Noche de Reyes?

Una de esas noches, mi hermana María Rosa y yo montamos guardia, ocultos detrás de un gran sofá modernista que le gustaba mucho a nuestra madre.

Habíamos armado una tienda de campaña usando sábanas y algún sarape que no sé cómo, alguien fijó a modo de techo. Y ahí temblando de emoción, y con el permiso parental para permanecer un ratito, (sic)… nos pertrechamos con una buena dotación de barras de chocolate Abuelita, como sostén fundamental de nuestra vigilia. Sobra decir que la emoción ventral giraba por dentro como la hélice más loca de un barco; y como resultado de la recomendación de tener muy abiertos los ojos, me recuerdo en pleno ejercicio ocular mirando a mi hermanita que, como yo, se quedó tiesa, y con los ojos de tecolote.

La fotografía de aquella noche rodó algún tiempo entre los comentarios de la familia, y de amigos que ya no recuerdo; después, como casi todo lo que hubo en aquella casa del niño que fui, se perdió luego de que la muerte de todos los adultos que vivieron con nosotros en ella propiciara el expolio absoluto de nuestros bienes, e hiciera su labor de reconfiguración total de vida y espíritu, hacia el futuro del dúo centinela, de aquella noche.

Hoy recuerdo esa imagen nuestra, ateridos en apariencia, no obstante la cercanía de la chimenea junto al árbol de Navidad y al Nacimiento. Y ahí estuvimos, diría hoy la foto, hechos a la mar de una aventura que a fuerza de vida resultó ser absolutamente irrepetible: esperar la llegada de los Reyes Magos…

En uno de sus últimos días en una clínica de cuidados paliativos, en la Roma que tanto amó, mi hermana recuperó todo aquello desde el olvido, y reímos como refuerzo de su alegría que, para entonces, no tenía ya futuro.

Hoy esa imagen nuestra me hizo recordar un fragmento de Rayuela de Cortázar, tanto, que hasta con una prisa emocionada similar a la de aquella noche, me dio por buscarlo. Por fortuna para mí pero quizá como desgracia y cicatriz del libro, y de todos los que he leído, las hojas dobladas que voy dejando como rastro del paso de mis ojos por cada ejemplar, me facilitó bastante las cosas. De hecho, debo decir que Rayuela es uno de esos libros vivos que abras donde abras ofrece ideas lumínicas enletradas muy al estilo de ese gran escritor que fue Cortázar.

Pues bien, este es el resultado que esta vez usando el genio de un genio, me servirá para compartir con ustedes lo que ha quedado en mí, como resumen visual de mi andadura hasta el día de hoy: «La vida de los otros, tal como nos llega en la llamada realidad, no es cine sino fotografía, es decir que no podemos aprehender la acción sino tan sólo sus fragmentos eleáticamente recortados. No hay más que los momentos en que estamos con ese otro cuya vida creemos entender, o cuando nos hablan de él, o cuando él nos cuenta lo que le ha pasado o proyecta ante nosotros lo que tiene intención de hacer. Al final queda un álbum de fotos, de instantes fijos; jamás el devenir realizándose ante nosotros, el paso del ayer al hoy, la primera aguja del olvido en el recuerdo»

Así pues que aguijoneado por la aguja del olvido, debato a veces cuando dudo de alguna fecha o de alguna identidad a la hora de la reconstrucción de un pasaje de la vida o de la obra de mi padre, desde la perspectiva de ese niño que hasta los 10 años de edad fue su aprendiz de testigo.

De esa labor se desprende el hallazgo de una curiosidad que marca un rasgo de la obra de mi padre, una nimiedad quizá que sin embargo, ya saben ustedes, me sirve para interpretar sus días y apoya la restauración que he venido haciendo de su ejercicio profesional: Salvo la excepción de una sola partitura entre casi 200, don José F. Vásquez no firmó ninguna de ellas en invierno. Toda su producción datada nos señala que primaveras y otoños fueron sus dos estaciones de cosecha, y cosa curiosa, esto también abarca el nacimiento de su otra prole: sus hijos. Mi hermana en octubre y yo en septiembre.

Y es que por aquellos años, don José F. solía planear sus giras internacionales como director huésped en los períodos invernales. El resto del año lo dedicaba a su orquesta, (ya saben ustedes… perdonen el posesivo) a su Escuela Libre de Música, a sus clases en el Conservatorio, y en otra época anterior, a la hoy Facultad Nacional de Música.

Alguna vez conté aquí mismo que gracias a que una postal navideña (también perdida por cierto), de un paisaje nevado en Japón, pasó por mis manos hace más de media vida, vine a recomponer un recuerdo, reubicando así aquel año en que las fiestas decembrinas las pasamos sin él en casa.

De ahí que aquella escena capturada dentro de una casa hoy desaparecida de la realidad, donde dos centinelas infantiles, ojones, enhiestos y con sonrisas forzadas, aparecían entre una chimenea y un árbol navideño, nacimiento incluido, es uno de esos instantes fijos de mi álbum en el paso del ayer al hoy, y a la vez la primera aguja del olvido en el recuerdo, a lo largo de un filme que tampoco será fotografía en el recuerdo de algún otro que se haya cruzado conmigo, en alguna de las intersecciones y horcajos de la vida.

Por cierto, esa única obra que firmó mi padre un invierno, fue la Tercera Serie de Lieder (1932) en la que utilizó textos de Neruda, Novo, Bermejo y Pellicer. Una de las tantas obras durmientes aún, que ojala pasando este invierno salga de su letargo, como si fuera una de esas criaturas del bosque, necesitadas de luz. Tal parece que en esta familia Vásquez, la época del año que comienza con el solsticio de invierno y que termina con el equinoccio de primavera, ha venido a significar final y no principio, pues tanto el padre como la madre que tanto se rieron con la foto de sus dos hijos vigías junto al árbol navideño, habrían de desaparecer del mundo de los sonidos, él, un 19 de diciembre, y ella, tres años después, un 14 de enero.

Desde entonces los inviernos son aún más fríos para mí.

Y de algún modo curioso tengo grabada otra foto que relaciono con el invierno: la portada de un viejo LP de la Sinfonía No. 1 de Tchaikowsky, «Sueños de invierno», creo que en la versión de Sir Malcom Sargent al frente de la BBC Symphonic Orchestra, (una orquesta que mi padre dirigió en 1949) y que no sé cuándo alguien puso en el tocadiscos de mi casa de entonces, un año, quizá dos, después de su muerte.

Por tanto ahora sé que tengo una vinculación emotiva con la Sinfonía No. 1 de Tchaikovsky, en especial con el Segundo Movimiento… Adagio cantabile ma non troppo, (Tierra desolada, una tierra de la niebla) Por eso suelo escucharla como entonces, en esta época del año, dando así respuesta al condicionamiento de mi banda sonora más íntima, poderosa y capaz de reintegrarme alguna de esas fotografías que señaló Cortázar, de la vida de esos mis amorosos ausentes, que quién sabe por qué les dio por partir en invierno, dejando detrás el frío y la niebla de, como diría Tchaikovsky: una tierra desolada.

JJVT


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